Un tramito de General Cepeda, entre Práxedes de la Peña y Félix U. Gómez, tiene su historia, pues es considerada una de las dos calles reales en la colonización, en la parte española y muy castiza en que se dividía la ciudad, a partir de la calle Allende, en el lado poniente el pueblo o villa San Esteban de la Nueva Tlaxcala, habitada por aborígenes traídos por Urdiñola para domeñar a los barbaros que eran dueños de este territorio.
En la era moderna, en la que me tocó vivir, en la calle General Cepeda, guarda también leyenda, partiendo del hecho registrado en los anales y en el anecdotario, el de Mónico Martínez, aquel botones (mozo) del Hotel Arizpe, siempre pulcro, siempre temeroso, pues decía que lo perseguían las brujas y, una noche, fue extraído de su domicilio, exactamente donde está el restaurant del licenciado Carral, literalmente volando por las brujas que lo depositaron en un estanque a cuadra y media hacía el norte de ese lugar. Fue localizado muerto por las autoridades municipales. Cuenta la leyenda que una de sus hermanas se quedó con un zapato, cuando intentó detener a Mónico, que volaba a baja distancia.
¿Verdad o ficción?
Conozco la historia de casi la mayoría de mis vecinos de esa cuadra, incluyendo a las hermanas García, promotoras de la construcción de la Iglesia del Ojo de Agua y custodias de la imagen del Cristo de esa capilla, mandado construir a Roma, en el tiempo de la guerra cristera, movimiento muy violento y castigado, que perseguía a los sacerdotes y creyentes católicos, entre 1926 y 1929, conflicto civil armado entre el Gobierno de Plutarco Elías Calles y milicias católicas (“cristeros”), motivado por leyes anticlericales que limitaban el culto (Ley Calles) y la Constitución de 1917, que dejó unos 250 mil muertos antes de finalizar mediante acuerdos de paz.
El Santo Cristo del Ojo de Agua fue traído de Roma en barco a Veracruz, y de ahí en tren a Saltillo. Con mucha cautela fue llevado al domicilio de las señoritas García, al norte de la casa de Mónico. Ahí permaneció varios años y sólo era expuesto en la fiesta patronal el segundo domingo de septiembre y regresaba a su nicho, hasta que en 1950 decidieron dejarlo definitivamente en la iglesia.
Había de todo en la cuadrita entre Práxedes de la Peña y Félix U. Gómez: unas carismáticas hermanas, que tenía como padre a un auténtico macho, a quien tenían temor. Otras vecinas eran las hermanas Galindo, con su huerta, frente a la casa de Mónico, donde, según la leyenda, se juntaba las brujas. En la acera de enfrente un chalet hermoso, con paredes de ladrillo color rojo, habitado por la familia de Raymundo Gallart, hijo de catalanes y su esposa “Popa”; eran los ricos de la barriada.
Más hacia el sur medraba la pobreza, con casas modestas de adobe y piso de terracería; en una de ellas habitaba una hermosa mujer a quienes los vecinos le decían María Félix, como la artista sonorense del cine nacional. Don Samuel Dávila, “El Relojero”. Armando Luna, “El Impresor”. Pablo Gámez, “El Pirata”, cantante y albañil. Enseguida mis abuelos, José Santos Gaytán y María Dolores Villanueva, luego don Daniel Flores, el zapatero remendón, primo de Fermín Espinoza Flores, el famoso torero apodado “Armillita”, en seguida doña María, la vendedora de tortillas de maíz y en una casa contigua la familia Valenzuela. Al finalizar la calle, el salón Corea, nido de maleantes y borrachitos. Enfrente la residencia de doña María Flores y don José Saucedo. En una casa contigua vivía una señora a quien decían “La Güera”. El lado poniente era parte de la huerta de Jacinta de Anda, que ocupaba casi una cuadra.
El tramito de calle era nuestro patio nocturno de recreo. No había automóviles, ni nadie que nos perturbara. Los Gallart y los Galindo no se juntaban con la chusma, ¡¡¡chusma, chusma!!!
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