Nacional
Por Federico Muller
Hace 5 meses
En el argot de la fotografía contemporánea suele repetirse una frase que resume su trascendencia como resguardo de la memoria individual y colectiva: “La fotografía es la lucha incesante del amor contra el olvido”. Su permanencia histórica ha sobrevivido a los cambios tecnológicos que, lejos de reemplazarla, han perfeccionado sus alcances como testimonio visual de la experiencia humana. Sin embargo, con la llegada de la Inteligencia Artificial (IA), la fotografía tradicional experimentó modificaciones que plantean nuevos desafíos sobre la veracidad y la memoria visual.
El presente artículo revisa, de manera general, tres periodos del México de los siglos 19 y principios del 20, captados por las lentes fotográficas. Estas imágenes constituyen valiosos testimonios de las condiciones sociales, económicas y culturales en las que vivía la población. La fotografía permite observar las profundas desigualdades en el ingreso familiar -presentes en la población desde la Colonia-, así como las expresiones cotidianas del mexicano en momentos de trabajo, celebración, duelo y supervivencia. Asimismo, las imágenes evidencian fenómenos relacionados con la dinámica económica y social de su tiempo: el acceso desigual a bienes y servicios, la influencia de la producción industrial en los costos de consumo y la relación existente entre precio, calidad y posibilidades de adquisición. Todos ellos, fenómenos estudiados por la teoría económica convencional. En este sentido, la fotografía trasciende su dimensión artística para convertirse en una fuente documental de gran valor.
La fotografía y su democratización
Los precios limitan el acceso de la población a bienes y servicios. La fotografía apareció públicamente por primera vez en Francia en 1839, gracias a las investigaciones del pintor y escenógrafo francés Louis Daguerre, quien logró fijar de manera permanente una imagen sobre una placa metálica pulida y tratada con compuestos fotosensibles, principalmente yoduro de plata. En honor a este procedimiento y a su inventor, las primeras imágenes fotográficas -de carácter artesanal- recibieron el nombre de daguerrotipos.
El reducido mercado que atendía la fotografía artesanal, debido a su alto costo de producción, motivó a diversos investigadores a modificar el proceso inicial. En 1854, el fotógrafo francés André-Adolphe-Eugène Disdéri patentó las llamadas tarjetas de visita (cartes de visite), pequeños retratos reproducidos en serie gracias al uso del negativo en vidrio y la técnica del colodión húmedo. Este procedimiento permitió estandarizar las imágenes y abaratar su costo, abriendo la fotografía al consumo masivo.
La producción seriada transformó la fotografía en un producto más accesible para sectores medios y populares, favoreciendo la expansión de los estudios fotográficos y la democratización de la memoria visual familiar y social durante la segunda mitad del siglo 19. La sorpresa fue tan grande entre el público europeo que se llegó a pensar que la fotografía reemplazaría al dibujo artístico y a la pintura en sus diversas técnicas. La transición de lo artesanal y elitista a lo masivo y popular hizo posible que la fotografía llegara incluso a los sectores demográficos más vulnerables del país, como las familias afincadas en el campo. En el ámbito académico, esta evolución confirmó un principio básico de la teoría económica: “La producción masiva de mercancías tiende a reducir sus precios”.
La fotografía en las casas de cita de la Ciudad de México
La época porfirista también puede estudiarse desde la óptica artística y documental de la fotografía. El conocido aforismo “Una imagen dice más que mil palabras”, adquiere especial relevancia cuando la imagen se acompaña de una adecuada interpretación del contexto socioeconómico que la produjo. En este sentido, la fotografía permite comprender cómo se construían los modelos de feminidad, la doble moral y los llamados “marcadores sociales” en los años previos al movimiento revolucionario de 1910.
Las propietarias o administradoras de los lupanares de mayor prestigio solían establecer acuerdos informales con fotógrafos itinerantes para que acudieran regularmente a los establecimientos y captaran escenas de interés tanto para la casa como para su clientela habitual. A través de la cámara se registraban ambientes, personajes y momentos cuidadosamente seleccionados, contribuyendo a la construcción visual de una determinada imagen del negocio y de las mujeres que trabajaban en él. Durante el día, muchos de estos fotógrafos continuaban ejerciendo su oficio en estudios fotográficos ubicados en el centro de la Ciudad de México, donde atendían a familias pertenecientes a los sectores acomodados: militares, hacendados, políticos y empresarios. Esta dualidad profesional revela las complejas relaciones sociales y morales características del porfiriato.
En algunas ocasiones, las muchachas de las casas de cita eran notificadas previamente de que participarían en sesiones fotográficas. Entonces aparecían ataviadas con sus mejores vestidos y joyas, posando en elegantes sillones afelpados o frente a escenografías refinadas. Las imágenes buscaban proyectar distinción, sensualidad y sofisticación, hasta el punto de dificultar la identificación de aquellas damas, y menos como seguidoras de la profesión, que ejerció -tiempo atrás- Rahab.
Fotografía en los funerales
En el México prerrevolucionario, los índices de mortalidad infantil eran considerablemente más elevados que los registrados en el siglo 21. La muerte afectaba con mayor dureza a los hijos de las familias pobres y de las comunidades originarias de Mesoamérica, cuyas condiciones sanitarias, alimenticias y médicas resultaban profundamente precarias. Sin proponérselo inicialmente, la fotografía vino a cubrir una necesidad emocional y sicológica de los sectores populares, particularmente de la peonada de las haciendas porfirianas.
La posibilidad de “congelar” una imagen y preservarla de los efectos destructores del tiempo permitió conservar el recuerdo del llamado “angelito”: el niño fallecido que era retratado sentado, recostado o en brazos de su madre mediante la lente del fotógrafo. Estas fotografías postmortem formaban parte de un conjunto de prácticas funerarias y tradiciones populares relacionadas con la muerte infantil. Existía la costumbre de rodear el cuerpo de la criatura con flores, especialmente azucenas recién cortadas, cuyo color blanco simbolizaba la pureza e inocencia del infante.
Más que simples retratos, estas imágenes constituían objetos de memoria y consuelo familiar en una sociedad donde la muerte temprana era una experiencia frecuente y dolorosamente cotidiana.
El fotógrafo ambulante
La cámara de cajón era la compañera inseparable del fotógrafo-itinerante- que llegaba al pueblo. La novia de antaño, se volvía a ceñir su vestido blanco, para posar para la lente. Esos fueron algunos de los personajes rurales, que escogieron como ser recordados por sus hijos.
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