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La estupidez

Por Francisco Martín Moreno

Hace 1 mes

Hago un paréntesis político para adentrarme en un texto redactado por Dietrich Bonhoeffer, ahorcado por Adolf Hitler en 1945. (Fortress Press, 2010).

“La estupidez es una enemiga más peligrosa del bien que la malicia. El mal contiene el germen de su propia destrucción y puede ser combatido por medio de la fuerza, en tanto, frente a la estupidez estamos indefensos. Las protestas son inútiles en este caso. Las razones y los hechos caen en oídos sordos y se ignoran al ser irrelevantes. Los estúpidos están completamente satisfechos de sí mismos y al irritarse y atacar se vuelven sumamente peligrosos. Se requiere entonces de mayor precaución que con un malintencionado. Nunca jamás intentemos persuadir al estúpido con razones, porque es insensato y expuesto.

“Si queremos sacar lo mejor de la estupidez debemos comprender su naturaleza. Hay seres humanos que intelectualmente son ágiles, pero estúpidos, y otros que son intelectualmente aburridos, pero son todo menos estúpidos. La estupidez no es un defecto congénito, sino que, en determinadas circunstancias, las personas se vuelven estúpidas. Quienes viven en soledad manifiestan este defecto con menos frecuencia que los individuos o grupos de personas que conviven socialmente, por lo que podría entenderse que la estupidez es quizás menos un problema psicológico que sociológico. Nos encontramos frente a circunstancias históricas en los seres humanos, un concomitante psicológico de ciertas condiciones externas, en donde se evidencia que cada aumento de poder en la esfera pública, ya sea de naturaleza política o religiosa, infecta a una gran parte de la humanidad con la estupidez. El poder de uno necesita de la estupidez de la gente. No es que las capacidades humanas como el intelecto, se atrofien o fallen repentinamente, sino que bajo el impacto abrumador del poder creciente, los humanos se ven privados de su independencia interior y, más o menos conscientemente, renuncian a establecer una posición autónoma frente a las circunstancias emergentes. El hecho de que los estúpidos sean a menudo tercos no implica que sean independientes. Al conversar con un estúpido no hablamos con una persona, sino nos enfrentamos a consignas, eslóganes, mandatos y ordenanzas que se han apoderado de él. Está bajo un hechizo, cegado, maltratado y abusado en su propio ser. Habiéndose convertido así en una herramienta sin sentido, el estúpido también será capaz de cualquier mal y al mismo tiempo será incapaz de ver que es un malvado. Aquí es donde acecha el peligro de un mal uso diabólico, porque es esto lo que puede destruir de una vez por todas a los seres humanos.

“En este caso un acto de liberación, no una instrucción, puede vencer la estupidez. Es decir, una auténtica liberación interna sólo se vuelve posible cuando la liberación externa la ha precedido. Hasta entonces debemos abandonar todos los intentos de convencer al estúpido. En estas circunstancias nuestros intentos de saber lo que “la gente” piensa son en vano. La pregunta es intrascendente para la persona que piensa y actúa con inteligencia y responsabilidad.

“Pero estos pensamientos sobre la estupidez también ofrecen consuelo en el sentido de que nos prohíben por completo considerar estúpidos a la mayoría de las personas en cualquier circunstancia. Realmente dependerá de si los que están en el poder esperan más de la estupidez de la gente que de su propia independencia y sabiduría internas”.

Concluyamos entonces, querido lector: la estupidez es más peligrosa que la malicia, porque frente a la estupidez estamos indefensos. Esta no se combate por medio de la fuerza. Las razones caen en oídos sordos. La realidad es irrelevante e irrita peligrosamente al estúpido que la refuta cínicamente como si no hubiera existido. El aumento de poder en la esfera pública infecta con la estupidez a una gran parte de la humanidad. Los estúpidos no son independientes, porque viven atenazados a consignas y eslóganes que se han apoderado de ellos, lo que les impide ver que se han instalado ciegamente en la maldad.

Los poderosos esperan más de la estupidez de la gente que de su independencia y sabiduría internas.

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