Coahuila
Hace 3 años
Ni es “la madre de todas las batallas”, ni “el 2024 pasa por Coahuila”, ni es “una fiesta democrática”. Todos esos lugares comunes que se mencionan a propósito del proceso electoral rozan el tema por la tangente. Lo bordean por las orillas.
Elegir Gobernador en la jornada que hoy se celebra es mucho más fácil que eso, y se reduce a una dicotomía: avalar la imposición centralista votando por Morena, o comportarse como coahuilenses, a la altura de las circunstancias, rechazando el intento de regresión autoritaria que se pretende implantar desde la Ciudad de México en la entidad.
A nueve años de su irrupción, el Movimiento de Regeneración Nacional no se ha constituido propiamente como un partido. Fue llamado a gobernar, pero no es claro que sea capaz de gobernarse. Se trata de un emblema que, más allá de su lealtad al fundador, carece de señas de identidad, liderazgos eficaces y reglas claras. Su política es escenografía y centralización: concentrar todas las riendas del poder y cuidar la coreografía de los símbolos.
Morena es la coartada de su fundador. Una criatura suya hecha para él mismo. El politólogo Jesús Silva-Herzog Márquez lo describe a la perfección en su libro “La Casa de la Contradicción” (Taurus, 2020): “No hay un partido en el Gobierno que construya una nueva institucionalidad, que cultive una identidad fresca, que promueva participación, sino una organización dedicada a descifrar la infinita sabiduría del guía y a recitar su padrenuestro”.
Es capricho. Incoherencia. Desprecio al conocimiento y la experiencia. Lo que Roger Bartra ha definido como “el estilo irracional de gobernar”. Versión que confirma Carlos Urzúa, el primer secretario de Hacienda del Gobierno Federal actual, en su carta de renuncia: “En este gobierno se decide sin deliberación razonada, sin base en la evidencia, sin anticipar el impacto de las decisiones de política pública”.
Cito una vez más a Silva-Herzog: “Su proyecto no es la cimentación de un poder democrático, no es siquiera el efecto bienhechor de una política social. Su proyecto responde al narcicismo de quien se mira en el espejo como si admirara una leyenda: el hombre que se concibe como el cuarto padre de la patria”.
El problema, afirma el autor, es que “termina siendo muy mala política aquella que se queda en teatralidad, aquella que se entrega al espectáculo de las apariencias, la que, por contar cuentos, deja de hacer las cuentas”.
Esa es la trampa de Obradorismo. Y continúa: “Lo que ha representado es un ataque frontal a la arquitectura institucional de la República: demolición. Es difícil encontrar un espacio que se haya mantenido al margen de la embestida. Los órganos de la neutralidad, las cápsulas técnicas, los centros de investigación, los cuerpos regulatorios, no solamente reciben la agresión retórica del Presidente, sino el impacto de sus decisiones (…) El cuarto padre de la patria eligió la destrucción como su ceremonia inaugural. Por ello decidió cancelar el aeropuerto que era la obra más importante del Gobierno previo, para plantar su autoridad frente al pasado y mostrar su poder frente al país. La primera señal de su mandato fue un aviso: convertirá en polvo lo que se le dé la gana. Dirá que obedece al pueblo”.
Por ello es importante plantear a lo que nos enfrentamos hoy en la boleta: la destrucción. La visión más elemental de la política. Infantil. El poder más primitivo.
Cortita y al pie
El Obradorismo puede tener fuerza electoral, sin embargo es una nulidad intelectual. Define Silva-Herzog: “la Presidencia para Obrador es el púlpito más la chequera. Lo que el oficialismo llama la Cuarta Transformación es eso: una mezcla de sermones y transferencias”.
Todo está dicho y escrito. El día más importante de cada sexenio llegó: aquél donde los ciudadanos, por un instante, se convierten en agentes de decisión con un lápiz en la mano. Un simple aunque potente instrumento.
Por todo lo anterior la elección de Coahuila es la más fácil de la historia contemporánea: elegir destrucción, o impedirla.
La última y nos vamos
Los últimos días, a partir del cierre de campañas e inicio de la veda electoral, el Comité Directivo de Morena en Coahuila echó a andar una narrativa de victimización, difundiendo –con los altavoces dirigidos hacia la Ciudad de México, para quien quisiera oírles y seguirles el cuento desde allá– que hay un clima represivo en el estado, “intimidación”, “hostigamiento”, “amedrentamiento” y “persecución” contra sus militantes y simpatizantes.
El objetivo de la “estrategia” es sembrar la idea de asedio para justificar una inminente derrota después, antes que admitir su responsabilidad en el desastre y sometan su incompetencia como grupo de poder a valoración.
Lugo de fracasar la Reforma Electoral, su Plan B y el Plan C del abecedario, avanzaron rápidamente hasta el Plan V: victimizarse.
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