Por: Roberto Gómez Junco
No fue el día de quienes podrían hacer mucho más grande el pastel del futbol mexicano, pero no lo hacen porque no quieren dejar de ser quienes repartan las rebanadas
El 28 de diciembre no fue el día de los dirigentes del futbol mexicano.
No fue el día de los dueños del balón, de los hombres de pantalón largo, de esa oligarquía que suele hacer y deshacer a su antojo en el contaminado y azaroso balompié profesional de estos lares.
No fue el día de los principales responsables del estancamiento de nuestro futbol, con visos de retroceso. De los improvisados dirigentes que en sus mesas y oficinas no están sujetos a esa “selección natural”, a esa “supervivencia de los más aptos” a las que sí deben atenerse los futbolistas en la cancha.
No fue el día de quienes siguen sin entender que en el futbol el mejor negocio posible radica en la formación y desarrollo de jugadores. Ni de quienes en la Liga MX han reducido las plazas disponibles para futbolistas mexicanos promoviendo la proliferación de extranjeros y naturalizados.
No se festejó a quienes hace unos años, con el pretexto de la pandemia, sin empacho alguno desaparecieron el mecanismo del ascenso y el descenso, elemental en cualquier competencia que se precie de serlo.
No fue el día de quienes tantas bolas se hacen con la calendarización de los torneos, de quienes saturan de partidos a los futbolistas en el insaciable afán de sacar más lana.
No fue el día de los que mantienen intocable un sistema de competencia que promueve la mediocridad e inhibe la búsqueda de la excelencia, al concederles a 10 equipos seguir peleando por el título después de 17 largas jornadas, aunque después de ellas estén algunos abajo de la media tabla.
No fue el día de quienes una y otra vez anteponen la mira económica del corto plazo a la verdadera visión de un futuro en el que su negocio sería más boyante si el producto ofrecido fuera de mayor calidad, como debería y podría serlo.
No se festejó a quienes solapan la multipropiedad, a quienes permiten tan flagrante inequidad, con los conflictos de intereses que inevitablemente se generan. Y mucho menos a quienes promueven dicha malhadada multipropiedad, a quienes la ejercen con total desparpajo.
No fue el día de tantos dirigentes a los que tan grandes les quedaron la capacidad, los proyectos y las buenas intenciones de Juan Carlos Rodríguez al tratar de enderezar el rumbo de una FMF a la deriva.
No fue el día de quienes podrían hacer mucho más grande el pastel del futbol mexicano, pero no lo hacen porque no quieren dejar de ser quienes repartan las rebanadas.
No fue, para nada, el día de los dueños del balón, de los dirigentes y mandamases de nuestro futbol.
Porque podrán ser algunos de ellos ventajosos, convenencieros, sibilinos, cantinflescos, a veces soberbios y no muy conocedores de la materia futbolera. Podrán ser maquiavélicos, medio truculentos, acomodaticios, centaveros, prepotentes o avorazados.
Pero inocentes no.
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