Por: Irene Spigno
El 10 de mayo, en México, se celebra el Día de la Madre. Esta celebración, acompañada de felicidad y algarabía, trae consigo una profunda reflexión sobre lo que significa el día de hoy ser madre y, también, sobre el derecho de las mujeres a no serlo.
Hace unos años la campaña española, Qué es una Madre, proponía la inclusión en la definición oficial de la palabra “madre” que asigna la RAE la siguiente definición alternativa:
“Madre: mujer única, luchadora, cariñosa, entregada, fuerte, que cuida de ti a lo largo de tu vida”.
El sistema patriarcal, muchas veces respaldado por las costumbres religiosas y culturales, asume que la finalidad última de una mujer es ser madre, y aquella mujer que decide tomar un camino distinto al cuidado de los hijos, no solamente ha traicionado a su destino, sino también a su propia naturaleza.
El mismo sistema patriarcal y machista, nos ha obligado a creer que nuestro estado civil –estar casada o en pareja– es condición necesaria para que una mujer pueda tener el derecho de decidir ser madre.
Fuera de estas opciones, muy limitadas, la voluntad y los deseos de las mujeres se invisibilizan.
Esta concepción comienza a ser desafiada en el presente reciente, en donde a través de un discurso de derechos, cada vez más mujeres en el mundo buscan ser libres para decidir cuándo y cómo ser, o no ser, madres.
Este discurso se relaciona, en primer lugar, con los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres y el acceso a ciertas políticas públicas que permitan a cada mujer hacer que la voluntad sobre su cuerpo, su presente y su futuro –independientemente de cuál sea– se haga realidad.
Estos derechos, tan intrínsicamente ligados a la interrupción voluntaria del embarazo, han sido reconocidos en muchos países gracias a los movimientos sociales feministas que han presionado, desde muchas trincheras, para garantizar que todas las mujeres que deseen abortar puedan hacerlo, en las mejores condiciones posibles, sin que esto signifique poner en riesgo su vida.
Este reconocimiento de derechos, que ha sido, de hecho, un camino difícil, se ha encontrado con avances y retrocesos en los últimos años, pareciendo que cuando cada vez que se avanzan dos pasos, se retrocede uno, pero siempre con la misma convicción de que las mujeres deben de tener el derecho a decidir sobre su propio cuerpo.
Un ejemplo de lo anterior son las noticias, tan sonadas esta semana, sobre la posibilidad de que la Corte Suprema de Estados Unidos emita un falló que revierta su posición sobre el famoso caso Roe vs Wade, que abre la posibilidad para abortar en los Estados Unidos hasta antes de las 12 semanas de gestación, y que ha sido la doctrina de este Tribunal desde hace ya algunas décadas.
Revertir este fallo significaría un retroceso para los derechos de las mujeres en Estados Unidos e implicaría, de nuevo, regresar a un momento en la historia en donde muchas mujeres se pondrían en peligro para acceder a una interrupción voluntaria del embarazo, siendo las mujeres más pobres, las más perjudicadas.
Revertir este fallo significaría echar a perder el gran legado que, entre otras grandes mujeres luchadoras, nos ha dejado la jueza Ruth Bader Ginsburg.
La decisión de ser o no ser madre, personalísima, debería de ser accesible para todas las mujeres, independientemente de sus condiciones sociales, e incluso de su situación sentimental o estado civil.
Celebrar a las madres también tendría que significar celebrar la posibilidad de serlo, es decir, celebrar que detrás de cada madre existió la firme convicción de convertirse en una y no una mera imposición, ni jurídica ni social.
Esto tendríamos que celebrar también el 10 de mayo.
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