Gracias a mi amigo Adalberto Cervantes Rodríguez, pues a través de su libro Desde el Viejo Zaguán, pude conocer más sobre la vida de este personaje de mi tiempo y mi espacio, Tigrio (nombre original) Rodríguez Fernández, nativo del poblado del Nacimiento, municipio de Múzquiz, Coahuila, y por ende descendiente de indios kakapús.
La pequeñita ciudad que era antes Saltillo estaba inmersa en sucesos extraños no poco frecuentes. Vivía al día de los acontecimientos que se divulgaban de boca en boca, hechos o acciones de una o varias personas.
Hoy, especialmente, me voy a referir a Tigrio, el zapatero, el sobandero, el que con este último oficio se hizo famoso no sólo en la ciudad o el estado, sino en el país y en el extranjero, con un accionar que sin duda entrañaba un peligro para él y para el paciente, pero el hombre casi salió airoso de los problemas que le planteaba el mismo enfermo.
Como cuando llegó a su consultorio de Aldama y General Cepeda en el barrio del Instituto Madero, a espaldas de la antigua penitenciaría, un pelotero norteamericano que se quejaba intensamente del dolor de cintura y Tigrio lo sanó para que siguierapicheando.
Pacientemente tocaba con las yemas de los dedos las partes donde la persona sentía la dolencia para llegar a un diagnóstico. Era muy honesto, cuando se trataba de una dama, pedía al esposo o alguna persona de su confianza que estuviera presente para evitar malas interpretaciones, y cuando era una fractura solicitaba al paciente que viera al médico, pues explicaba que si él metía las manos en la dolencia iba a ser peor el problema.
Fueron miles de personas, sobre todo deportistas, los que se pusieron en manos de Tigrio para curarlos de hombros caídos, dolor de espalda, tobillos torcidos y un sinnúmero de articulaciones o huesos “fuera de su coyuntura”, o zafados o con esguince, cintura lastimada, cadera, cuello, muñeca o dedos, todo lo ponía en su lugar el famoso quiropráctico. Jamás se atrevió a tocar un fracturado, los canalizaba con el traumatólogo con mucha decencia y honradez.
Para controlar el dolor colocaba en la boca de los pacientes un trozo de madera envuelto en una tela limpia para cada caso.
Usaba Tigrio su propia sicología para atenuar el dolor del paciente, le hacía plática sobre diferentes temas, pues el quiropráctico estaba al día de los sucesos de la ciudad, el país, el estado o el extranjero. Cuando la situación se ponía más tensa, hacía que el paciente se fijara en un viejo almanaque donde aparecía un velero (embarcación ligera) y le comentaba que a él le parecía que la pequeña nave se movía con el movimiento de las olas.
–Fíjese muy bien, parece que se mueve.
Y cuando el paciente se concentraba y afirma que si veía que el barquito se movía, ¡zas!, daba el jalón en la parte afectada en medio de los ayees de dolor de la persona, algunos se retorcían, otros le proferían palabras altisonantes (muy sonoras, todo lo contrario a la estimación).
Fue un personaje muy popular Tigrio o Trigio o Trijio, por la gran cantidad de personas que atendió, gente pobre o adinerada y uno que otro médico.
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