La pobreza y la migración por mejores oportunidades de trabajo de ninguna manera han sido excluyentes en la historia de la humanidad, ambas se hermanan porque no solo lidian con limitaciones de carácter alimentario, de ingreso, salario per cápita o familiar, así como con otros satisfactores imprescindibles para la sobrevivencia y el alcance de niveles mínimos, pero decentes, de calidad de vida, sino que sus repercusiones rebasan las fronteras económicas y causan estragos en el entorno social de los marginados.
La dificultad para acceder a círculos literarios, de entretenimiento y esparcimiento, de solidaridad con el prójimo, de autoayuda, deportivos, etcétera, no favorece el desarrollo pleno de sus capacidades cognitivas y físicas, y lamentablemente los más sensibles a ese tipo de carencias sociales y afectivas son los niños y adolescentes, quienes además de ser pobres, sus padres o tutores no disponen del tiempo necesario, por sus ocupaciones laborales, para llevarlos a que conozcan e interactúen con otros sectores de la población menos expuestos a los vaivenes de la economía por disponer de ahorros, créditos bancarios o solvencia para amortizarlos.
Muchos menores de edad, ante la situación cotidiana en que viven de abandono y rechazo, responden con la práctica frecuente de placeres inmediatos dados por sustancias sicotrópicas, tóxicas para el organismo. La situación de los marginados se agudiza cuando, además de ser excluidos de los beneficios del sistema económico y social imperante, en la economía prevalecen las asimetrías en los sueldos y salarios, que impiden, o al menos dificultan, el ascenso en la escala social, transitar de un estamento socioeconómico a uno superior.
Trastornos mentales, el estigma social. Por la evidencia empírica se sabe que los trastornos mentales afectan a la población, independientemente de su capacidad económica; sin embargo, los problemas socioeconómicos por los que atraviesan las clases populares, lacónicamente expuestos anteriormente, se convierten en obstáculos para el tratamiento de este tipo de pacientes, de ahí que la propensión a padecerlos sea mayor.
De acuerdo con datos de la Secretaría de Salud de México, de cada 100 internos en los centros de crónicos (siquiátricos), 64 son abandonados por sus familiares, los dejan en manos del Estado, o si navegan con suerte, alguna asociación religiosa u ONG los arropa. Esa tasa es sorprendente debido a que del total de la población con algún padecimiento mental, solo alrededor de 5% pierde la proporción de las cosas, se les entenebrece el juicio o la razón.
Ya en el terreno de las especulaciones, y como mero ejercicio de placentera investigación, si se revisaran cada uno de los expedientes de los residentes en los siquiátricos, de manera especial los aspectos sociales (ocupación, escolaridad, estado civil, prole, alcoholismo y otros, de los padres), no es improbable y menos sorprendente que un elevado porcentaje se caracterice por un común denominador: hogares con paupérrimos indicadores socioeconómicos. Por ello, uno de los objetivos más nobles de la siquiatría ha sido disminuir las discapacidades mentales de los enfermos sin distinción social o económica, para incorporarlos a las actividades productivas.
Los antecedentes de la siquiatría en México no proceden de instituciones de la Corona, sino fueron los miembros de la Compañía de Jesús, a través de fray Bernardino Álvarez, quienes iniciaron, más por vocación cristiana que de salud pública, la administración y atención de la salud mental de los colonizados. Se puede decir que esa orden religiosa fue la precursora de la construcción, porfiriana, del hospital La Castañeda (1910-1968). Los avances en la siquiatría han conjugado aspectos médicos y sociales que están cambiando los modelos de atención a los pacientes.
Recientemente, organizaciones supranacionales de salud pública en el mundo han planteado la necesidad de que los hospitales generales también atiendan a los enfermos siquiátricos, mediante el acondicionamiento de áreas de encamado específicas, lo que implica capacitación del personal de apoyo médico en el tratamiento de ese tipo de pacientes.
Para la elaboración de este artículo se consideró la opinión del Dr. J. Suárez, egresado del Instituto Nacional de Psiquiatría en 2012.
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