Sin duda alguna la marcha del pasado domingo fue a toda prueba un verdadero éxito ciudadano. Lo anterior dado que, por primera vez en lo que va de este sexenio, el sector que no coincide con la política del actual Presidente encontró una eficaz manera de manifestar su descontento. En esta ocasión, la sociedad de forma adecuada se articuló para conformar un verdadero grupo plural ciudadano imposible de encasillar, etiquetar o cuestionar su legitimidad. Ahora sí, como pocas veces se ha visto en nuestro país, el domingo pasado salió a la calle a manifestarse una tromba de ciudadanos espontáneos, genuinos y unidos por una sola causa: la democracia.
Por desgracia, como en todo movimiento social auténtico, no faltó quien luego de la marcha quiso aprovecharla y colgarse de esta, tanto para bien como para mal. Por un lado, hubo quien se adjudicó la convocatoria, y por otro quien dijo que había atrás oscuros motivos de los participantes. Incluso, hasta el presidente del INE, Lorenzo Córdova, difundió un video agradeciendo el apoyo de los ciudadanos que marcharon en su defensa, como asumiendo que lo que se defendía era precisamente a su persona, lo cual es bastante erróneo de su parte, dado que a la ciudadanía le importaba solo la democracia en México y lo que el INE representa para la misma, y no lo que a él le llegue a pasar por causa de su desaparición.
Para quien dude que la marcha del pasado 13 de noviembre fue todo un éxito, le invito a sopesar la reacción que ha tenido el Presidente respecto a la convocatoria que tuvo este movimiento ciudadano: al día siguiente, él mismo se volcó en severas descalificaciones contra todos los que salieron a marchar, al punto de convocar a sus fieles a organizar ahora una contramarcha, como si la primera hubiera sido para él un insulto al que se tiene que responder de manera inmediata. Todo esto en su afán de seguir con la polarización a la que lleva siempre a la ciudadanía y de la que goza en elevar cada vez más el nivel de confrontación para su beneficio personal.
Sin duda la actitud desbordada de Andrés Manuel López Obrador nos debe llevar a confirmar que la reforma electoral que pretende es para él la más importante, y no porque con ella verdaderamente pretenda democratizar más al país, sino que su importancia radica en que, con ella, quiere evitar a toda costa que en 2024 la oposición pueda lograr cualquier triunfo, y es que para nadie es oculto que la prisa del Mandatario para votar dicha reforma es impulsada por su deseo de que al inicio de la temporada electoral del año que viene no exista instituto alguno que interfiera en la continuación de su legado.
Para AMLO es urgente aprobar las reformas necesarias que le garanticen que el árbitro electoral sea parcial hacia sus propósitos, cosa que lograría en una elección en la cual los consejeros del órgano electoral y los magistrados del Tribunal Electoral fueran seleccionados en una tercera parte por el Poder Ejecutivo que él representa, otra tercera parte por el Poder Legislativo en el que él tiene mayoría y la última parte restante por el Poder Judicial, donde tiene por lo menos cuatro ministros que simpatizan con su causa, de tal manera que tendría garantizado 70% de los consejeros y de los magistrados electorales, lo que le daría el poder de regresar a los tiempos de la hegemonía. (Continuará)
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