Saltillo

Publicado el lunes, 2 de noviembre del 2026 a las 04:30
Saltillo, Coah.- La verdadera muerte es el olvido, y es por ello que hacemos todo por honrar y recordar a quienes ya no están con nosotros. Ayer, miles de personas acudieron a los panteones de la ciudad para recordar a los que ya se fueron.
Flores coloridas como el tradicional cempasúchil, la flor de los muertos, pintaron el paisaje de los camposantos en tonalidades naranjas y amarillas.
Entre la infinidad de arreglos florales postrados en las lápidas, se escuchan canciones que salen de bocinas que los visitantes llevaron o entonadas por algún grupo norteño que fue contratado para honrar con su música a los difuntos.
No los dejan ser olvidados
Así se vivió la víspera del Día de Muertos en Saltillo, una de las manifestaciones culturales más arraigada en México, las personas aprovecharon el día de descanso para acudir a los panteones a honrar a sus difuntos.
Uno de esos visitantes es Ricardo Coronado Jaime, visitó la tumba donde están los restos de su padre, Fortunato Coronado Soto, y de su madre, María Concepción Jaime Muñiz.
Ricardo refirió que el día de los muertos o de los fieles difuntos es una de las tradiciones más bonitas y que, por herencia de sus padres, acude cada año al panteón a honrarlos.
“
Es una tradición de muchos años que ha trascendido a través del tiempo y que, por herencia de mis padres también, hay que visitar a aquellos que ya nos han antecedido en el camino”.
Ricardo recordó a sus padres como un hombre y una mujer que lo enseñaron, a él y a sus seis hermanos, a trabajar y siempre luchar por sus sueños.
Relató que su padre era barbero, de esos tradicionales; tenía su local en la calle de Múzquiz, en el corazón comercial de la ciudad, ahí creció y formó sus raíces.
“
A pesar de que vivo para el sur, ya más lejos, nunca se me ha quitado la costumbre que hasta misa vengo a veces al centro”

Un ícono del Centro
Don Ricardo rememora que su padre era un hombre muy conocido entre los habitantes de la Zona Centro; con su barbería tuvo la oportunidad de saber grandes historias que se desarrollaron en el corazón comercial de la ciudad.
Señaló que, después de 44 años del fallecimiento de su padre, aún sigue encontrándose con personas que lo conocieron y que le cuentan anécdotas sobre su padre y su madre; la mayoría coinciden en que ambos eran unas personas muy queridas y honorables.
Así es como los ciudadanos recuerdan a sus muertos, visitando sus tumbas, adornándolas con flores, limpiándolas, contratando un grupo para que cante las canciones que les gustaban a sus seres queridos, o simplemente sentándose a un lado de la tumba y abrir una cerveza para compartir con ese ser querido que ya trascendió.

La fiesta del reencuentro
El Día de Muertos es, en esencia, una tregua con la ausencia, un recuerdo triste que pasa por el corazón y, entre lágrimas, nos hace sonreír:
Los altares de ofrendas se convierten en mapas de aromas y colores diseñados para guiar a las ánimas de regreso a casa: el fulgor y la fragancia del cempasúchil, la calidez de las velas que iluminan el camino, el sabor del pan de muerto y los platillos que en vida hicieron sonreír a los ausentes.
Las familias no van al cementerio a llorar una ausencia definitiva, sino a celebrar un banquete compartido con aquellos que siguen viviendo a través del recuerdo.
En el México profundo, una persona muere verdaderamente sólo cuando se le borra de la memoria
colectiva.
Por ello, nombrar, recordar y convivir con los ausentes es un acto de rebeldía contra el tiempo, pues, al final, las tradiciones y la poesía nos recuerdan que la muerte y la vida caminan tomadas de la mano, y que honrar a quienes se fueron es, en realidad, la forma más hermosa que tenemos los vivos de aprender a celebrar cada latido.

Con información de Maru Valencia
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