Por: Horacio Marchand
Se define cuando una entidad -persona, relación, organización o país- no cambia con los retos y demandas del entorno, desaprovecha las oportunidades de actualización y vigencia, y cae como resultante en el único camino que le queda: empeorar y navegar hacia la entropía y su disolución.
En “ranchero”: si no mejora una entidad después de “x” tiempo, empieza a empeorar, aceleradamente, hasta su autodestrucción.
Me permito acuñar el término de inflexión entrópica (Inflexión: cambio de trayectoria, y entropía: dispersión y desmoronamiento), basado en mi experiencia como consultor de empresas y personas.
Considero que el reto principal que parecemos enfrentar, quizás el tema central de la vida, tanto en el ámbito personal como en el de negocios, es la disyuntiva de: si seguimos haciendo lo que siempre hemos hecho y siendo lo que siempre hemos sido; o si cambiamos para hacer algo nuevo y reinventarnos. En síntesis: si nos repetimos, nos ensimismamos y estancamos; o si cambiamos, nos adaptamos y evolucionamos.
La lógica es clara: si yo sigo siendo el mismo, proceso información igual y mi conducta automática me sigue manejando, entonces no podré sobrevivir en un entorno que cambia todo el tiempo y demanda adaptación constante.
Si todo cambia y yo permanezco estático, me estoy expulsando y haciendo obsoleto a mí mismo de todos los ecosistemas con los que interactúo: mi propio sistema, el relacional, el social, el empresarial o laboral.
En las empresas, lo veo con frecuencia: aunque la empresa lo diga, lo anuncie, le invierta y lo presuma, la resistencia al cambio es tremenda. Se decide un rumbo estratégico y no pasa nada. Se toma una decisión y poco impacta. Se dicta una solución que, obviamente, genera problemas nuevos, se asustan, y entonces se retractan. Es como si la organización tuviese vida propia y gestionara a los directivos y no al revés.
Y no, no es un tema solamente racional ni de presentar datos duros o resultados de investigación de mercados o de inteligencia de negocios. El reto es emocional, de patrones, tanto conductuales como para percibir, analizar, sintetizar y procesar la toma de decisiones y, finalmente, ejecutar.
El punto: ¿si el negocio va a la baja, por qué no se accionan iniciativas de cambio de rumbo? ¿Por qué se envuelven las empresas en un proceso de coma largo donde parece ausente la gestión directiva?
Los ejemplos son múltiples. Algunos del momento que siguen en la pelea y rotando CEO, son Lululemon, Nike, Novo Nordisk, Starbucks y Disney. Los clásicos que perecieron: Blockbuster, Kodak, Polaroid, y seguramente conoces negocios quebrados que pasaron años, o décadas, en muerte lenta hasta su desaparición.
Es un reto parecido al de sicólogos, siquiatras y coaches: ven el problema ajeno y la solución; el reto es cómo, de manera oblicua o directa, sutil o enfática, logran que su paciente/cliente lo vea y cambie.
En cualquier caso, el proceso de cambio en cualquier entidad se origina en el individuo y desde ahí se despliega o no el cambio verdadero.
Algunas de las razones del no-cambio: la amenaza a la identidad; el miedo a perder posiciones políticas; el alejarse de lo familiar; el perder las ganancias secundarias de los beneficios expresos o tácitos, conscientes e inconscientes, de la situación actual; así como la inocencia para no ver que los cambios generan por sí mismos problemas nuevos.
A lo anterior, se le suman varias falacias de pensamiento: disonancia cognitiva (no poder manejar ideas contrarias a la posición original), sesgo de confirmación (veo lo que me refuerza, no lo que me contradice).
El cambio real es incómodo y conlleva vencer miedos y obstáculos nuevos. Implica un cambio de conciencia y se necesita valor, determinación, flexibilidad y correr riesgos.
Por todo lo anterior, el cambio y la renovación demandan humildad, madurez emocional y salud mental. Esto es más importante que un curso en Harvard, creo yo.
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