Una de las características comunes del perfil del político latinoamericano, que lo distinguen de inmediato, muchas veces sin conocerle, ha sido su locuaz persistencia en promover el voto, que la acompaña de promesas en beneficio de sus potenciales votantes; otra peculiaridad distintiva, su inclinación “natural” para opinar, no solamente de su campo de acción o incumbencia, es muy dado a externar comentarios sobre sucesos o problemas de cualquier índole, que por su complejidad se reservan a que especialistas en la materia los emitan. El que llegó o aspira al poder por el voto popular, manipula las causas de esos eventos extraordinarios, con la intención de capitalizarlos políticamente a su favor, o atribuyéndolos a errores de políticos contrincantes a él y a su partido.
Los ciudadanos se han acostumbrado con paciencia a escucharlos y a perderles la confianza en lo que dicen. Un caso, entre muchos, fue el que se le atribuye al primer mandatario de Argentina, cuando declaró, para un medio de comunicación brasileño, sobre los niveles de inflación en su país, en el marco de la cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (Celac), realizada hace algunas semanas en Buenos Aires. Dicen que dijo que la inflación estaba en la mente de los argentinos, era autoimpuesta, y por ende, el fenómeno económico se reducía a los sentimientos de los ciudadanos.
Quizá lo que quiso decir, y no supo explicarse porque se confundió al pasar por alto, la distinción técnica que existe entre las expectativas de inflación, y aquella que es producto directo del incremento de los costos de materias primas e insumos. Aunque para el ciudadano común sujeto a un salario, poco le importa conocer los componentes de la inflación, lo relevante para él, es darse cuenta que al momento de acudir a los centros comerciales, a abastecerse de víveres para el consumo familiar, su dinero pierde paulatinamente poder adquisitivo. En cambio para un hombre que lleva bajo su responsabilidad la investidura presidencial de una nación democrática, es elemental, que al menos conozca los rudimentos de un fenómeno económico que los argentinos llevan años padeciendo, y ha contribuido a agudizar la pobreza y las desigualdades en el ingreso.
La inflación estará rondando los tres dígitos al cierre de 2022, y es la responsable de los cambios en los regímenes alimenticios, se buscan productos sustitutos a los habitualmente consumidos en las dietas, con precios más competitivos, que impacten menos en el salario de las familias argentinas. Las expectativas de inflación hacen alusión a lo que esperan los productores y comerciantes, que se elevarán los precios de los productos que producen o manejan, y en función de ello, los transfieren al consumidor final. Sus pronósticos inflacionarios pueden sustentarse en diversas fuentes, desde las más sofisticadas con modelos econométricos predictivos, hasta las rudimentarias, que puede utilizar el tendero de la esquina: la intuición, nutrida por su experiencia en el oficio; el control de las expectativas de precios, significa un gran reto para las autoridades de los Bancos Centrales, porque, estas se pueden autocumplir, e iniciarse un circulo recurrente, que alimenta a la subida de precios de manera continua, sin que necesariamente, se justifiquen las alzas, pues no se originan en desequilibrios en la demanda u oferta agregada.
Cuando sucede lo anterior, el índice general de inflación sube a causa de un factor extraeconómico. El Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC). Este es uno de los indicadores económicos frecuentes utilizados para medir el comportamiento de los precios; considera una canasta de artículos y servicios consumidos por las familias. La canasta se puede modificar cuando se incluyan o eliminen de la misma artículos, su composición se verá influida por los que salgan al mercado, y que sean de aceptación, sustituyendo a otros que queden fuera de las preferencias y gustos de las familias. En resumen el INPC se basa en una muestra de productos del total de los que circulan en la economía, se centra en los de primera necesidad, no incorpora a los bienes suntuarios, que inducen a las necesidades, más allá de las de supervivencia.
No hay que olvidar que el resultado de tal índice proviene de un promedio ponderado de los precios, que entre otros ponderadores, utiliza el porcentaje del salario que cada familia destina a la compra de productos. La diferencia entre expectativas de precios y el INPC, pasó desapercibida para el presidente del país sudamericano, y lo metió en problemas con su pueblo.
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