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FIFA y el negocio invisible: apuestas, datos y futbol global

Por Federico Muller

Hace 4 meses

¿Herencia española?

Liga española de futbol profesional. Estaba por finalizar el torneo 2013/14. El equipo de futbol Osasuna -“vigor”, en lengua vasca-, que juega en Pamplona, en el estadio El Sadar, se enfrentaba al Betis en aquel domingo memorable. La afición lanzaba porras en euskera y castellano a su club. No obstante, días antes del encuentro, el partido ya se había disputado en los recovecos de los pactos clandestinos entre las directivas de ambos equipos. Para evitar el descenso de los “rojillos” a segunda división, y mantener el espectáculo futbolístico en la capital de Navarra -donde los pamploneses seguirían viendo a colchoneros, merengues y periquitos catalanes-, se recurrió al soborno. Según las investigaciones posteriores, por 600 mil euros el Betis se dejaría ganar y, además, derrotaría al Valladolid. La práctica no era nueva. El soborno, la dádiva y la negociación en las sombras forman parte de una vieja tradición política y social que algunos historiadores remontan a los mecanismos de dominación heredados de la Corona de Castilla en los territorios de América.

 

Las casas de apuesta

En las pantallas de los casinos en línea comenzaron a aparecer movimientos atípicos que rompían con los patrones habituales de las apuestas deportivas. De manera inusual, grandes cantidades de dinero se cargaban a favor de equipos del futbol español cuya victoria parecía improbable. Las estadísticas, el desempeño reciente y hasta los pronósticos especializados jugaban en su contra. Aun así, un grupo de apostadores desoyó las recomendaciones de las propias casas de apuesta. Aquellas anomalías despertaron sospechas. Más tarde, la policía cibernética española descubrió que personas vinculadas al club Osasuna habían realizado apuestas relacionadas con la derrota del Betis frente al equipo local. El flujo irregular de dinero terminó convirtiéndose en una de las pistas centrales para destapar la red de arreglos y sobornos que contaminó el cierre de aquella temporada.

 

El ascenso silencioso de las apuestas deportivas

Si se revisan -desde una óptica económica- los tres últimos campeonatos mundiales organizados por la FIFA: Brasil 2014, Rusia 2018 y Qatar 2022, se constata que el futbol también comenzó a jugarse fuera de la cancha, particularmente en los casinos físicos y plataformas digitales de apuestas. Para numerosos individuos y grupos financieros, poco interesados en comprender o practicar el deporte más popular del mundo, el balompié dejó de ser un fin competitivo, para convertirse en un vehículo destinado a obtener ganancias económicas mediante apuestas realizadas con capitales lícitos o, en ciertos casos, de dudosa procedencia. Sin entrar todavía en los mecanismos poco transparentes que rodearon la obtención de la sede para Qatar 2022 -el reino petrolero gobernado por príncipes y sultanes del Medio Oriente-, las estadísticas y tendencias comerciales permiten advertir una transformación significativa en la relación entre futbol y apuestas.

 

Brasil 2014: un mundial todavía dominado por marcas tradicionales

Durante la Copa Mundial de Brasil 2014, la FIFA aún mantenía cierta distancia institucional respecto de las casas de apuestas deportivas. Entre los patrocinadores oficiales predominaban marcas tradicionales vinculadas con ropa deportiva, bebidas embotelladas, telecomunicaciones y fabricantes asiáticos de artículos electrónicos. Aunque alrededor del torneo circularon enormes cantidades de dinero en apuestas, estas actividades todavía no formaban parte visible ni reconocida del ecosistema comercial avalado por el organismo rector del futbol mundial. En ese periodo, el mercado de apuestas operaba de manera paralela al espectáculo deportivo. Existía, desde luego, una intensa actividad en casinos y plataformas clandestinas; sin embargo, el futbol conservaba todavía una apariencia de competencia relativamente ajena a los intereses directos de las grandes corporaciones del juego.

 

Rusia 2018: la expansión del mercado ‘on-line’

Con el avance acelerado de internet y la digitalización de los mercados financieros, las apuestas deportivas experimentaron una expansión global sin precedentes. Las casas de apuestas “on-line” comenzaron a atraer millones de consumidores, mientras diversos países -antes renuentes a legalizar casinos o plataformas digitales de juego- terminaron abriendo sus mercados y otorgando licencias de operación. A pesar de ello, durante Rusia 2018 la FIFA todavía no formalizaba una alianza dominante con alguna gran casa de apuestas como patrocinador global del torneo. Los patrocinadores principales seguían perteneciendo a sectores de consumo masivo y tecnología. No obstante, detrás de esa fachada comercial tradicional, el negocio de las apuestas deportivas ya había penetrado profundamente en la economía del futbol internacional. Los aficionados rusos y visitantes extranjeros disfrutaron del espectáculo futbolístico todavía bajo la percepción romántica del “juego limpio”. La sombra del amaño de partidos parecía distante, y muchos confiaban en que el espíritu competitivo del deporte prevalecería sobre intereses económicos externos.

 

Qatar 2022: el arribo de las empresas de datos al negocio de las apuestas

Los dirigentes y funcionarios de la FIFA podrán saber poco de táctica, estrategia o técnica futbolística; sin embargo, poseen una notable sensibilidad para interpretar las dinámicas de los mercados globales. En Qatar 2022 comprendieron que el negocio de las apuestas deportivas ya no era una actividad periférica, sino una estructura económica inseparable del futbol contemporáneo. Paradójicamente, el emirato qatarí -que impone severas restricciones morales y religiosas a sus ciudadanos respecto al juego y los casinos- terminó capitalizando indirectamente el gigantesco mercado internacional de las apuestas.

El campeonato mundial, quizá el espectáculo deportivo más observado en Occidente cada cuatro años, se convirtió también en una plataforma financiera de alcance planetario. Por primera vez en la historia reciente de los mundiales, una empresa vinculada al sector de apuestas apareció integrada al ecosistema comercial del torneo. La FIFA entendió que el problema ya no consistía únicamente en aceptar o rechazar casinos como patrocinadores, sino en controlar el enorme flujo de dinero digital que se movía alrededor de cada partido.

Astutamente, el organismo rector del futbol internacional recurrió a empresas especializadas en generación y análisis de datos masivos. Estas compañías fueron contratadas para monitorear millones de operaciones digitales realizadas en plataformas de apuestas alrededor del mundo, con el objetivo de detectar patrones sospechosos capaces de revelar posibles partidos amañados, manipulación de resultados o movimientos financieros atípicos.

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