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La visita: Un milagro en la ciudad.

  Por Mons. Alfonso G. Miranda Guardiola

Publicado el domingo, 21 de diciembre del 2025 a las 03:35


QUE NADIE SE SIENTA SOLO, QUE NADIE SE QUEDE FUERA

Esa noche ya muy tarde, estaba regresando Rolando junto con toda su familia de un viaje a Saltillo, y pasaron por su ermita dedicada a San Judas Tadeo, a las afueras de Acuña, como a las 2 de la mañana. Sin bajarse su esposa del carro, él sí se bajó a agradecerle al santo por haber llegado con bien, cuando en eso, vio unas luces moverse y escuchó unos motores de carro que se encendieron. De pronto fue rodeado por policías municipales, que con brusquedad lo aprehendieron y pusieron de espaldas al carro, con las manos sobre el cofre, sometido como líder de una banda criminal. ¿Quién eres?, le gritaron; soy Rolando; ¿qué haces aquí? le preguntaron; es mi ermita, y vengo a rezar un momento antes de llegar a casa; ¿es tuya? – Sí. ¿Y por qué a estas horas? – Vengo de un largo viaje, y pasé a dar gracias. A punto de ser esposado, el jefe de los policías, lo reconoce y dice, es Rola, el de los carros usados, es amigo, déjenlo ir. Discúlpanos hermano, le dice, es que nos dieron el pitazo, de que por aquí pasaría el jefe de plaza, muy devoto de San Judas, y pues te confundimos, ai discúlpanos mano, y vete a tu casa a descansar. 

Pasó el tiempo, y un buen día un servidor fue a visitar la parroquia de Cristo Rey, y en la cocina de la casa parroquial me estaba echando un café con Rolando, a quien me habían presentado como ministro de la eucaristía de esta última, quien me comentaba que tenía una capillita dedicada a San Judas Tadeo, en la orilla de la carretera que va de Acuña a Zaragoza, exactamente por donde iba a pasar la reliquia auténtica de este santo apóstol. Y me pedía, si era posible, que esta última se detuviera ahí un momentito dentro del recorrido que haría por su decanato. Le dije que hablara con su párroco, para que se pusiera en contacto con los organizadores del programa, entre ellos, el sacerdote encargado en nuestra Diócesis. Así lo hizo, y ambos insistieron por todos los medios y con todos los responsables del trayecto, y por respuesta sólo obtuvieron: Que ya estaba el recorrido hecho, que se detendría más adelante en otra ermita, que ellos no podían hacer nada, que era imposible. Por lo que Rolando, resignado, se concretó a esperar la visita de la reliquia, y ofrecerse de voluntario para lo que se pudiera necesitar. Todavía, hizo el último intento un día antes de que se marchara la reliquia de su ciudad, y acudió a la parroquia de donde saldría al pueblo vecino, recibiendo otra vez por respuesta, que no estaba en sus manos. Por lo que esa misma noche se fue a su casa, hizo oración fervorosa con su familia, quien ya había adornado su capillita y había preparado una colorida recepción, y se encomendó a San Judas Tadeo, patrono de las causas imposibles. Sin perder la esperanza, al día siguiente, muy de madrugada, se fue con su carro, para acompañar la caravana que despediría al santo, y escuchó, siempre muy avispado, a los organizadores ponerse de acuerdo con los policías del municipio, que servirían de escolta, sobre el camino de salida de la ciudad. Estos últimos, muy amigos de Rolando, al verlo entre los carros, le preguntaron, oye, ¿sabes tú el camino? Sí, les contestó, pero quería pedirles de favor si nos pudiéramos detener unos minutitos a la orilla de la carretera, para rezar un instante en mi capillita de San Judas, ahí donde la otra vez me detuvieron, ¿se acuerdan? A lo que los oficiales, todavía con algo de pena, por la metida de pata que le endilgaron, le dijeron, lo que tú digas mi Rola, tú nomás vete adelante, y nos vas guiando, ahí donde tú te pares, ahí nos detenemos, y así fue como su pobre y pequeña ermita, la más preciosa para él, recibió nada más y nada menos, en el último instante, la reliquia del apóstol San Judas Tadeo, la visita más hermosa que jamás pudiera haber soñado.  

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