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| Guadalupe Dueñas falleció el 10 de enero de 2002, aunque algunos espacios consignan el 13 de ese mes. Foto: Especial

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Guadalupe Dueñas: la maestra del terror

Por Grupo Zócalo

Hace 4 meses


En 2022 se cumplen 20 años de la muerte de la autora de libros como Tiene la Noche un Árbol y Antes del Silencio

Ciudad de México.- Hace dos décadas que Guadalupe Dueñas abandonó el mundo de los vivos para ser su “sola muerte”, así, como ella misma lo manifestó en uno de los poemas más profundos de la lírica española:

Yo soy mi sola muerte

No soy la rotativa
crisálida de angustia
ni soy este destino
frustrado de holocaustos
con la sutil mentira
tradicional de engaños
ni soy esta añoranza
del hijo que no tuve
de nardos y luceros
la rosa de cien alas
con llanto en cada ojiva
ni soledad de náufrago
berreando luz amarga
de un faro inconsolable
tampoco sensitiva
mandrágora del ansia,
ni soy este camino
de valladar sin ruta.
Yo cuajo en el instante
que plasma lo finito,
alcanzo mi existencia
el SER que el hombre busca
robando del misterio
la realidad sin fraude.
Yo soy en esa hora
esencia de la esencia
tatuada en la floresta
de una infinita rama
colmada la pregunta
mi llanto anochecido
asciende hacia la altura
y surjo en sola muerte
absoluta e inmortal.
Yo cotizo mi vida
sin ayer ni mañana
palpando lo que he sido
soy cuando ya no existo
soy lo que ya no existe
yo soy mi propia muerte.

La escritora tapatía entró en el mundo de las letras con pie seguro y firme cuando aparecieron sus primeros cuentos en la revista Ábside, “Las ratas”, “El correo”, “Los piojos” y “Mi chimpancé” en el verano de 1954. Desde entonces y hasta los años 70, sus relatos fueron celebrados por sus coterráneos y publicados en un sinfín de suplementos culturales y en antologías, tanto nacionales como extranjeras. Después empezó a caer un silencio sobre su obra.

Tradicionalmente se dice que Guadalupe Dueñas escribió únicamente cuatro libros: Tiene la noche un árbol (1958), No moriré del todo (1976), Imaginaciones (1977) y Antes del silencio (1991). Sin embargo, Dueñas demostró ser una autora polifacética, pues también construyó poemas, la novela Memoria de una espera (que elaboró al recibir la beca del Centro Mexicano de Escritores en el periodo de 1961-1962, la cual permaneció inédita), y también se dedicó a la promoción cultural desde diversas revistas literarias. Por otra parte, como guionista de televisión, escribió series históricas, leyendas y telenovelas, siempre con el propósito de llevar un alto nivel cultural a la audiencia. De tal manera que tanto en su producción creativa como en su papel de analista, dejó constancia de su mirada crítica en contra de los preceptos patriarcales, su defensa de los derechos de la mujer y su severo examen hacia el poder corrupto y los males que destruyen a la humanidad.

En sus Obras completas, el volumen que publiqué en el Fondo de Cultura Económica*, por fin se pueden leer sus cuentos, sus poemas y su novela, entre otros significativos materiales.

Para recordarla en su 20 aniversario luctuoso hagamos referencia a su legado poético. Antes de definirse como cuentista, Guadalupe Dueñas soñó con ser poeta. Leyó, admiró y escribió sobre Edgar Allan Poe, Ramón López Velarde, Emily Dickinson, Concha Urquiza, Federico García Lorca, y mientras escribía largos poemas fue amiga de Emma Godoy, Octavio Paz, Griselda Álvarez, Salvador Novo, Pita Amor, Rosario Castellanos y Luis Cernuda, por mencionar solo algunos. Pero el padre Alfonso Méndez Plancarte, su amigo y guía intelectual y espiritual, le dijo que sus narraciones superaban sus versos y era mejor que se dedicara al cuento y sepultara su ambición de ser poeta. Y por esa razón, Guadalupe Dueñas nunca publicó sus poemas.

Desobedeciendo al padre Méndez Plancarte, en sus Obras completas compilamos por primera vez sus poemas. He aquí otro de ellos, escrito cerca de 1951:

El alma me olía a jardín 

El alma me olía a jardín
dulce naranjo florido
de soledad fue mi infancia;
yo no supe si me amaron
me forjé mi mundo propio
lo hice con trozos de cuentos
y el plumaje tembloroso
de un ensueño de colores.
¿Contra quién el anatema?
Hay dos filos en la espada
que me duele al que le hiere
y también me hiere a mí.
Si bien sé del cataclismo
que me cegó los dos ojos,
¿qué importa que hoy descubra
la sacrílega pedrada
que me derrumbó por dentro?
Si mis manos ya no existen
y mis labios no se ven
ya soy sólo mi sudario
y mi grito es sin sonido.
Hoy mis venas ya no guardan
tibio coral derretido
son hoy acueductos de pus.
Ya mi vientre está manido
y mi corazón de cáncer
que saltaba como el pecho
de una cierva enamorada
es un jirón de la asfixia.
Yo ya toda soy de nada
¡para qué quiero los ojos
que no sea para llorar
amargo llanto de siglos
llagas sobre mi eternidad!

En este poema, la voz lírica desvela la soledad padecida en la infancia y experimentada a lo largo de toda su vida, pues al no haber encontrado en su juventud el amor deseado, su vientre infértil la entristece. En el ámbito intimista que caracteriza al género lírico, Guadalupe Dueñas desnuda su alma y nos muestra el lado oscuro de su existencia mediante metáforas e imágenes insólitas, como aquella que recoge su desolación al decir que por sus venas ya no corre la sangre sino el pus, como símbolo de la enfermedad causada por el desamor.

Sin embargo, Guadalupe Dueñas no se doblegó ante la adversidad; al contrario. Las vivencias personales le sirvieron para explorar su psique, sin condenar a nadie, y al mismo tiempo crear textos literarios en donde la poesía cumple una función primordial para explorar las diversas manifestaciones de la esencia humana.

En 1958, el Fondo de Cultura Económica recogió sus cuentos en el volumen Tiene la noche un árbol, con el cual se hizo acreedora al Premio José María Vigil en 1959, en su tierra tapatía. He aquí uno de los textos más emblemáticos de este volumen:

Los piojos

Dos indios, en horas de constancia, buscaron entre sus ropas, devotamente, piojos como perlas, y los regaron por el suelo.

Trou-trou blanco sobre el cemento. Pespunte diminuto hacia la pared ocre, no mayor que la escuadra de un pañuelo. Se movían lentos como camellos recién nacidos. Desorientados en el nuevo planeta duro, inhóspito, añoraban el sudor agrio de la selva enmarañada de sus dueños; el paseo por las tibias columnas humosas, el esconderse en la humedad de los pliegues; la excursión por el pozo inescrutable de las panzas fajadas; y aquel delicioso rodar por las pieles acogedoras.

Camila tenía diez años. De rodillas en el escalón observó el desconcierto de los bichos. Le contaron que tenían un ojo en la espalda, y ella, con un vidrio de aumento, alcanzó a distinguirlo en el lomo; un ojo rasgado de tigre con pestañas verdes.

Eran piojos sin patria como los albinos. Deseaban ser hormigas, taladrar un nido en las paredes y allí esconder su átomo de vida. Ser al menos piojos corrientes, amarillos o negros, con la piel aceitosa, pero ágiles y alegres y con hogar estable; jugar en las barbas dormidas de los abuelos del pueblo, o danzar en trenzas desteñidas como las de Camila, o ensayar equilibrios en las greñas oscuras de las bonitas, que los alisan sobre la nuca cuando miran pasar a los rancheros.

En aquella piedra calva no había esperanza.

Camila, de pronto, corrió escaleras arriba. Regresó al instante con un brasero de carbones encendidos, pequeño como un incensario. Colocó un comalito sobre las llamas, y pacientemente, con un largo popote, los iba tostando uno por uno.

Era un juego malo y emocionante. Al principio corrían con una actividad inesperada; luego, vencidos, se inflaban como chaquiras disparándose en un estallido de pistola de juguete.

A Camila le brillaban los ojos ante proceso tan divertido. Algo atávico y maligno le impedía retirar la vista del diminuto horno crematorio; sus facciones de niña mostraban crueldad diabólica.

Cuando sacrificó el último animalito, desconsolada, buscó en la más escondida hendidura por si fuera posible el escape de algún camello.

Encontró uno. Llena de alegría lo paseó por sus manos. Lo admiró lentamente a través del anteojo y después de alisarle la piel exquisita, tuvo miedo de que se hubiera muerto, por lo silencioso. Pero el indefenso se hacía el dormido y antes de bailar, en la pista inhumana su danza de muerte, vengó a sus hermanos, los que como él habían sido diminutas catapultas lanzadas a la nada. Clavó en la sangre de Camila su aguijón irremediable.

En este texto, Guadalupe Dueñas expone la maldad humana personificada en Camila, una niña de apenas 10 años, ya convertida en un monstruo, en una persona sádica. Con su peculiar estilo incisivo, breve y conciso, revestido de humor negro, Dueñas no solo disecciona las aristas de la condición humana, sino que da una vuelta de tuerca: el último piojo logra vengar a su raza indefensa y por antonomasia a todos los animales supuestamente inferiores, es decir, la naturaleza inflige su venganza en contra de las criaturas pensantes. La ironía se manifiesta en todo su esplendor.

Su segundo libro de cuentos, No moriré del todo, apareció en 1976, bajo el sello de Joaquín Mortiz. En él nos encontramos con otro de los temas recurrentes de la obra de Guadalupe Dueñas: el clasismo, es decir las diferencias e injusticias sociales. Con su pluma escalpelo la autora pone el dedo en la llaga y sin concesiones critica desde sus propios prejuicios la deshumanización provocada por el materialismo. Así lo describe en su cuento “Roce social”. Como se trata de un texto de mayor extensión, comparto solamente un fragmento:

Roce social

Veo frente a mí a los que abordan el autobús, los contemplo fascinada mientras conduzco mi propio automóvil, ajena a la soberbia de mi prosperidad. Los miro subir y bajar, jadeantes, apresurados y me complazco en su prisa, en su enfado, en su presteza. Descubro sus satisfacciones mezquinas por subir a tiempo, ahorrar una espera o alcanzar buen sitio. Es un mundo aparte que corre a juntarse, a hacerse cuerpo multiplicado con un solo rostro. El hombre, pienso, es la medida de todas las cosas. Profunda reflexión descubre mantos copiosísimos y nos pone en camino de comprensiones definitivas. El sabio principio centellea en el tiempo y ancla en el vacío social de un automóvil, que altanero como una isla, nos aparta de los otros y nos sume en el anónimo estrato de los “ricos”.

En ese mundo apresado caben todos los matices de la pobreza, desde la que exhibe sus parches y cicatrices, hasta la que se recata y disimula en un casto decoro. En el camión descubrimos lo personal, lo que apenas rozan los bienes; mas lo importante es la pobreza metafísica que nos une, nos acerca, nos determina miserablemente unidos.

En estas líneas de carácter filosófico y existencialista, saltan a la vista la masificación que padece la clase trabajadora en las sociedades pragmáticas. Nuevamente la escritora disecciona los males que aquejan a la humanidad y que impiden que vivamos en un mundo más igualitario, menos codicioso.

En 1977, Dueñas publicó un libro singular titulado Imaginaciones, en donde compiló una serie de semblanzas sobre sus autores y autoras preferidos. He aquí unas líneas del texto dedicado a Ramón López Velarde, uno de sus poetas de cabecera:

Ramón López Velarde

Noble juglar, señor y príncipe, en esta tarde de lluvia he venido a tu sepulcro con un ramo de violetas cortadas en el alba. Estoy aquí, vestida de negro, con el luto de Águeda y Fuensanta. De la plomiza eternidad me separa tu lápida, y la impotente amargura de estarte vedada como la llovizna y el viento. Te he traído esta ofrenda porque, aunque lo ignoras, tomé parte en algún profano sueño de tu atávica continencia. He venido a buscar tus palabras remotas, tu ilusorio fantasma para poder gritar las cinco letras de tu nombre, que he dibujado en mí con un dibujo de escarcha. (…)

¡Cómo me hubiese gustado ser la novia perpetua de tu canto! Tu ánima impoluta. Y es que te pareces a mí en esa erizada angustia de tu lucha con el ángel; o tal vez te pareces al personaje de mis sueños o estoy, como tú, tejida de lujuria y de un anhelo santo.

Pero tú eres el ayer y el nunca, la provincia que no viví y la ciudad que ya no existe.

Considérame tu viuda para poder llorarte.

Con un profuso lirismo, la escritora desborda su pasión amorosa; sabemos que no fue afortunada en las relaciones sentimentales y quizá por ello sublimó su arrebato erótico en un amor idealizado. La fuerza poética en este texto resulta sorprendente y, gracias a su amor desmedido, creó este canto amoroso y sensual que nos sacude el cuerpo y el alma.

La autora publicó un cuarto libro, Antes del silencio, que el Fondo de Cultura Económica dio a conocer en 1991. Con ese volumen de despidió de su carrera como polígrafa:

Un estallido en lo más hondo de sus entrañas, le anunció que llegaba el fin. Hizo acopio de entereza y comenzó a vivir su muerte…

Sin duda alguna, Guadalupe Dueñas mereció el Premio Xavier Villaurrutia y el Premio Nacional de Literatura, entre tantos otros. No obstante los reconocimientos verdaderos empiezan a llegar, y esos se los entregan ustedes, sus lectores.

Vale la pena mencionar que su primer libro de cuentos, Tiene la noche un árbol, forma parte de la colección “21 para el 21” que el Fondo de Cultura Económica lanzó el año pasado, con la finalidad de difundir a los clásicos mexicanos entre las nuevas generaciones.

Espero que estos pequeños indicios de su polifacética obra inciten su curiosidad y, quienes no hayan leído a Guadalupe Dueñas, se entreguen a ella. Estoy segura que no serán los mismos después de conocer su mirada incisiva sobre la condición humana.

 

Fuente: MILENIO

 

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