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‘Jalisco’ en el Potomac: el costo del arrebato y la cruel incertidumbre alimentaria

Por JC Mena Suárez

Hace 1 semana

El estancamiento de las negociaciones entre EU e Irán no es un hecho aislado, es el síntoma de un hegemon que, al estilo del folclor mexicano, “cuando pierde, arrebata”, trasladando el costo de su resistencia geopolítica a las cadenas de suministro de insumos básicos como el trigo y los fertilizantes.

Mientras los cancilleres en Viena y Washington intercambian notas diplomáticas estériles sobre el programa nuclear iraní y la arquitectura de sanciones en este convulso abril de 2026, los mercados de “commodities” han comenzado a entonar una melodía de sobra conocida en la frontera mexicana. El fracaso de un arreglo entre Estados Unidos e Irán ha dejado de ser un asunto de seguridad nacional para convertirse en un fenómeno de geoeconomía aplicada. Estamos ante una realidad donde imperan dos ritmos: la “cruel incertidumbre” que congela las decisiones de inversión y la lógica de “Jalisco nunca pierde”, esa máxima de la política exterior estadunidense que, al no reconocer el desgaste de su hegemonía, opta por “arrebatar” condiciones que distorsionan el libre mercado.

La tesis central es preocupante: el proteccionismo defensivo de Washington, utilizado como moneda de cambio ante su incapacidad de cerrar frentes diplomáticos, está fracturando la integración de la cadena de suministro (el proceso colaborativo que permite que un producto llegue desde la materia prima hasta el consumidor final de forma eficiente). Cuando Estados Unidos no obtiene la victoria política esperada, impone condiciones técnicas y arancelarias que actúan como un torniquete para sus socios comerciales.

El caso del trigo es emblemático. En México, y particularmente en el norte, la industria molinera depende del trigo Manitoba canadiense. Este grano, de alto contenido proteico, es esencial para compensar los trigos “débiles” producidos localmente. Sin embargo, las fricciones en los transportes transfronterizos y la volatilidad en el costo de los fertilizantes -derivada de la inestabilidad energética que genera el conflicto con Irán- han convertido este insumo en un lujo logístico. No es sólo un tema de pan, es un golpe al valor agregado de la industria alimentaria, que ve cómo sus márgenes se evaporan ante costos de importación que ya no responden a la oferta y la demanda, sino al humor político del Capitolio.

En Coahuila y la Región Sureste, este escenario se traduce en una presión directa sobre el Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC). Como polo manufacturero, la región es extremadamente sensible al costo del transporte. Si el diésel y los fertilizantes suben debido a la incertidumbre petrolera, el impacto en el PIB estatal es inmediato. La “brecha de productividad” (la diferencia entre lo que producimos y lo que podríamos producir con recursos óptimos) se ensancha cuando el empresario coahuilense debe dedicar más tiempo a gestionar crisis de insumos que a innovar en sus procesos.

¿Cuándo pasará todo esto? La respuesta es amarga: no habrá alivio mientras la política exterior de la principal economía del mundo siga prefiriendo el “arrebato” a la diplomacia de resultados. Para el próximo trimestre, la prospectiva sugiere una volatilidad persistente en los precios de los alimentos y una cautela extrema en el sector logístico de Ramos Arizpe y Saltillo. Es imperativo que México fortalezca su soberanía en insumos estratégicos; de lo contrario, seguiremos siendo los espectadores que pagan la cuenta de una fiesta a la que no fuimos invitados, mientras la incertidumbre, cruel y rítmica, sigue marcando el paso de nuestra economía.

 

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