Arte

Publicado el miércoles, 9 de febrero del 2022 a las 04:09
Ciudad de México.- Al escritor francés Pierre Ducrozet (Lyon, 1982) le impulsa el vértigo provocado por la novela, cuyas potencias y libertades se propone explorar en su escritura.
Recientemente visitó México para promover La Invención de los Cuerpos (Canta Mares), novela galardonada con el Premio Flore 2017 y que halla su ancla –más no narra la historia, pues en realidad la lleva a terrenos inimaginados– en la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa.
Para escribir, el autor se ampara en el ejemplo de Miguel de Cervantes y Francois Rabelais, quienes, le parece, ejercieron más la libertad literaria.
“El reto de esta novela es abrazar la complejidad de nuestro mundo para poder entenderlo mejor”, asienta.
Su apuesta de la novela contemporánea supone “deconstruir el relato tradicional y reconstruirlo como una máquina sólida y diversa”.
Su narración salta de tiempos y lugares, como si se navegara por la misma red. Y es una novela que borra los géneros, pero que oscila entre el thriller y la novela de viaje y de aventuras.
La Invención de los Cuerpos arranca en la noche de Iguala con la desaparición de los 43 normalistas en 2014.
En ella, el ficticio Álvaro Beltrán es un profesor y programador con cualidades de hacker que logra escapar de la muerte y recorre miles de kilómetros hasta Estados Unidos, donde se topa con un magnate de Silicon Valley, quien ha reclutado a una bióloga francesa para realizar experimentos transhumanistas.
Este magnate, Parker Hayes, halla inspiración en personajes como Elon Musk y Mark Zuckerberg, y quiere hacer de Beltrán su conejillo de Indias.
Los transhumanistas proponen prolongar la vida intercambiando partes y órganos del cuerpo tal como si fueran piezas de un auto.
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Por eso los dos puntos son México y Silicon Valley, tan cercanos y lejanos”, cuenta Ducrozet. “Quería explorar diferentes dominaciones y violencias que se ejercen, de un lado, por parte del Estado en Iguala y, del otro lado, la violencia tecnológica y transhumanista”, agrega.
A Ducrozet, que entonces vivía en Berlín, le impactó el primer relato que leyó del caso Ayotzinapa en el diario El País, y viajó a Iguala y a la Ciudad de México, un lugar también importante en su novela, para documentarse, leyendo todo cuanto pudo, en especial los libros de la periodista Mónica Ocampo y el minucioso trabajo sobre el caso de John Gibler.
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A diferencia del periodismo, yo lo que puedo hacer es entrar dentro de los cuerpos, dentro de los personajes, meterme a la respiración de Álvaro. Tenía que ser muy preciso con los nombres reales por una cuestión de justicia con esos chicos”, añade el autor, ahora afincado en Barcelona.
Ducrozet defiende su legitimidad como escritor para abordar el caso Ayotzinapa.
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La virtud de la literatura es que, con empatía, podemos entrar en otras vidas; si no lo hacemos, es por elección, pero estoy seguro de que yo puedo hablar de asteroides como de ballenas o de lo que sea”, dice.
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