Hubo en México una prolongada era donde las lecturas invadían los hogares con historietas que fueron un despegue en la alfabetización de millares de personas a lo largo y ancho del país.
El interés masivo de los mexicanos por los cómics (conocidos históricamente como “historietas”, “monitos” o “pepines”) comenzó a consolidarse en la década de 1930 y alcanzó su auge o “época de oro” entre los años 1940 y 1950.
Aunque la caricatura política existía desde principios del siglo 20, fue en los años 30 cuando las historietas se convirtieron en un medio de lectura masivo, sirviendo incluso como herramienta de alfabetización para muchos mexicanos.
En la década de los 40, los habitantes de este valle nos arrebatamos prácticamente la historieta mexicana La familia Burrón, escrita por Gabriel Vargas y que retrata a una familia típica mexicana: papá Regino, de oficio Peluquero; Borolas, la esposa, una mujer muy argüendera y mandona, él un mandilón, y los hijos de ambos: Macuca y Reginito.
Cada Semana se cernía una nueva historia en donde la peor parte era para el esmerado peluquero, con quien se identificaban muchos del oficio en la ciudad de Saltillo. Regino siempre cedía la razón a su querida Borolas, una espigada y flaquirucha mujer que tenía ocurrentes ideas y que pretendía darse aires de rica, poniendo en aprietos al “Chaparro”, como cariñosamente decía a don Regino; la familia Burrón ocupaba un cuartucho de vecindad.
Su éxito consistía en la crítica mordaz de la sociedad tratado con humor e ironía a través de situaciones cotidianas y veraces. La ideología plasmada en cada una de las historietas ha sido objeto de estudio en diversos países del mundo y se le considera el antecedente directo de las series animadas de la televisión de Los Simpson y Padre de Familia.
Era impresionante la cantidad de revistas que se editaban cada semana; por ejemplo, Kalimán tenía un tiraje (impresión) de 2 millones 200 mil ejemplares por semana. Lágrimas, risas y amor imprimía un millón 200 mil ejemplares, contra los 800 mil de tele-guía. Otra de las publicaciones de mayor tiraje fue la revista semanal policíaca ¡Alarma! que llega a colocar por semana 650 mil ejemplares, en tanto que Selecciones vendía medio millón de sus revistas. Así (aunque se diga que leemos poco) México se convirtió en el país con mayor lectura per cápita de revistas e historietas. Se vendían 3 millones de ellas diariamente.
Sin duda que el éxito mayúsculo en cuanto a historietas preferidas de los saltillenses fue la de Memín Pinguin, el simpático, humilde y muy querido negrito, hijo de mamá Eufrosina, quien convivía con la pandilla rica del barrio.
Este pequeño de tez morena, puesto en papel por Sixto Valencia, logró edificar un imperio comercial en México. Su popularidad en los años 60 lo convirtió en la figura principal de los carros alegóricos del carnaval de Veracruz.
En 1990, el Ministerio de Educación de Filipinas declaró a la historieta de Yolanda Vargas Dulché de lectura obligada en las escuelas, al considerar que inculcaba la unión familiar y la tolerancia social.
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