Vida
Publicado el martes, 28 de abril del 2026 a las 14:29
Ciudad de México.— En el corazón de Pripyat, a apenas tres kilómetros de la central nuclear de Central Nuclear de Chernóbil, se encuentra uno de los escenarios más sobrecogedores del desastre ocurrido el 26 de abril de 1986: su parque de diversiones abandonado. Concebido como un espacio de recreación para una ciudad joven y en crecimiento, hoy es una postal congelada de la tragedia.
El parque, cuya inauguración estaba prevista para el 1 de mayo de 1986 —en el marco del Día Internacional del Trabajador—, nunca llegó a cumplir su propósito. La explosión del reactor 4 cambió todos los planes. Las góndolas de la emblemática rueda de la fortuna, pintadas de un amarillo que resiste al paso del tiempo, jamás llevaron pasajeros; los autos chocadores quedaron intactos, dispersos en la pista; la calesita nunca giró y el barco mecánico jamás se balanceó. La felicidad prometida simplemente no ocurrió.

Existen versiones que señalan que el parque abrió brevemente el 27 de abril, un día después del accidente, en un intento de las autoridades por contener la incertidumbre social mientras comenzaban las primeras evacuaciones. Sin embargo, de haber ocurrido, ese funcionamiento fue efímero. Nadie volvió a apretar un botón.
La evacuación de Pripyat, presentada inicialmente como temporal, ocurrió 36 horas después del accidente. En pocas horas, cerca de 49 mil personas abandonaron la ciudad con lo indispensable, sin saber que no regresarían. Los niños que esperaban subirse a los juegos hoy superan los 50 años.

Con el paso del tiempo, el parque se convirtió en uno de los símbolos más potentes del desastre. La rueda de la fortuna, visible por encima de los árboles y contrastando con los edificios grises de la ciudad, es hoy una de las imágenes más icónicas de la llamada Zona de Exclusión. En el predio, visitantes y fotógrafos dejan peluches y juguetes, quizá como un gesto para humanizar un lugar marcado por la ausencia.
Tras el accidente, los llamados “liquidadores” utilizaron el área para tareas de limpieza e incluso como zona de aterrizaje de helicópteros. Décadas después, el sitio fue habilitado para visitas organizadas. Algunos turistas, atraídos por el morbo o la búsqueda de una experiencia emocional, incluso se suben a las estructuras para obtener fotografías, aunque ningún juego mecánico volverá a funcionar.

Pripyat, fundada en 1970 como una ciudad modelo soviética para albergar a los trabajadores de la planta nuclear y sus familias, representaba el ideal de progreso: moderna, joven y planificada. Con una población de más de 40 mil habitantes y una edad promedio de 30 años, era una vitrina del futuro prometido por la Unión Soviética.
Todo ese equilibrio colapsó con la explosión. Desde entonces, la ciudad permanece suspendida en el tiempo, con edificios vacíos, estructuras corroídas y un silencio que pesa. Sin embargo, la vida encontró nuevas formas: perros salvajes, lobos y jabalíes han recolonizado el territorio, transformándolo en un ecosistema inesperado.
El parque de diversiones de Pripyat, inmóvil y oxidado, sigue en pie como recordatorio de una promesa interrumpida: la de una felicidad que nunca llegó.
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