Coahuila
Hace 3 meses
Por: Luis Alejandro Flores Espinoza
En Coahuila, alrededor de 15% de los hogares habita una vivienda rentada, lo que representa aproximadamente 135 mil familias. Más allá de la cifra, este dato refleja una realidad que comienza a transformar la estructura social y económica del estado: para miles de personas, especialmente los jóvenes, acceder a una vivienda propia se ha convertido en un reto cada vez más difícil.
Durante muchos años, adquirir una casa representó una de las principales metas patrimoniales de las familias mexicanas. Tener un hogar propio era sinónimo de estabilidad, seguridad y progreso. Hoy, esa aspiración continúa vigente, pero las condiciones económicas han cambiado significativamente.
El incremento sostenido en el precio de la vivienda ha superado el crecimiento de los ingresos laborales. De acuerdo con la Sociedad Hipotecaria Federal (SHF), el valor promedio de la vivienda en México continuó aumentando durante 2025, impulsado por la escasez de oferta, el incremento en el costo de los materiales de construcción, la plusvalía de las zonas urbanas y el crecimiento de la demanda. En Coahuila, el valor promedio de una vivienda ronda 1.4 millones de pesos, una cifra que para muchas familias representa un objetivo cada vez más lejano.
Al mismo tiempo, la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del Inegi muestra un mercado laboral sólido en la entidad, con bajos niveles de desempleo y una elevada participación económica. Sin embargo, la fortaleza del mercado laboral no necesariamente se traduce en una mayor capacidad para adquirir vivienda. El ingreso laboral promedio de una persona ocupada en Coahuila se ubica alrededor de 13 mil pesos mensuales, monto que debe destinarse no solamente a vivienda, sino también a alimentación, transporte, educación, salud, servicios y demás gastos familiares.
La comparación resulta reveladora. Una vivienda promedio de 1.4 millones de pesos equivale a más de 100 meses del ingreso laboral promedio, es decir, más de ocho años de sueldo íntegro, suponiendo el escenario imposible de no gastar un solo peso durante todo ese tiempo. Pero la realidad es aún más compleja. Si una familia lograra ahorrar 20% de su ingreso mensual, porcentaje superior al que la mayoría de los hogares mexicanos consigue destinar al ahorro, necesitaría más de 40 años para reunir el valor de una vivienda promedio, sin considerar la inflación, la plusvalía de los inmuebles, los intereses hipotecarios, los gastos notariales o el incremento constante en los precios de las casas.
Bajo estas condiciones resulta lógico que cada vez más jóvenes permanezcan viviendo con sus padres o abuelos durante un periodo más prolongado. No se trata necesariamente de un cambio en los valores familiares ni de una falta de interés por independizarse. En muchos casos, simplemente las condiciones económicas ya no permiten dar ese paso con la misma facilidad que hace una o dos décadas.
Esta situación genera efectos que van mucho más allá del mercado inmobiliario. Retrasar la independencia también significa postergar la formación de nuevos hogares, la compra de bienes duraderos, la llegada de hijos y la consolidación del patrimonio familiar. A largo plazo, ello modifica la dinámica del consumo, del ahorro y de la propia economía regional.
Rentar una vivienda no debe entenderse como una situación negativa. En muchas etapas de la vida representa una decisión financiera inteligente y flexible. El problema surge cuando la renta deja de ser una elección para convertirse en la única alternativa posible, porque comprar una vivienda se vuelve prácticamente inalcanzable para una parte importante de la población.
Coahuila continúa siendo uno de los estados con mayor dinamismo industrial, mayor generación de empleo formal y mejores indicadores económicos del país. No obstante, el verdadero reto consiste en lograr que ese crecimiento económico se refleje también en una mayor capacidad de las familias para construir patrimonio. Una economía fuerte no solamente debe generar empleos; también debe permitir que el esfuerzo de quienes trabajan se traduzca, tarde o temprano, en la posibilidad real de adquirir una vivienda propia.
El desarrollo económico no puede medirse únicamente por la inversión que llega o por el número de empleos que se generan. También debe evaluarse por la posibilidad que tienen las nuevas generaciones de alcanzar aquello que durante décadas fue considerado el principal símbolo de estabilidad: un hogar propio. Si el precio de la vivienda continúa creciendo más rápido que los ingresos de las familias, el riesgo es claro: la casa propia dejará de ser una meta alcanzable para convertirse en un privilegio reservado para unos cuantos.
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