¿Es mejor una verdad que duela o una mentira que ilusione?
Querida persona lectora, ¿qué responderías a esta pregunta? Yo no tengo dudas. Para mí, más vale una verdad que duela a una mentira que ilusione. A la larga, la verdad triunfa siempre. Pero mentimos mucho y, principalmente, nos mentimos a nosotros mismos.
En la columna de la semana pasada, escribí que las claves del amor incondicional son la honestidad, la claridad y la transparencia. No podemos ofrecer amor incondicional a los demás si no somos los primeros en amarnos de esa manera. Así, el primer paso para amarnos de esta forma es ser sinceros, honestos, claros y transparentes con quiénes somos y con lo que realmente queremos.
A las niñas y niños, todo el mundo les pregunta: ¿qué quieres ser cuando seas grande? Normalmente, esta pregunta se refiere a: ¿qué quieres estudiar y qué trabajo quieres tener? Las niñas y niños son seres humanos que aún no han perdido el poder de soñar. Sus respuestas suelen ser fantasiosas, creativas y salen de su corazón.
Justo en ese momento, nosotros, los adultos, comenzamos a destruir sus sueños, diciéndoles que esos anhelos los llevarán a una vida de penurias y carencias. Les sugerimos que mejor se enfoquen en un trabajo donde ganen mucho dinero o alcancen una posición prestigiosa, o que busquen una buena pareja para formar una familia. Raramente los alentamos a que simplemente busquen ser felices.
Lo hacemos sin malicia y casi de manera automática, porque así nos educaron a nosotros también. Pareciera que la felicidad proviene de ganar mucho dinero y no de desempeñar un trabajo que nos haga felices y nos apasione, o de ostentar una posición prestigiosa en la sociedad en lugar de sentirnos plenos con nuestra familia y círculo cercano. También se nos impulsa a tener una “buena” pareja, que quizás ni nos quiere o no queremos, pero que cumple con todos los criterios de la receta de “la pareja perfecta”.
¿Cuántas mentiras nos contamos a diario para soportar una vida que no nos satisface, pero que supuestamente debería gustarnos porque así lo indican nuestras familias o los estereotipos de la sociedad? Al mismo tiempo, ¿cuántas falsedades nos transmiten, incluso las personas más próximas, para no desentonar? Traiciones, infidelidades, deslealtades, vidas paralelas, secretos financieros. La lista de mentiras que decimos y que nos cuentan para “encajar” puede ser interminable. Estamos sumidos en conceptos de cómo deberían ser las cosas –¿según quién?– y nos alejamos de nuestra esencia, pensando que, si somos sinceros, nos juzgarán y dejarán de amarnos.
Pero les confieso algo: si alguien deja de querernos o nos juzga por ser genuinos, es porque nunca nos apreciaron de verdad. En esos casos, es preferible distanciarnos de esos entornos, personas y lugares. Aquellos que realmente nos aman podrían requerir tiempo y comunicación para adaptarse, pero siempre estarán a nuestro lado.
La verdad puede doler, pero ese dolor es superable con voluntad y amor. Sin embargo, a la larga, una mentira, por pequeña o grande que sea, aunque parezca inofensiva e incluso te ilusione, causará un daño mucho mayor y profundo.
Aprendamos a ser personas más sinceras, con los demás y, en primer lugar, con nosotros mismos: con nuestra esencia, con nuestras necesidades y sueños, con lo que realmente deseamos ser y hacer. Si nos engañamos, los más perjudicados seremos nosotras y nosotros mismos.
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