Por: Horacio Marchand
Levanten la mano los que quieran implementar la Inteligencia Artificial (IA) en su negocio: todos. Muy bien. Ahora levanten la mano los que sepan la ruta crítica para implementarla: para qué, qué tanto, dónde, quién y cuándo. ¿Alguien?
Desde el punto de vista empresarial y frente al potencial tan enorme que tiene la IA para impactar en múltiples escenarios, la evidencia empírica demuestra que lo que predomina es la confusión y el caos.
¿Qué califica como ya haber incorporado la IA? Dudo que muchos lo sepamos. Todo depende de cómo se defina el indicador y posteriormente la métrica.
Hace poco conversaba con el director de tecnología (CTO) de un grupo de empresas y le preguntaba cómo estaban utilizando la IA. La respuesta me sorprendió: “Cada área la está usando”. “¿Para qué?”, volví a preguntar. Tras una pausa, me dice: “Cada departamento lo define”. O sea que no sabe.
A otro directivo en un giro distinto le hice la misma pregunta y contestó: “Pues cada quien usa ChatGPT”. O sea, que no sabe. Además, usar ChatGPT no necesariamente significa que sea en algo productivo o estratégico.
Por otro lado, Microsoft y LinkedIn (empresas nativas digitales), en el más reciente Work Trend Index, mencionan que 75% de los trabajadores de oficina ya utiliza herramientas de Inteligencia Artificial en sus actividades laborales y una parte importante lo hace mediante plataformas y automatizaciones no autorizadas oficialmente por sus empresas. O sea que tampoco saben.
Es que la incorporación de IA ya no depende exclusivamente de decisiones corporativas o departamentos de tecnología; hoy son los propios empleados quienes están introduciendo agentes y automatizaciones a una velocidad que supera la capacidad de muchas empresas para establecer reglas, criterios y mecanismos claros de coordinación. Ni siquiera las empresas de tecnología lo saben a ciencia cierta.
Y sigue. Según la firma de investigación Gartner, para 2028, una empresa promedio de la lista Fortune 500 podría operar más de 150 mil agentes de IA, muchos de ellos desarrollados directamente por empleados fuera de los departamentos tradicionales de tecnología. El problema es que apenas 13% de las organizaciones reconoce contar hoy con mecanismos de gobernanza para supervisarlos y controlarlos. Nuevamente, no lo saben.
Más allá de estas cifras, se revela algo más profundo: la velocidad de adopción tecnológica está comenzando a superar la capacidad organizacional para absorberla con claridad y coherencia.
La Inteligencia Artificial prometía simplificar el trabajo. Y, aparentemente, lo está haciendo. El problema es que también podría estar creando una nueva burocracia corporativa, potencialmente distraída, disfrazada de bots, agentes y automatizaciones inteligentes y a veces no tanto.
La diferencia entre una organización que se fortalece con la IA y otra que termina atrapada en el caos digital no estará en cuántos agentes adopte, sino en la claridad estratégica con la que los articule.
¿Entonces qué hacer? ¿Dejar que cada quien arme algo como pueda y luego, desde lo táctico, organizar esfuerzos integrales y alineados para crear algo transformacional? O al revés: ¿definir la estrategia de IA y desde ahí que se establezca la prioridad y la secuencia de los despliegues, para construir la ventaja adecuada o solucionar el problema indicado?
En esta primera entrega quiero hacer mi punto: el comienzo de la IA que sugiero, independientemente de las posibilidades técnicas y tácticas, es arrancar a partir de la estrategia del negocio y que, infelizmente, en muchas empresas se desconoce, está desarticulada, enterrada, no descifrada o distorsionada en la mente de cada uno de los colaboradores y directivos.
Más en la parte 2, en un par de semanas.
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