Por Ramón Rocamontes
Hace 3 meses
Durante décadas, el rendimiento deportivo fue explicado principalmente por variables físicas, técnicas y tácticas. La fuerza, la velocidad, la resistencia y el talento eran considerados los pilares del éxito. Sin embargo, el desarrollo de la Psicología del Deporte y de las Neurociencias ha permitido comprender que detrás de cada gran actuación existe un componente igual o incluso más importante: las emociones.
Cada competencia representa mucho más que una confrontación física. Es un escenario donde el cerebro interpreta situaciones, anticipa consecuencias, evalúa amenazas, genera expectativas y produce respuestas emocionales que pueden impulsar o limitar el rendimiento. Un atleta nunca entra solo al terreno de juego; entra acompañado por sus pensamientos, experiencias, recuerdos, creencias y emociones.
Las emociones son respuestas psicofisiológicas que preparan al organismo para adaptarse a diferentes situaciones. No aparecen por casualidad ni representan una señal de debilidad. Son mecanismos de supervivencia que, bien regulados, aumentan la capacidad para resolver problemas y responder a los desafíos.
En el deporte, las emociones están presentes desde mucho antes del silbatazo inicial o cualquier competencia. Aparecen cuando se anuncia una convocatoria, cuando llega el día de una final, durante una lesión, al escuchar el nombre del rival, al fallar una jugada importante o incluso al regresar a entrenar después de una derrota. Ignorarlas no hace que desaparezcan; comprenderlas permite utilizarlas como una ventaja competitiva.
El cerebro también compite
Cuando un deportista percibe que se enfrenta a un reto importante, el cerebro activa múltiples estructuras. La amígdala cerebral evalúa rápidamente el nivel de amenaza o importancia del evento, mientras que la corteza prefrontal participa en la toma de decisiones, la planificación y el autocontrol. Paralelamente, el sistema nervioso autónomo prepara al organismo aumentando la frecuencia cardiaca, la respiración y la tensión muscular.
Desde una perspectiva evolutiva, este mecanismo permitió a nuestros antepasados sobrevivir frente a situaciones de peligro. En la actualidad, el cerebro responde de manera similar antes de ejecutar un penal, iniciar una carrera, realizar un saque decisivo, disputar una final, lanzar la pelota con casa llena con dos bolas y dos strikes o bien en la última jugada previo a anotar y con el marcador abajo por 5 puntos en el futbol americano.
Por ello, sentir nervios antes de competir no significa que algo esté mal. Significa que el organismo reconoce que aquello que está por suceder tiene importancia.
El problema aparece cuando esa activación supera la capacidad de regulación del deportista y comienza a afectar su atención, coordinación, memoria de trabajo y capacidad para decidir correctamente, es por eso fundamental conocer cuál es nuestro nivel de activación óptimo para competir.
Entre las emociones más frecuentes en el deporte encontramos la alegría, el entusiasmo, la confianza, el miedo, la ansiedad, la frustración, el enojo, la tristeza y el orgullo. Ninguna de ellas es buena o mala por sí misma. Todas cumplen una función adaptativa. El problema aparece cuando una emoción toma el control de la conducta y limita la capacidad del deportista para tomar buenas decisiones.
La ansiedad, por ejemplo, suele interpretarse como un enemigo. Sin embargo, un nivel moderado de activación prepara al organismo para responder con rapidez y eficacia. El corazón acelera su ritmo, aumenta la atención y los músculos se preparan para la acción. Lo verdaderamente importante es evitar que esa activación se convierta en una preocupación excesiva que provoque errores, rigidez o bloqueo mental.
Algo similar ocurre con el miedo. Sentir miedo antes de competir no significa debilidad; significa que aquello que está por ocurrir tiene importancia para la persona. El deportista de alto rendimiento también experimenta miedo. La diferencia radica en que aprende a actuar a pesar de él.
La frustración merece una atención especial. Todo atleta perderá partidos, fallará oportunidades, sufrirá lesiones o atravesará etapas de bajo rendimiento. La frustración no representa el final del camino; muchas veces constituye el inicio del verdadero aprendizaje. Los deportistas que desarrollan resiliencia entienden que cada error proporciona información valiosa para mejorar.
El enojo también puede ser un arma de doble filo. Bien canalizado, incrementa la intensidad competitiva, la determinación y el esfuerzo. Sin control, favorece decisiones impulsivas, faltas innecesarias, discusiones con árbitros o conflictos con compañeros. La inteligencia emocional consiste precisamente en utilizar la energía de la emoción sin permitir que ésta gobierne la conducta.
La diferencia entre un deportista experimentado y uno inexperto no consiste en sentir menos miedo, sino en aprender a competir a pesar de él y desde luego como canalizarlo en los momentos claves.
Aceptar el miedo permite disminuir su impacto. Negarlo suele hacerlo más fuerte.
Otra emoción es la ansiedad, probablemente sea la emoción más estudiada dentro de la Psicología del Deporte.
Antes de competir es normal experimentar pensamientos recurrentes que nos pasan por la cabeza: “¿Y si fallo?, “¿Y si decepciono a mi entrenador?”, “¿Y si no juego como esperan?”.
Estas preguntas pueden incrementar la tensión muscular, acelerar la respiración, lo que ocasiona un incremento de nivel de activación, provocar sudoración excesiva y disminuir la concentración que conlleva a una situación disruptiva. Sin embargo, la ansiedad no siempre perjudica el rendimiento.
Existe un nivel óptimo de activación que mejora la velocidad de reacción, incrementa la energía y favorece el desempeño y claro está que cada uno debe descubrir cuál es el nivel óptimo en cada momento y eso se entrena.
El reto consiste en evitar que esa activación se transforme en preocupación constante.
Por ello, los deportistas de alto rendimiento entrenan habilidades psicológicas como la respiración diafragmática, la visualización, las rutinas precompetitivas, los auto diálogos positivos, el mindfulness o la relajación.
Estas herramientas no eliminan la ansiedad; enseñan a convivir con ella sin perder el control, pero sobretodo a saber canalizar este tipo de momentos que hacen diferencia.
Todas las carreras deportivas están llenas de tropiezos que nos llevan a obtener lo que buscas. Habrá derrotas inesperadas, lesiones, suplencias, errores arbitrales, malas actuaciones y momentos donde el progreso parece detenerse.
En edades infantiles y juveniles, las emociones se encuentran en pleno proceso de desarrollo. Por ello, el papel de entrenadores y padres resulta fundamental. Un comentario puede fortalecer la confianza o sembrar inseguridad durante años. La forma en que un adulto reacciona ante un error enseña mucho más que cualquier discurso sobre resiliencia.
Cuando un niño escucha constantemente críticas después de competir, comienza a relacionar el deporte con el miedo al fracaso. En cambio, cuando recibe retroalimentación orientada al esfuerzo, al aprendizaje y a la mejora continua, desarrolla una motivación mucho más sólida y duradera.
Precisamente el entrenador es uno de los reguladores emocionales, es quien además de enseñar técnica, también moldea la manera en que los atletas enfrentan el éxito, el fracaso, la presión y la adversidad.
Un entrenador que humilla públicamente puede destruir años de confianza. Uno que corrige con respeto fortalece el aprendizaje.
Los entrenadores también influyen profundamente en el clima emocional del equipo y con un liderazgo basado únicamente en el resultado suele incrementar la ansiedad colectiva.
Por el contrario, un entrenador que comunica con claridad, reconoce el esfuerzo, mantiene expectativas realistas y genera confianza favorece un ambiente donde los deportistas pueden expresar mejor sus capacidades.
Los entrenadores que generan ambientes positivos no disminuyen la exigencia; crean condiciones para que el cerebro aprenda mejor.
También el papel de los padres en el deporte infantil y juvenil, es fundamental, ya que las emociones sueles influir tanto como la de los propios hijos.
Un padre ansioso transmite ansiedad, un padre agresivo genera presión, un padre equilibrado transmite seguridad y los hijos observan mucho más de lo que escuchan.
Cuando después de un partido la primera pregunta es: “¿Ganaron?” el niño entiende que el resultado es más importante que su aprendizaje.
Y cuando la pregunta cambia a: “¿Qué aprendiste hoy?” el mensaje también cambia.
El hogar representa el primer laboratorio de inteligencia emocional. Los padres no pueden controlar el marcador. Sí pueden controlar el ambiente emocional que rodea al deportista.
Las investigaciones muestran que los equipos con mejores climas motivacionales presentan mayor compromiso, menor abandono deportivo y mejores niveles de bienestar psicológico.
La exigencia y la empatía no son opuestas. Las grandes culturas deportivas integran ambas.
Y en este tema la Inteligencia emocional es una habilidad entrenable y aunque Daniel Goleman popularizó este concepto, hoy sabemos que estas habilidades pueden entrenarse de forma sistemática.
En el deporte incluyen entre otros puntos, reconocer las propias emociones, identificar las emociones de los demás, así como regular impulsos, mantener la concentración bajo presión; así como recuperarse emocionalmente después del error, comunicar de forma efectiva y desarrollar empatía con compañeros y entrenadores.
Estas capacidades no solo mejoran el rendimiento deportivo. También preparan para la vida académica, laboral y familiar.
Finalmente amigo lector, te comento que las emociones también ganan campeonatos.
Cada vez existe mayor evidencia científica de que el rendimiento deportivo depende de la interacción entre factores físicos, técnicos, tácticos, cognitivos, sociales y emocionales.
Las emociones no son un obstáculo para competir, sino parte de la competencia diaria en todos los rubros de nuestra vida.
El deportista que aprende a conocerse desarrolla una ventaja difícil de medir con cronómetros o estadísticas.
La verdadera fortaleza mental no consiste en dejar de sentir miedo, ansiedad o frustración. Consiste en utilizar esas emociones como información para actuar con inteligencia.
Al final, los campeones no son quienes nunca sienten emociones intensas. Son quienes aprenden a convertirlas en aliadas.
Porque el cuerpo ejecuta la jugada… pero es la mente quien muchas veces decide cómo termina.
“Hasta la próxima!
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