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Agencias
Publicado el martes, 8 de marzo del 2016 a las 19:55
Tokio, Japón.- “Cuando ocurrió el desastre, no pude abandonar la ciudad. Ahora me preocupan las hemorragias nasales de mi hija. Se le ha diagnosticado un quiste cervical en la garganta. Cuando llora, le duele tanto que no puede respirar bien”.
Makiko, la madre de una niña de 6 años, se desespera al relatar los problemas de salud que sigue padeciendo su hija en Koriyama, una ciudad 50 kilómetros al sur de la central nuclear de Fukushima.
El testimonio de Makiko es tan sólo uno de los muchos que escucha todos los días Naoya Kawakami, un sacerdote de la Iglesia Unida de Cristo de Japón, que ha creado una ONG en Koriyama para dar apoyo económico y sicológico a las madres con hijos afectados por la secuelas de la catástrofe nuclear.
Cinco años después del tsunami que arrasó la central de Fukushima, Kawakami ha documentado los casos de unos 600 niños que han sufrido y continúan padeciendo los espeluznantes efectos de la radiactividad: cáncer de tiroides, hemorragias nasales, dolores de cabeza, erupciones cutáneas, ojos hundidos, heces negras…
Una mañana del pasado mes de febrero, Kawakami atendía a un grupo de las llamadas madres de Fukushima. En una pequeña sala de apenas 10 tatamis, llena de juguetes de madera y un pequeño piano, se oía la voz suave y tranquila del pastor, un hombre de poco más de 40 años.
Frente a él había sentadas cinco o seis mujeres de edades comprendidas entre los 30 y 45 años, a las que se les relajaba la expresión del rostro oyendo lo que les decía Kawakami. Todas ellas parecían petrificadas y tensas: un reflejo natural de cinco años de penurias y sufrimientos.
“Cuando sucedió el accidente, mi hijo formaba parte de una banda de música después del colegio. Sufrió una hemorragia nasal tan terrible que gastó una caja entera de pañuelos de papel.
“Ahora, cuando se va al colegio andando, le sangra la nariz. Las hemorragias nasales son tan intensas que le he pedido que abandone la banda de música”, se lamenta Makiko, madre de una niño de 13 años en Koriyama. “Desde 2012, mi hija mayor empezó a sufrir una extraña enfermedad de la piel, se le vuelve de color rojo y morado. Le duele y le crea sarpullido al mismo tiempo. Aparece y desaparece”, relata por su parte Yukie, madre de otra niña de 6 años.
Cada vez que una de estas mujeres explica la historia de sus hijos, las lágrimas ruedan por sus mejillas. Lágrimas que han sido contenidas y reprimidas durante mucho tiempo, pero que gracias al alivio que les proporciona estar frente al pastor, caen silenciosamente, sin hacer ruido.
“Durante el desastre, mi marido no me permitió abandonar la ciudad con mi hija. Ahora ella tiene un quiste y yo tengo un quiste y un tumor en la tiroides”, cuenta Yuko, madre de una niña de 8 años.
Y los casos se acumulan sin una “explicación” oficial.
Cáncer se dispara
Entre todas las ciudades de la prefectura de Fukushima, Koriyama alberga la mayor población de niños con cáncer de tiroides confirmado y de casos sospechosos, según los resultados del primer y segundo estudio oficial de seguimiento de la función tiroidea realizados en 2014 y 2015.
Cada año la Universidad Médica de Fukushima estudia la incidencia de cáncer de tiroides en distintos municipios y, a finales del pasado mes de diciembre, se detectaron 16 nuevos casos confirmados en Koriyama, lo cual eleva a 115 la cifra total de niños afectados. Estos enfermos tenían edades comprendidas entre los 6 y 18 años cuando sucedió la catástrofe.
Así lo comunicaron el 15 de febrero la universidad y el propio Gobierno regional.
Sin embargo, las autoridades rechazan un vínculo entre el accidente nuclear y la incidencia de cáncer. De hecho, Hokuto Hoshi, presidente del Comité, aseguró tras presentar los datos del informe que “en estos momentos es impensable relacionar la radiación con los casos de cáncer de tiroides”.
A la conferencia asistieron unas 60 familias afectadas, pero, una vez más, se sintieron minimizadas por las autoridades.
“Durante la conferencia, a las madres de Fukushima no se nos permitió plantear ni una sola pregunta a los médicos; solamente gozaron de ese derecho los principales medios de comunicación de Japón afines al Gobierno. ¡El Gobierno y los medios japoneses nos ignoran y nos humillan!”, exclamó Sachiko Sato, de 64 años, madre de cinco hijos y residente en Fukushima.
Desamparo
Ellas están en el olvido, ya que las autoridades nunca han escuchado sus voces y oficialmente las consideran inexistentes o irrelevantes.
“Su situación es extraordinariamente abrumadora. Les hacen creer que nadie les ayudará”, se lamenta el pastor Kawakami, quien empezó a dar apoyo a estas mujeres seis meses después de la catástrofe, en septiembre de 2011.
“He llegado a escuchar a un alto cargo del Gobierno local recriminarle muy enfadado a una de estas mujeres con estas palabras: ‘¡A tu hijo le ha vencido la radiación porque tú, su madre, te preocupas demasiado!’”.
Ni el Gobierno ni la compañía Tepco, responsable de la central de Fukushima, ofrecen ningún tipo de indemnización a las mujeres que quieren marcharse.
“La gente las ignora diciendo: ‘¿Y qué?’”, puntualiza Kawakami.
Naraha intenta resucitar
Calles desiertas y un silencio sepulcral dan la impresión de que Naraha aún es un pueblo fantasma, pese a que sus habitantes ya pueden regresar tras ser evacuados por la catástrofe nuclear, de la que esta semana se cumplen cinco años. Esta localidad ubicada a unos 17 kilómetros al sur de la accidentada central de Fukushima Daiichi, es la primera de las siete poblaciones más próximas a la planta donde se ha levantado completamente la orden de evacuación en todo su terreno.
Sin embargo, desde que en septiembre de 2015 las autoridades niponas decretaron que los niveles de radiación en Naraha son lo suficientemente seguros para que vuelva a ser habitable, sólo 440 de sus 8 mil 11 ciudadanos han querido regresar, según datos del Ayuntamiento.
Un mal presagio
La compañía Kansai Electric Power explicó que se produjo una fuga de 34 litros de agua de refrigeración que contenía sustancias radiactivas, en un reactor de la central de Takahama, a cerca de 400 kilómetros al oeste de Tokio.
“Los pasos de la reanudación (…) se suspendieron porque estamos investigando las causas” del incidente, declaró un portavoz de la compañía, y aseguró que no existe ningún peligro para el entorno de la central. Poderes públicos y eléctricas presionan para relanzar los reactores japoneses cerca de cinco años después del terremoto y tsunami que provocaron la catástrofe nuclear.
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