Con total independencia de cómo se lleguen a caracterizar las formas, lo que no podemos reducir, y mucho menos negar, es que, en el fondo, los reclamos de los colectivos feministas están anclados, hasta la raíz, en lo que es nuestra realidad, la que no ha cambiado ni un ápice en sus fundamentos y que alimenta cotidianamente y en todos los espacios, la violencia de género.
Más allá de las marchas y las consignas, incluso más allá de si en la manifestación de su hartazgo incurran en actos violentos o vandálicos, el reclamo de las mujeres es válido, pertinente, necesario. Es el grito de ya basta de vivir con miedo, un ya basta de ser acosadas, agredidas, violentadas e incluso asesinadas.
Es la enésima expresión pública de desesperación, surgido del miedo; el recordarnos, a todos, que de que, si queremos avanzar como sociedad, un paso fundamental es el respeto a su derecho a vivir tranquilas, en igualdad, en equidad, libres de violencia de cualquier tipo.
Sí, es un grito, una sacudida a la sociedad en su conjunto, una advertencia de que mientras las mujeres, de todas las edades y en todos los contextos, no puedan salir a la calle y sentirse seguras, seguiremos inmersos en ese patriarcado homicida que advierten sus cánticos y proclamas.
De la marcha en la que participaron miles de saltillenses este martes, en una pancarta, se leía: “¿estás cansado de escucharlo?, pues nosotras de vivirlo”. Sí, independientemente de cómo lleguemos a caracterizar las formas, en el fondo su reclamo, su protesta, es más que legítima, es necesaria.
Y finalmente va un dato: este martes, según registros de la Fiscalía, seis mujeres fueron abusadas sexualmente y 35 más sufrieron violencia familiar en Coahuila. Así de grave es este cáncer que nos carcome como sociedad.
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