Vida
Publicado el jueves, 28 de agosto del 2025 a las 17:26
Coahuila.– Mientras organizaciones no gubernamentales como Save the Children, UNFPA y Unicef refuerzan su labor en la defensa de los derechos de la niñez y la adolescencia en Perú, un análisis revela que en la sociedad persisten dudas sobre las edades que definen estas etapas de la vida.
Esta confusión impacta directamente en la implementación de políticas públicas y la educación, subrayando la necesidad de una comprensión más clara del desarrollo juvenil.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) ofrece una guía precisa para entender este periodo, definiendo la adolescencia como la transición entre la niñez y la adultez, abarcando de los 10 a los 19 años.
La OMS divide esta etapa en dos fases distintas, cada una con características únicas: la adolescencia temprana (10 a 14 años) y la adolescencia tardía (15 a 19 años).

La adolescencia temprana se caracteriza por la aceleración de los cambios físicos, marcados por el inicio de la pubertad.
Este proceso biológico, que comienza entre los 8 y 14 años, desencadena el crecimiento de huesos y músculos, la aparición de vello corporal y cambios hormonales que afectan la voz y la piel.
En el plano emocional, los jóvenes en esta fase comienzan a forjar su propia identidad, aunque aún dependen en gran medida del núcleo familiar. Las emociones se intensifican, volviéndose más variables, lo que puede influir en su comportamiento y relaciones.
A la par, se despierta la curiosidad y el deseo de autonomía, aunque con un criterio aún en desarrollo.
A nivel educativo, es crucial para fortalecer hábitos de aprendizaje y responsabilidad, pero también es una etapa vulnerable a inseguridades por la autoimagen y la presión social.

Entre los 15 y 19 años, la adolescencia tardía representa el tramo final de la transición hacia la adultez. Los cambios físicos continúan, pero a un ritmo más lento, mientras se consolida la madurez emocional.
Los adolescentes tardíos adquieren mayor independencia en la toma de decisiones, establecen relaciones más profundas con sus pares y comienzan a definir sus objetivos académicos y profesionales.
En esta fase, el pensamiento crítico y la capacidad de reflexión se agudizan, permitiéndoles comprender las consecuencias de sus acciones y forjar una visión más realista del mundo.
Sin embargo, también enfrentan mayores presiones sociales y expectativas sobre su futuro, especialmente al iniciar su vida laboral o académica superior.

El proceso de la adolescencia, con sus intensos cambios emocionales y sexuales, requiere un diálogo abierto y respetuoso entre padres e hijos. Los expertos recomiendan a los padres crear un ambiente de confianza donde los adolescentes puedan expresar sus dudas sin temor a ser juzgados.
La comunicación empática es fundamental para informar sobre los aspectos físicos, emocionales y sociales de la adolescencia.
Los padres deben escuchar activamente, ofrecer apoyo y guiar con comprensión, evitando apresurarse a dar respuestas o imponer soluciones.
El rol de la familia es crucial para fomentar la autoestima y ayudar a los jóvenes a construir una identidad equilibrada en esta etapa de transformación.
Con información de INFOBAE
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