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Agencias
Publicado el sábado, 9 de mayo del 2026 a las 09:29
España.-Hoy en día, un vídeo que no capta la atención en los primeros tres segundos está destinado al fracaso porque, según afirman los expertos en neuromárketing, después de ese ‘lapso’ los usuarios pierden el interés y pasan al siguiente contenido.
Esto puede iniciar, a su vez, una dinámica de ‘scroll’ infinito en el que algunas personas pueden pasar horas y horas consumiendo vídeos cortos en plataformas como TikTok, Instagram, Youtube o Facebook en una búsqueda constante de microdosis de dopamina.
Los científicos afirman que esta “adicción”, que activa los mismos mecanismos cerebrales que la ludopatía, puede desencadenar problemas cognitivos como, por ejemplo, el deterioro de nuestra capacidad de atención y hasta atrofiar nuestra memoria.
El fenómeno preocupa, sobre todo, en el caso de los más jóvenes ya que sus mentes, aún no del todo formadas, están cada vez más expuestas a estos entornos digitales.
Desde el año 2020 hasta ahora, coincidiendo con el ‘boom’ de redes sociales como Tiktok, se han publicado más de 500.000 estudios científicos analizando la “adicción” a los vídeos cortos y las dinámicas de ‘scroll’ infinito.
Uno de los trabajos más exhaustivos publicados hasta la fecha, en el que se resumen las conclusiones de una veintena de análisis de todo el mundo, afirma que el consumo compulsivo y frecuente de estos contenidos está asociado con “alteraciones de la atención, disminución de la función ejecutiva y desregulación emocional” en los usuarios.
El trabajo, liderado por la Universidad de Coventry, también informa de que las personas que consumen de forma constante estos vídeos reportan “un aumento de la ansiedad”, “un uso compulsivo” de estas herramientas y, lo más preocupante, un “problema de autocontrol” al sentir que una vez entrado en el bucle es cada vez más complicado “desengancharse” de la pantalla.
Según explica el neurocientífico David Bueno, de la Universitat de Barcelona (UB), este tipo de contenidos generados “para ser consumidos de forma rápida e impulsiva” provocan un estímulo tan alto y constante en nuestro cerebro que nos acaba empujando a una espiral de “hiperactivación fisiológica” de la que a veces es complicado salir.
En la práctica, los vídeos actúan como estímulos que producen pequeñas dosis de placer mediante la liberación de dopamina asociada, por ejemplo, a ver un vídeo de humor o un contenido impactante.
El hecho de que las plataformas están diseñadas para mostrar un vídeo tras otro sin pausa, además, crea un “ciclo de expectación infinito” según el cual los usuarios se ven tentados a seguir navegando por la red en busca de más dopamina. Un análisis del Instituto ICNS explica que “esta dinámica genera una reconfiguración de las neuronas que se entrenan para responder impulsivamente a estímulos a corto plazo”. Y de ahí que estos vídeos se conviertan en algo tan adictivo.
Sobre esta cuestión también se posiciona el neurocientífico Rodrigo Quian Quiroga, profesor ICREA en el Hospital del Mar Research Institute, quien comenta: “Si una persona se acostumbra a consumir solo vídeos rápidos y no es capaz de mantener la atención durante más de 20 segundos, ¿cómo vamos a pedirle que después lean un libro de Dostoyevski o que se enfoque en un contenido más complejo? Estos vídeos son un peligro para nuestra mente”.
La ‘moda’ de los vídeos cortos no es casual. Hace años que los expertos, incluso desde la propia industria tecnológica, denuncian que las redes sociales están creando diseños específicamente pensados para “producir adicción” y conseguir que los usuarios pasen el mayor tiempo posible conectados.
El ingeniero Tristan Harris, quien renunció tras años trabajando en Google acabó renunciando por “cuestiones éticas”, denuncia que las redes sociales se están diseñando cada vez más para “manipular la mente humana” con el fin de convertir nuestra atención y nuestro tiempo en producto frente a los anunciantes.
Este argumento ha acabado trascendiendo a los tribunales después de que una joven de Los Ángeles demandara a Meta y Google por “diseñar intencionalmente plataformas de redes sociales adictivas” y “perjudiciales para la salud mental”.
Tras cinco semanas de deliberaciones sobre el caso, el juez dictó una sentencia histórica por la cual condenó a ambas plataformas a más de seis millones de dólares de multa por, efectivamente, crear adicción.
El impacto de este fenómeno preocupa por su universalidad y porque, hoy en día, cualquiera que tenga acceso a un móvil puede caer en este tipo de “adicciones” digitales. Pero según relatan los expertos, lo que más preocupa es cómo esto puede afectar a mentes en formación como es el caso de niños, adolescentes y jóvenes en edad escolar.
Un estudio publicado en la revista ‘Psychological Bulletin’ afirma que estos vídeos afectan a variables cognitivas como la atención, el control inhibitorio, el lenguaje y la memoria.
También se observa que la “sobreestimulación” generada por estos contenidos puede aumentar el estrés, la ansiedad, la depresión, la soledad, el bienestar y hasta la calidad del sueño.
Y todo esto, según añade un análisis de la Chinese Academy of Sciences, puede acabar perjudicando al proceso de aprendizaje y dando lugar a peores notas.
Más allá de los elementos tecnológicos, también son muchas las voces que apuntan a la importancia de entender los condicionantes sociales detrás de este fenómeno.
El sociólogo Pablo Gracia, de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), afirma a que el impacto de las tecnologías en la salud cerebral es algo “complejo” ya que intervienen factores como, por ejemplo, el entorno social de la persona, su situación vital, las actividades ‘offline’ que lo rodean, su grado de “madurez digital” y su propia personalidad.
“El consumo de vídeos no es de por sí perjudicial. El problema es cuando los condicionantes sociales hacen que esta dinámica se convierta en algo adictivo. Es ahí donde debemos preguntarnos cuáles son las causas sociales que están llevando a una persona a pasar tantísimo tiempo con el móvil”, comenta el especialista, quien aboga por “educar a los usuarios”, tanto niños como adultos, en un uso responsable de estas plataformas por el bien de su propia salud física, mental y cerebral.
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