Hace unos días un noticiero difundió una nota muy bonita donde unos niños de una pequeña comunidad, en un lejano país árabe, armaban una gran algarabía con la llegada de un camello cuyo nombre no recuerdo. He de decirles que el noble animal tiene un “nombre”.
El caso es que esos niños, con sus pies descalzos y vestidos con sencillez, estaban felices al ver al camello porque les llevaba libros. Sí, libros. Me encantó ver la escena por la emoción que los pequeñitos mostraban al recibir su ejemplar.
Ignoro si tienen a alguien que los guíe en el aprendizaje; quiero pensar que así es y que ese noble animal, el camello, cumple con una gran función: La de transportar conocimientos, pero también felicidad.
Si, felicidad; porque al ver los rostros de esos pequeñitos al recibir sus libros, se debería reflexionar un poco de lo que realmente significa ese regalo.
Sin duda es la oportunidad de aprender a leer, a escribir, pero sobre todo a soñar con un mundo mejor que hay que construir día a día. Viven en comunidades donde las comodidades no se ven muy cerca. Viven con lo más elemental. Sitios apartados donde tener luz, agua y algo más, sin duda es un lujo inalcanzable.
Sin embargo, son felices; se les refleja en su rostro. Como felices estaban los pequeños bailarines de una comunidad sudafricana que conmovieron al mundo con Jerusalema, que muy pronto se convirtió en un Himno de Esperanza en el mundo al conocerse su verdadero significado.
En plena pandemia cuando los científicos trabajaban a marchas forzadas por encontrar una vacuna que ofrecer a la gente para librarlos del Covid-19, apareció ese Himno como una Alabanza a Dios para suplicar por su ayuda y librarnos de la enfermedad.
Esa melodía, nos unió como una muestra de que podemos convivir como lo que somos: Hermanos.
Y nos unió en oración cuando miles de seres se contagiaban y miles morían al no poder superar la enfermedad.
Solo Dios con su gran Poder es capaz de detener lo que el hombre no puede lograr. Un Himno de Alabanza que lo mismo interpretaban niños, jóvenes, adultos sin distinción de raza o credo.
Todos unidos en un solo propósito: Pedir por la paz del mundo. No hay duda que la música no tiene fronteras. La belleza de sus notas logra lo que nadie más puede hacer: Dar tranquilidad, entusiasmar, dar esperanza y mucho más.
Al ver a distancia el comportamiento de los niños, unos, recibiendo con alegría sus libros; otros bailando al ritmo de Jerusalema, me he puesto a pensar en lo felices que fuimos quienes pertenecemos a una generación que ya se está yendo.
Fuimos niños felices en nuestros juegos, sencillos, sin complicaciones. Pudimos disfrutar, gracias a Dios y a nuestros padres, una infancia feliz.
¿Qué ha sucedido a la humanidad? ¿Por qué se está agrediendo a los niños -ellas y ellos- de manera cruel y despiadada?
De ninguna manera hay justificación para agredir a un ser indefenso. Las barbaridades que estamos conociendo en una sociedad que se considera muy avanzada en tecnología, pero destruida en su moral.
Una sociedad que tolera que se maltrate a los niños, está condenada a destruirse, porque los niños están aquí y se les está destruyendo su futuro. La violencia que se vive en muchos hogares no pertenece solo a esos hogares, sino a la sociedad misma que debe alzar su voz para evitar que se sigan violentando los derechos de los niños.
La pequeña Victoria, de solo tres añitos, sufrió maltrato en diversas ocasiones. Es un caso más de tantos que se conocen y no se denuncian Su muerte, causada por golpes brutales, con la participación de adultos, es inaceptable. La madre, el padrastro o quien haya participado, deben ser castigados con todo rigor. Sin contemplaciones, porque no merecen tolerancia.
Por otra parte ¿Qué ejemplo están dando algunos políticos al abusar de la confianza de los padres o la necesidad económica de una familia? Individuos asquerosos que deberían ser recluidos en la cárcel de por vida. Dañar la integridad de niños o jóvenes para satisfacer sus bajos instintos es imperdonable.
Vidas destruidas por individuos que carecen de nobles sentimientos. Es lamentable que existan estos individuos y aún peor que se atrevan a pretender representar a los ciudadanos en un cargo de elección popular.
Los niños merecen ser cuidados y ofrecerles una vida lo menos cruel posible. Aunque la pobreza en que viven es ya un acto de crueldad, al menos hay que ofrecerles la oportunidad de vivir su infancia lo más feliz que sea posible o lo menos dura que se pueda, dependiendo como se mire.
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