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La calle de Libertad

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 5 años

Fueron españoles y portugueses quienes iniciaron la traza de calles y casas en el barrio del Ojo de Agua, cuna de la ciudad, al comenzar a edificarse Saltillo, capital del estado de Coahuila de Zaragoza. Sus habitantes tenían ciertas características y costumbres de los europeos.

Una de esas calles es Libertad, continuación hacia el sur de la antigua segunda calle Real, ahora General Victoriano Cepeda, y recuerdo que la arteria era de terracería y mostraba montículos pequeños de piedras y algunos barrancos bajos, ni para cuándo soñar con la pavimentación. Las últimas viviendas habitadas no llegaban siquiera a la calle Pedro Aranda.

El recorrido de mi memoria comienza allí, donde cada segundo domingo del mes de septiembre de hace muchos años, tiene lugar la fiesta en honor del Santísimo Cristo del Ojo de Agua.

Los vecinos de la calle Libertad colgaban cordones de ixtle con papel de china de colores (ahora estos adornos son de plástico) de lado a lado de la calle. Doña Rafaela, como muchos vecinos, sacaba a la puerta de su casa una enorme vaporera para vender riquísimos tamales de puerco, de azúcar y de pollo, a 1.50 pesos la docena y el chocolate champurrado, a 50 centavos.

Los vecinos
Al lado de doña Rafaela vivía doña Jesusita Rendón, activista católica de la parroquia del Ojo de Agua.
Hacia el sur de la calle estaba ubicada la iglesia protestante Getsemaní, Vista con curiosidad por los chiquillos católicos del barrio. Los servicios religiosos se celebraban a la hora de que en la iglesia del Ojo de Agua tenía lugar la misa. Solíamos escupir frente a sus puertas. ¡Cosas de chiquillos!

Por la calle Libertad estaba también la casa de don Cristóbal Barrón, enigmático individuo, de quien todo mundo hablaba pero pocos conocíamos. Muy cerca los Nájera, propietarios del novedoso expendio de hielo y del producto mismo, para enfriar las cocas, así le decíamos en el barrio a cualquiera de las marcas de refrescos que en ese lugar se vendían por cajas porque era un depósito para la venta al mayoreo.

Los sábados por la tarde y todo el domingo sacaban a la puerta del “expendio” una bocina de trompeta de aquellas Radson y llenaban la calle con música de la época y anuncios comerciales de la Coca y la Fanta, entre otros refrescos, y los anuncios los leían las muchachas de la familia Nájera, cual incipientes locutoras.

Vivía en esta calle doña Lupe Franco, madre del estimado Salvatore, luchador y réferi saltillense y sus hermanos  que al igual que él dedicaron buena parte de su vida a la tablajería.

En Primo de Verdad y Libertad estaba la carnicería de don Evaristo Córdova, con  signos de modernidad: una báscula Baro y una vitrina refrigeradora y  el papel encerado, para envolver la carne.

Abrió don Evaristo una tienda de abarrotes sufridísima, con entrada por Primo de Verdad. Por muchos años no tuvo competencia, pues las tiendas más cercana, era Abarrotes Villa, de Hidalgo y Primo de Verdad, la de don Catarino Palomo.

A veces los niños y los adultos íbamos a la Capilla-Gruta de Lourdes, a las misas oficiadas por el padre Santiago Van Brakell –de origen alemán–, o el padre Mariano García –de nacionalidad argentina–. Ambos pertenecientes a la planta docente del Colegio México.

Había la vecindad de don Marcos Gaytán, que tenía un enorme lote baldío que la gente usaba como tiradero de basura. Una vez se estaba quemando un montón de desperdicios. Daniel Avilés, que pertenecía al cuerpo de Bomberos de la Harvester, al enterarse, se vistió “ipso facto!” con su atuendo de bombero y corrió, el solo, como todo un héroe, a “sofocar” el incendio. Daniel vivía en la calle Libertad 356.

Era muy común que grandes y chicos degustáramos de los tamalitos de doña Rafaela y una vuelta en los “caballitos” o en la “ola”, el “tiro al blanco” de la modesta Compañía de Espectáculos de don Chano o las tunas y las manzanas que se vendían por toda la calle Libertad. En la fiesta pagano religiosa participaba entre los grupos de matachines que venían de todas partes,  el  “Pancho la Gallina”, de gratísima memoria.

Y va de cuento

¡Cualquier parecido con la realidad, es mera coincidencia!

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