Amo leer y escribir desde muy pequeña.
La pasión por la lectura me la contagiaron mis padres, quienes también fueron responsables, junto con María, mi abuela materna, de contagiarme la gran pasión que tengo por los viajes. A los 7 años ya escribía poemas, algunos de los cuales fueron publicados. Sin duda, leer y escribir son dos de mis mayores pasiones. Obviamente, tengo muchas más, pero ya les contaré cuáles son en otro momento y espacio.
¿Cuántos de ustedes han pensado alguna vez que les gustaría escribir un libro? Estoy segura de que muchos. ¿Y cuántos se han atrevido a hacerlo? También estoy segura de que muy pocos.
Muchas personas seguramente creen que no tienen la capacidad. Otras piensan que, al final de cuentas, no tienen nada interesante que contar; y algunas estarán convencidas de que se trata de uno de esos sueños destinados a no realizarse nunca. Por esta razón, muchas personas ni siquiera lo intentan, a menudo influenciadas por el miedo al fracaso (algo que todos tenemos), pero también desalentadas por lo que podrán decir los demás.
Sin embargo, hay un libro que no podemos dejar de escribir: el que cuenta la historia de nuestra vida. En este caso, obviamente, “escribir” se entiende en sentido metafórico. En ocasiones anteriores, he querido recalcar mucho que, independientemente de las circunstancias externas y de las adversidades a las que podamos enfrentarnos, nosotros tenemos la responsabilidad de decidir qué tipo de personas queremos ser y qué vida queremos tener.
Varios de estos obstáculos los crea nuestra propia mente, especialmente cuando permitimos que la opinión de los demás nos influencie tanto que ni siquiera lo intentamos. ¿Y si fracasamos? ¿Y si sale mal? ¿Y si lo que estamos haciendo al final no es tan importante para el mundo? ¿Qué dirán mi familia o mis amistades?
Existen personas a las que yo llamo (en algunos casos con mucho cariño y un toque de ironía) “mata-sueños”: son personas que proyectan sus propios miedos en los demás o que simplemente tienen otras prioridades y consideran que los deseos y sueños de los demás no son lo suficientemente valiosos como para dedicarles atención y energía.
Pero somos nosotros los primeros en dedicarnos a matar nuestros propios sueños. Nosotros, con nuestros miedos, somos quienes nos autosaboteamos. Es nuestra “culpa” decidir no intentar algo que queremos por miedo a fracasar. Al no iniciar una relación con esa persona que nos gusta mucho y que nos damos cuenta de que queremos, por miedo a que pueda ir mal. O porque nos preocupa lo que puedan decir los demás. Nos preocupa tanto que preferimos decidir no actuar.
Escuchamos las voces externas silenciando nuestro corazón e intuición. Pero quizás, somos muy buenos dando consejos y sugerencias a las demás personas. Y a menudo, nos sentimos con todo el derecho de juzgar su vida. Quizás porque no queremos mirar la nuestra, para no darnos cuenta de que así no solo dejamos de escribir la historia de nuestra vida, sino que la pluma se queda en manos de alguien más.
No pierdas la ocasión. Sé la persona autora de la obra más importante: la historia de tu vida.
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