La semana pasada, acoté en este espacio, que el liderazgo ideológico de los opositores al régimen de Porfirio Díaz lo logró don Ignacio I. Madero, a raíz de su libro La Sucesión Presidencial en 1910, por lo que presumiblemente debería yo continuar en esta columna el relato sobre lo sucedido con Madero y su libro, pero resulta que este se escribió en 1908, hace ya 113 años, y resulta también que hace apenas dos días pasaron cosas interesantes en mi vida y sus alrededores, que infiero, es necesario relatar cuanto antes. Así que si mi análisis personal sobre La Sucesión Presidencial en 1910, ha esperado por más de 100 años, yo creo que sin inconvenientes graves, puede diferirse otro lapso para discernir su gestación y efectos en próximas columnas.
En este mismo espacio, he referido la gran relación y cariño que profeso al equipo de futbol de Primera División Tuzos de Pachuca, debido esto, a que fui contratado por la directiva del plantel, para impartir en sus instalaciones varias conferencias y cursos, que, gracias a Dios, y al esfuerzo colectivo de todos los integrantes de los diferentes equipos, rindieron excelentes resultados.
El caso es que el sábado los Tuzos jugaron contra los Rayados de Monterrey en la capital regiomontana y amablemente Marco Garcés, director deportivo del equipo Pachuca me invitó a acompañarlos a presenciar el partido. Esto me provocó un dilema, ya que ese mismo día festejaba su cumpleaños mi gran amigo, hermano, compañero y colega, Armando Aguirre Figueroa “Mandin”, quien fuera durante muchos años, presidente de la Federación Mexicana de Rodeo. “Mandin” estaba acompañado por su esposa, hijos, hermanos y unos 70 amigos degustando borrego, cabrito y el exquisito menudo preparado por su cuñado Paco Rebonato.
Pude dar un caluroso abrazo a mis amigos de antaño de la Narro, del Futbol Americano, de Charrería, del Rodeo y de los Toros; mi compadre Florentino Garza, Javier Pérez, León González, Pacheli Ramos, Poncho Lara, Rodo y Guicho Figueroa y muchos más que me disculpo no mencionar por falta de espacio.
Cuando abandonaba la reunión para asistir al partido, me topé, como preparado por el destino, con Jesús Ramos, sobrino de “Mandin”; dijo que me veía torear desde que era niño en el cortijo de Lomas de Lourdes, además que tiene un criadero de caballos cuarto de milla en Arteaga llamado El Trébol.
Cuando me disculpaba diciéndole que debía retirarme al juego, resultó que él también iba hacia Monterrey, pues alláresidía al trabajar en un bufete de abogados junto con los hermanos Basave Alanís y Luis Donaldo Colosio Riojas, este último alcalde electo de Monterrey.
Lo invité al partido y durante todo el trayecto charlamos sin parar de toros, caballos y política, con múltiples aristas, que proporcionan tema para una posterior columna, pues Ramos Figueroa es un joven culto y talentoso.
Llegamos a Monterrey al hotel donde se alojaba el equipo del Pachuca, y después de los correspondientes abrazos de verdadero afecto y empatía con Armando Martínez, presidente del Club Pachuca y Marco Garcés, nos dirigimos hacia el estadio BBVA en un espacioso vehículo donde pudimos ir conversando cómodamente.
Casi a bocajarro le comenté a Armando sobre el tema que últimamente estoy abordando en mi columna de esta casa editora, y le pregunté directamente si su señor padre también había fungido como su primer mentor. Pude notar, incluso a través del cubrebocas impreso con el diseño del club, cómo en fracción de segundos la expresión facial de Armando se revistió de añoranza y nostalgia al remembrar a su padre; al recordarla ahora mismo, pienso cómo en instantes él hizo un extenso e intenso recuento de su relación con su progenitor y lo que le había heredado en cuanto a genética, educación, ejemplo, consejos, enseñanzas, reprimendas, castigos, elogios, recompensas, amor y recuerdos, que sembrados profundamente, en un santiamén pueden brotar y emerger profusamente como semillas que al unísono germinan y florecen.
Armando emocionado empezó a relatar cómo su padre a él y a su hermano mayor Jesús, los educó con cariño, pero con mano firme los encausó, desde muy niños, a esforzarse trabajando para cumplir sus metas.
Es una historia muy ilustrativa de audacia, empeño y triunfo, que por cuestión de espacio debo aplazar hasta la siguiente entrega, y que además irá acompañada de la historia de los mentores de Marco Garcés, nieto e hijo de futbolistas profesionales, y él mismo, gran jugador seleccionado nacional.
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