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Espejos sin soborno

Por Guillermo Robles Ramírez

Hace 1 semana

Usted entra a esas aplicaciones para buscar pareja y el susto es mayúsculo. Pedimos perfiles escandinavos, cinturas de avispa y estaturas que superan el metro ochenta. Actuamos como si el país entero hubiera amanecido caminando por las banquetas heladas de Oslo. La memoria no perdona. Hace años una encuestadora ya nos había desnudado con estos caprichos incongruentes, pero la tecnología reciente y sus algoritmos despiadados vinieron a confirmar el secreto a voces. La hipocresía es el deporte nacional. Queremos nórdicos de piel morena.

Las cifras oficiales del Inegi nos tiran la pedrada a la frente sin misericordia. Más del setenta por ciento de los adultos en esta república batallan con el sobrepeso. Somos de estatura contenida por herencia y redondos por una necedad gastronómica que nadie quiere soltar. La mujer mexicana promedia apenas el metro con cincuenta y ocho centímetros. El hombre a duras penas araña el metro sesenta y cinco. ¿De dónde sacamos tanta arrogancia para exigir estaturas de pasarela internacional? A lo mejor es la resaca de tanta televisión que nos estropeó la percepción de la realidad. Quizás es el simple rechazo a mirarnos las manos. Una negación absoluta a reconocer el orgullo de una raíz indígena que muchos prefieren esconder bajo filtros virtuales. Hay naciones vecinas que carecen de identidad milenaria y se inventan héroes de plástico cada fin de semana. Nosotros la tenemos de sobra y la ignoramos. Es pura negación geométrica.

Lo rescatable de este circo, el único cable a tierra que nos queda, es que el color de piel sigue anclando el deseo a la tierra que pisamos. Las métricas digitales confirman que el gusto por la tez morena domina las pantallas. Hombres y mujeres confiesan su preferencia por ese tono tan nuestro, tan tostado al sol. El problema radica en el empaque. Queremos la piel de bronce montada sobre un chasís que no coincide con la geografía nacional. Las mujeres encuestadas quieren tipos altísimos. Los varones, en su cínica mayoría, exigen figuras delgadas con cabelleras larguísimas. Apenas una fracción marginal de hombres admite preferir a las mujeres robustas, llámelo como usted prefiera para no herir susceptibilidades. La exigencia es altísima. La oferta real es escasa.

Aquí entra el verdadero conflicto neuronal. ¿Qué pasa por la cabeza de un sujeto que mide uno sesenta rechazando perfiles por pura falta de estatura? Probablemente es la misma terquedad ciega que nos hace comprar pantalones dos tallas más chicos con la falsa promesa de bajar la panza en diciembre. La realidad pega con menos fuerza cuando la recortamos a nuestro antojo. Nos encanta meterle tijera mental a las estadísticas. Un tipo con crisis de calvicie a los treinta años exige melenas exuberantes en sus parejas. Una ironía brutal. El absurdo se alimenta de clics.

La estatura no nos define como sociedad, ni los kilos de más nos quitan el derecho a buscar compañía. El detalle macabro está en la mentira institucionalizada que fabricamos para cortejar al prójimo. Filtramos por talla. Filtramos por código postal. Diseñamos un mercado de carne digital donde casi nadie califica ni para sus propias exigencias. Y mientras deslizamos fotografías buscando un ideal anatómico que ni de broma cuadra con las credenciales de elector que traemos en la cartera, la genética sigue su curso implacable. La verdadera tragedia contemporánea no se esconde en la cinta métrica de los consultorios. Tampoco habita en la báscula que evitamos pisar en las mañanas frías. Está en la cara de terror absoluto que ponemos cuando la cita perfecta de internet llega al café, atraviesa la puerta y se levanta de la silla. El filtro nacional Tallas de ficción Geometría del capricho, Engaño a la medida. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org

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