Por: Roberto Gómez Junco
Con Javier Aguirre, por lo menos, la sensatez está garantizada, el trabajo incansable, la ecuanimidad en las posturas, la inteligencia en los diagnósticos, la elocuencia y claridad para transmitirlos, la capacidad para sacarle lo mejor a cada futbolista.
La Selección Mexicana cumplió con su segundo compromiso de la tercera “era Aguirre”. Cumplió con jugarlo, pero siguió sin cumplir en cuanto a la calidad de su futbol.
Después de haber librado en su presentación con demasiada soltura un “escollo” neozelandés al que dicho término le quedaría muy grande, los nuevos tricolores, en su intento de revitalizarse, se toparon con un sinodal muy distinto, en lo que se tradujo en la primera verdadera prueba en este último tramo del proceso rumbo al Mundial de 2026.
Ante el representativo de Nueva Zelanda el pasado sábado todo fue facilidad, espacio y tiempo de sobra para maniobrar a placer y desarrollar el propio juego. Pero ante el de Canadá se sabía que las cosas y las circunstancias serían muy diferentes.
Si ante los neozelandeses pasearon, ante los canadienses empezaron por hacer todo lo posible para no ser paseados.
Un primer tiempo en el que prevalecieron la velocidad, la fuerza y la intención ofensiva del cuadro canadiense, a lo que el equipo mexicano le opuso solamente su determinación para interrumpir el juego, para meter la pierna más fuerte que de costumbre y así impedir que el rival consolidara su futbol y reflejara en el marcador su dominio.
Para el segundo tiempo apareció la calma, la capacidad para tener más tiempo el balón y pararse mejor en la cancha. Y así le bajaron los tricolores sustancialmente al grado de complicación del partido y lograron llegar a la orilla sin ser lastimados, sellando el salomónico cero-cero.
Ahora, lo que procede es seguir trabajando con el material que se tiene, sacarle a cada futbolista el mayor jugo posible. Y a falta de las grandes individualidades en la cantidad y calidad que otras escuadras nacionales sí tienen, elevar el nivel del juego colectivo, aprender a resolver en grupo lo que en el “futbol asociación” así debe resolverse. Dominar a plenitud una forma de jugar, y a partir de ella encontrar la necesaria flexibilidad en función del adversario en turno. Jugar siempre bien pero nunca igual.
Con Javier Aguirre, por lo menos, la sensatez está garantizada, el trabajo incansable, la ecuanimidad en las posturas, la inteligencia en los diagnósticos, la elocuencia y claridad para transmitirlos, la capacidad para sacarle lo mejor a cada futbolista, para comprometerlo al máximo en la búsqueda del beneficio común.
Todo eso está garantizado y de todo ello deberá echar mejor mano que nunca el técnico nacional si pretende llevar a la barca tricolor a buen puerto en la Copa del Mundo, para la que faltan 21 meses de azarosa navegación.
Un largo y tempestuoso camino que habrá que recorrer lo mejor posible.
A ver cómo lo recorren. Unos con la firmeza en el timón, otros con la sapiencia en el manejo de los instrumentos que van delineando el rumbo. Y al que le toque, remando.
Que cada quien haga lo más que pueda con lo mejor que tenga.
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