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Coahuila

La ciudad que nos creó

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 3 años

Guarda historia y belleza arquitectónica

Cada lugar de la tierra posee rasgos y peculiaridades que lo enmarcan, que lo definen en lo material y en lo humano e histórico, en el conjunto  de cualidades que configuran la personalidad de sus habitantes, su historia, sus calles, sus edificios y todo aquello que encarna, que representa y explica alguna relación o semejanza que hay entre ellos.

En la antigüedad, la palabra “ciudad” describe un centro urbano densamente poblado y un patrón específico de edificios que se expanden hacia fuera a partir de un complejo religioso central, como un templo (aunque esto también se podía aplicar igualmente a “villa” o “asentamiento”). La palabra “ciudad” deriva del latín civitas. En Italia hay una ciudad portuaria denominada Civitaveccia, su desarrollo urbano se adelanta a Roma por muchos siglos.

La definición desde principio de la creación identifica a las ciudades como grandes asentamientos densamente poblados con una “heterogeneidad social”, que se definen como grandes comunidades de personas que han decidido vivir juntas por un propósito común bajo unas leyes respetadas por todos, según los describe el profesor George Modelski, de la Universidad de Washington, en una definición basada en la obra del historiador Tertius Chandler en su libro Four Thousand Years of Urban Growth (Cuatro Mil Años de Antigüedad).

Saltillo, sin ser una Civitaveccia, más bien una ciudad media como muchas otras de América, encierra su historia en las edificaciones, rincones, detalles y su gente que hemos transformado en símbolos y que todos sentimos parte de nuestro carácter humano, sus edificios, calles, ventanas y puertas. Para redescubrirla basta caminar por el Centro Histórico como buen observador y valorar lo que  tenemos, pues muy a nuestro pesar son los turistas los que más captan en sus cámaras o celulares y se interesan por nuestro pasado.

Como buenos saltillenses cerramos los ojos y echamos a volar la imaginación para recrearnos con imágenes reales como la Catedral de Santiago, su Santo Cristo de la Capilla, el Palacio de Gobierno, la Casa de Santos Rojo, el Casino, el antiguo hotel Universal, donde ahora hay instalaciones de la Universidad Autónoma de Coahuila, la majestuosa calle Bravo, con hermosas residencias antañonas en su tramo de Escobedo a de la Fuente,  el Ateneo Fuente, La Favorita, fábrica de sarapes; los vestigios de la antigua estación del ferrocarril por la calle Coss.

Casas como las  de los Purcell en Hidalgo o la que se localiza en Allende y Lerdo de Tejada, Hidalgo y de la Fuente,  o en Ramos Arizpe y Allende, el conjunto colonial de la calle de Juárez, la Plaza de Armas ene de veces modificada, pero que todavía guarda rescoldos del pasado; la Alameda Zaragoza, con su lago República; las ruinas del templo del Landín, ya fuera de la mancha urbana original.

Los barrios el Ojo de Agua y el Águila de Oro, cada uno con su trayectoria histórica; las fachadas de antiguos edificios como el que resguardó a la legendaria e inolvidable Academia Coahuila, de don Ángel Rodríguez; la Benemérita Normal del Estado, la Biblioteca Pública en la propia Alameda, o el frontispicio del Instituto Tecnológico de Saltillo, el recinto de Juárez, el Teatro García Carrillo, el cerro del pueblo, tan tlaxcalteca como nuestro.

Los detalles sobresalen como los portones y balcones, los arabescos que engalanan los enrejalados de algunas ventanas, los caprichosos aleros que ostentan las portadas de señoriales casonas.

Estos y otros símbolos son parte fundamental de nuestra identidad y ante ellos se detiene el tiempo al deambular por sus calles para ser testigos de su inmovilidad e intemporalidad.

Si es cierto, una imagen fotográfica dice más que “mil palabras”, pero la retina humana y el cerebro conservan las imágenes para redescubrir las más íntimas y permanentes bellezas del Saltillo de Alberto do Canto y de Francisco de Urdiñola.

La ciudad debe entenderse como un fenómeno vivo y permanente, íntimamente ligado a la cultura con la que comparte la característica de la complejidad, lo que invita a su conservación desde múltiples puntos de vista. Se han ocupado de ella la historia, la filosofía, la geografía, psicología, el arte, la arquitectura, la sociología, la política, la literatura, la antropología y el derecho, entre otras disciplinas.

 

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