Hace algunos meses, en plena temporada navideña, en la víspera de una noche fría, Protección Civil (PC) del municipio de Saltillo, emitía una alerta a la ciudadanía por el descenso de la temperatura, debido a la llegada de un frente invernal más; por ello, habilitaría brigadas de auxilio, que estarían recorriendo el primer cuadro de la localidad, y sus calles aledañas, para transportar a los albergues municipales y, también a los que se sostienen por la buena voluntad de las personas creyentes y practicantes de un credo religioso, a aquellas personas carentes de un hogar, que tienen por costumbre dormir a la intemperie nocturna.
Para sorpresa de muchos, el pronóstico meteorológico se cumplió a cabalidad, y cayó una helada catalogada como “negra”, que arrasó con nochebuenas, y demás plantas y arbustos que embellecían los camellones del bulevar V. Carranza. En una sola noche, se pasó del verdor a la sequedad. La dependencia municipal aludida aprovechó la coyuntura climática para recordar a los saltillenses que coexisten con ellos 43 indigentes, que deambulan sin rumbo y sin esperanza, a través de la plancha de asfalto y concreto de la ciudad; dato oficial, que al parecer se queda corto, por las evidencias que se aprecian cotidianamente al transitar por las calles de Saltillo.
De todas maneras, y en conveniencia para ellos, la cifra que se dijo es una cantidad manejable porque no sobrepasa la capacidad instalada de asilo de los refugios de la ciudad. Entre este grupo de marginados sociales, predomina el sexo masculino, todavía no se logra la paridad de género en ese segmento de la población; pero lo que no se sabe –al menos las autoridades municipales no lo han dado a conocer– son las características generales de esa población: por ejemplo, edades y cuántos de ellos son adictos al alcohol y a los estupefacientes; desequilibrados mentales, que perdieron la proporción de las cosas; afectados y limitados por alguna discapacidad física, o también, quizá, tengan la hegemonía, en la mini-población grupal, los abandonados a su suerte, provenientes de familias disfuncionales y los vagos renuentes al trabajo decente y remunerativo, que prefieren sobrevivir por la benevolencia de la gente, que tiene compasión de tales individuos.
En este grupo, de los 43, sin quererlo ni temerlo, aparece Eufemio, quien hizo caso omiso de la llamada de PC; desenfadadamente, desde hace varios meses, vive y mora en la Plaza de Armas, muy cerca de Palacio de Gobierno. Ahí acondicionó un camastro, que le sirve de comedor, dormitorio y “estancia” para recibir y platicar con algunos transeúntes, que se detienen al pasar por ese lugar, motivados por la curiosidad que les causa, al dirigir su mirada hacia ese cuadro tan surrealista, afincado bajo los arcos de la plaza. Divide el día en contestar cuadernillos de crucigramas y sopas de letras, que de alguna manera le ayudan a no olvidar, y recordar experiencias recientes y de más largo plazo, que con gusto narra a quien quiera oírlo, y tenga tiempo de perderlo unos minutos, de seguro no se aburrirá; y en recoger algunos pesos por la comercialización de cigarrillos, de la marca que tiene un precio de mercado de 33 pesos, a granel los ofrece en 7 pesos cada uno, según dice, en promedio vende dos cajetillas por día. Los “pitillos” los coloca, generalmente entre los lavacoches de la plaza; y, la otra parte de las horas de luz de día, y al compás del reloj de Catedral, la pasa sumido en un profundo letargo, quizá como consecuencia de un problema neurológico que padece desde su infancia.
A sus 63 años, todavía sus ojos color aceituna se irradian y agrandan, cuando habla de los hermanos Rodríguez (Pedro y Ricardo), pilotos mexicanos que participaron en carreras automovilísticas internacionales, acordándose de algunas marcas de coches europeos, que usaron durante las competencias. Recuerda con claridad meridiana el triunfo de Ayrton Senna (1960-94) en el Gran Premio de México de 1989, piloto brasileño que años más tarde perecería en un accidente mientras conducía. Si su interlocutor, lo permite lo puede llevar ágilmente al “mundo rosa”, que vivió en la Ciudad de México, parte de éste, empezaba en el hogar de su abuela, según dice, en la sala de la residencia, había una copia de la obra pictórica, La Primavera, y un piano alemán de tres cuartos de cola. Sin duda, embellecían ese lugar, dedicado a recibir familiares y amigos, que tuvo un toque de buen gusto, y mostró una posición económica holgada de la familia. La vida, que paulatinamente se consume de don Eufemio, está en correlato con lo que filósofos, y personajes bíblicos han dicho con antelación: el hombre es un ser de apertura, dialógico, creado para vivir en comunidad, “…no es bueno que el hombre esté solo…” Más que monedas y billetes que corazones generosos le provean, o brazos que lo aseen y afeiten, él lo que más anhela es no aislarse de la gente, conversar, mientras haya personas que quieran escuchar sus historias y mitomanías, esperará de mejor manera la ineludible muerte.
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