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Genocidios: una lectura forense

Por Columnista Invitado

Hace 2 meses

Por: Carlos Bravo Regidor

“¡Estás viendo y no ves!”, dice un dicho mexicano sobre la diferencia entre tener algo frente a los ojos y lograr identificarlo. Algo así ocurre hoy con Gaza. Pocas guerras han sido registradas con tal volumen de imágenes, videos, testimonios e información; pocas veces, sin embargo, tantas pruebas han suscitado interpretaciones tan antagónicas. La destrucción es hipervisible, pero su sentido sigue en disputa.

Genocidios. Una lectura forense (Galaxia Gutenberg, 2025) es un volumen colectivo editado por Júlia Nueno Guitart (Barcelona, 1994) que parte justamente de esa paradoja. No es una historia comparada de los genocidios: es un alegato sobre cómo entenderlos que desplaza la mirada de los actos violentos a la destrucción sistemática de las condiciones de vida que permiten a una colectividad seguir existiendo. En el camino, traza una genealogía que une Namibia, el Holocausto y Gaza para mostrar cómo empieza, se desarrolla y se ve un genocidio.

En el caso palestino, la práctica forense consiste en encontrar la lógica de un caudal de indicios que, precisamente por su abundancia, abruma. No basta observar cada hecho por separado; tampoco observarlos todos simultáneamente: hay que reconstruir secuencias, vincular episodios y detectar pautas. El territorio se convierte así en una fuente de evidencias: sus ruinas, huellas y transformaciones permiten hacer inteligible lo ocurrido.

Pero el exterminio deja marcas no sólo en el territorio, sino también en la tecnología mediante la cual se ejerce.

“Israel”, dice Marwa Fatafta, “es el Estado de la vigilancia por excelencia”. La guerra contra los palestinos convierte su vida cotidiana en información accionable: movimientos y comportamientos forman patrones; los patrones, probabilidades; las probabilidades, sospechas que pueden terminar definiendo blancos. Es lo que Grégoire Chamayou llama una “sociedad de objetivos”. La misma infraestructura que vuelve legibles a las personas para perseguirlas deja también rastro de los criterios con que las selecciona y de la precisión con que las ataca.

La investigación forense cuestiona también la arraigada asociación entre neutralidad y rigor. Los autores del volumen están abiertamente comprometidos con la causa palestina, pero eso no hace que sus métodos dejen de ser verificables, sus evidencias contrastables o sus argumentos susceptibles de impugnación. La validez de sus conclusiones no depende de que carezcan de posición, sino de que pueden sostenerse más allá de ella.

“Genocidio” tampoco es un término jurídico con un significado fijo ni evidente. Raphael Lemkin lo acuñó en 1944 con un sentido más amplio del que terminó admitiendo la Convención de 1948, cuyas negociaciones dejaron fuera formas de destrucción colectiva muy relevantes para la experiencia colonial.

Rabea Eghbariah trae esa discusión al presente y propone que la Nakba —la expulsión y desposesión palestina iniciada con la fundación del Estado de Israel— se reconozca como una categoría jurídica propia, como ocurrió con el apartheid sudafricano.

Reconocerla como tal no sólo modificaría el marco legal con que se juzga el conflicto: obligaría a replantear desde cuándo y en qué condiciones comenzó el crimen. Porque el nombre que damos a una realidad también determina qué puede reconocer y juzgar el derecho.

Al final, en Gaza el problema no es que falten evidencias, sino qué somos capaces de reconocer en ellas. A veces lo más difícil no es descubrir lo que está oculto, sino habérselas con lo que está a la vista.

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