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Las guerras de Messi

Por Columnista Invitado

Hace 3 meses

Por: Jorge Volpi

 

 

En un mundo donde los dioses han muerto, solo quedan los gladiadores. Un último clavo ardiente al que aferrarse en una época desprovista de futuro, donde los líderes políticos no hacen otra cosa que acendrar una de las más perversas fantasías incubadas por la humanidad: el nacionalismo. En este panorama, en el que se nos obliga a ser de un sólo sitio y a identificarnos con algo que todavía logre encarnar a la patria —y, en la misma medida, a temer o despreciar a los extranjeros, los migrantes, los otros—, el futbol, y en particular el Mundial, se convierte en la arena natural de un sinfín de narrativas que provocan que un hombre de carne y hueso —tan pequeño como cualquier otro— se transforme en el paraguas de la inquina, la envidia, el orgullo, la maledicencia, la vanidad y el odio de millones.

Messi no solo es, por supuesto, Messi. Dicho de otra forma: sin duda existe Lionel Andrés Messi Cuccittini, el individuo que podríamos llamar el Messi real —de “realidad”, pero también de “realeza”—, pero ese, con sus vicisitudes y angustias cotidianas, con sus virtudes y vicios, es casi irrelevante. Más aún en una era dominada por el cotidiano desdén hacia los hechos. El recuento puntual de sus hazañas verificables —8 balones de oro, 8 premios de la FIFA, 6 botas de oro, 10 campeonatos de liga con el Barça o 4 victorias en la Champions— se desvanece frente a la necesidad de verlo como superhéroe o supervillano, de santificarlo o envilecerlo, o las dos cosas a la vez: es el chivo expiatorio de René Girard, ante el cual todas las miradas convergen para adorarlo y sacrificarlo.

Jugador de futbol y argentino, desde el inicio de su carrera debió enfrentarse al cúmulo de ficciones tejidas en torno a esa doble condición: de un lado, heredero y rival de Maradona —el otro santo-demonio: baste ver el culto que aún se le rinde tanto en Buenos Aires como en Nápoles casi 6 años después de su muerte—, del otro, parte de una nación que carga con sus propias narrativas internas —de Sarmiento a Perón, culminando en Milei— y del mito en torno a su alma nacional. Demasiadas capas superpuestas para un individuo de 1.70, a las que hay que sumar su decisión de ser argentino y no español, larga pertenencia al Barça —que lo volvió blanco de los madridistas—, la impuesta rivalidad con Cristiano Ronaldo —ese brillante segundón que tanto recuerda al personaje de El malogrado, de Bernhard—, su sobrevida entre París y Miami, sus triquiñuelas fiscales y, en fin, la construcción de esa leyenda que lo vuelve no humano, entre autista y extraterrestre.

Si el Mundial de 2022 lo llevó a la cima que en apariencia más había anhelado, confirmando para muchos su aura inalcanzable, el de 2026 representa, para otros tantos, el merecido castigo ante su hybris. D10S deviene Demonio o ni siquiera eso: un argentino más, tramposo y marrullero. Y es que, por más que la FIFA —esa trasnacional que, igual que X, se enriquece a costa de exacerbar las emociones— insista en que el balón une al mundo, lo cierto es que no deja de impulsar la sinécdoque que convierte a 11 o 22 jugadores, y a sus burdos hinchas, en un país entero. El sacrifico mediático del Mesías viene acompañado por la augusta condena a todos sus compañeros de selección y, de paso, a cada uno de sus compatriotas.

Lo peor de las redes sociales es que ni siquiera necesitan una acción coordinada, como las que imaginan las diversas teorías de la conspiración, que simultáneamente han decretado la amalgama de la FIFA con Argentina o la derrota pactada de esta última: basta que esta porosa acumulación de narrativas alcance una masa crítica suficiente para que el algoritmo se encargue de propagar un sinfín de ficciones a la vez. El apolíneo Messi imaginado por algunos —ese que no era tan argentino— se trastoca, así, en dionisiaco —y, por ello, demasiado argentino—, mientras la convergencia de odios diversos se empeña en volver ese ilusorio adjetivo —argentino, tan ficcional como español o mexicano— en marca de entereza o de infamia. Mientras tanto, él queda apenas como la superficie sobre la que millones proyectan sus deseos de pertenecer, vencer y odiar. Las guerras de Messi jamás fueron las suyas.

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