Saltillo|Monclova|Piedras Negras|Acuña|Carbonífera|TorreónEdición Impresa
Llegan los Jonas a Roblox; buscan romper récord Busca Ivana conquistar Miss Teen Earth 2026; belleza, disciplina y compromiso Va Edwin Mendoza a La Mansión VIP 2 Sale a la luz la causa de muerte de Norton; sufre reacción anafiláctica Vive Dexter crisis de la edad; llegan nuevos episodios

Zócalo

|

     

Opinión

|

Información

< Opinión

 

Coahuila

Las lealtades con fecha de caducidad: Bonaparte y Fouché

Por Rodolfo Villarreal Ríos

Hace 2 horas

La Revolución Francesa concluiría con el ascenso de un autócrata, Napoléon Bonaparte, convertido en lo que los insurrectos iniciales combatían: un dictador monárquico. En este proceso, jugaría un papel preponderante Joseph Fouché cuyo accionar sería fundamental para llevar al poder al nativo de Córcega quien lo investiría tiempo después en el Duc d’Otrante. Demos un repaso y retornemos al texto de Stefan Zweigh quien describe este período en donde, como la propia revolución mencionada, este personaje originalmente radical acaba transformado en lo que originalmente combatió.

Como lo hemos mencionado en la colaboración previa, Fouché poseía la característica singular de saber medir los tiempos para siempre colocarse en el lado de los vencedores. Y así lo otea en los inicios del segundo semestre de 1799 cuando el Directorio lucía camino al desastre y era ya sentir popular que “sólo un dictador puede salvar la situación…”. Mientras todos son incapaces de dilucidar quién podría ser, el líder del Directorio, Paul Barras, tratando de presentarse a sí mismo como la opción, dice a Fouché: “Necesitamos una cabeza y un sable”. Barras desconoce lo que Joséphine, su antigua amante y ahora esposa de Napoléon, le ha confiado a Fouché: el regreso próximo de Napoléon. El 11 de octubre de 1799, cuando el Directorio lo manda llamar para anunciarle que Bonaparte ha regresado, el ministro de policía aparenta no saber nada. Ello, no le impide ir a la casa de Napoléon en donde pasa desapercibido durante una hora, hasta que un criado lo reconoce y avisa al anfitrión quien está en la antesala. Inmediatamente el conspirador aparece ofreciendo disculpas y durante las próximas dos horas, sin testigos, habrá de definirse el curso de la historia francesa para los próximos años. Cada uno sabe el rol que habrá de adoptar, uno el   de amo y el otro de subordinado.

Con el golpe en proceso, el presidente del Directorio lo llama para reprenderlo por no haberse percatado de lo que vendría, Fouché guarda silencio. Ya sabe que tres de los cinco miembros del Directorio han dejado el barco. Sin embargo, cauto espera al resultado final antes de dar el paso siguiente, no podía equivocarse. Él sabía que de cualquier forma estaría en el bando vencedor. Al final de cuentas, Fouché acabaría anunciando a París la victoria de Napoléon. Y juntos habrían de terminar con Barras aquel a quien tanto le debían por haberlos rescatado, en tiempos diversos, de la desgracia. Pero en la victoria, algunos olvidan todo y a todos poniendo de lado que la vida es una rueda de la fortuna.

Ya instalados en el poder, decidieron “que es preferible terminar la guerra civil con negociaciones y condescendencias, que por la fuerza y con ejecuciones”. Pronto, Fouché restablece “la tranquilidad completa en el país, desaloja los últimos nidos de terroristas y su energía burocrática… se subordina solícita a los grandes proyectos de Bonaparte”. El 20 de enero de 1800, sin embargo, esa alianza irrestricta sufre una horadación irreparable cuando llegan noticias a París de que Napoleón ha sido derrotado en Marengo. Ante ello, fiel a su costumbre, Fouché permanece mudo en aquella reunión de ministros y consejeros quienes inmediatamente piensan en sustituir al vencido. Al día siguiente, sin embargo, arriba un mensaje en sentido contrario, la victoria era del corzo. Aun cuando nada le es reprochado al ministro de policía, a partir de ahí la confianza le es retirada. En ese contexto, la familia Bonaparte ve la oportunidad de alejar al personaje incómodo quien les estorbaba para sus planes y además no era miembro del grupo.

Recordemos que “Napoléon no llegó solo a Francia: arriba rodeado de un clan familiar hambriento, deseoso de poder”. Pero no es solamente eso, “le piden la institución de una dinastía familiar, le piden que se proclame rey o emperador…le empujan a la reacción y al despotismo”. Dos son los objetivos primarios de los parientes, una es la esposa, Joséphine, el otro Fouché a quien “espían todos sus pasos, dispuestos a hacer a un lado, en la primera oportunidad, al hombre molesto que les estorba en los negocios.  Tendrían que esperar por un rato hasta que el 24 de diciembre de 1800, encuentran la oportunidad de cargar sobre Fouché. Al dirigirse Bonaparte a la Ópera, tras de su coche, se produce una explosión que de no haber sido por la velocidad a que iba el carruaje, hubiera cambiado la historia de Francia. Ello, no impide que Napoléon acuda a la función y al terminar, de regreso en la Tullerías, arremeta en contra del ministro de policía a quien acusa de solapar a sus antiguos compinches, los jacobinos a quien Bonaparte acusa de ser responsables del atentado. Sin embargo, Fouché replica que no son ellos sino los conspiradores realistas y el dinero inglés los que están detrás de aquellas detonaciones. De nada le vale, y mucho menos cuando vuelve a replicar y escucha, de labios del gobernante, acusaciones por las acciones ejecutadas en el pasado. Para beneplácito de los cercanos al bonapartismo, Fouché sale de ahí derrotado y todos le miran con desprecio.

Aquello duraría quince días en donde muchos sospechosos de haber participado en el complot son castigados y exiliados. Sin embargo, el otrora revolucionario sigue callado realizando las investigaciones, mientras sus enemigos ríen y lo creen derrotado. Así, hasta el día en que demuestra que el líder de los realistas Georges “Cadoudal; realistas juramentados, comprados con dinero inglés, habían sido los ejecutores”. Ello, sin embargo, no le hace recuperar la confianza de Napoléon. Éste nunca le perdonará que haya tenido la razón desde el principio. El poder marea a todos quienes pronto empiezan a creer que son infalibles y recordemos que “los reyes no quieren bien a las personas que los vieron en un momento de debilidad y las naturalezas despóticas no gustan de los consejeros que hayan demostrado, aunque sea una sola vez, ser más sabios que ellos”.

El triunfo de Fouché, sin embargo, es nada comparado con las acciones de Napoléon, aunque sin dicha victoria pequeña, el segundo no hubiera podido lograr “la paz definitiva con Inglaterra [y] el concordato con la Iglesia”. Aunado a ello, “el país tranquilizado, ordenada la economía, terminada la discordia de los partidos, suavizadas las oposiciones, la riqueza vuelve a florecer, la industria se desarrolla de nuevo, las artes despiertan; una época augusta empieza, y no está lejana la hora en que Augusto podrá llamarse también César”. Ante esto, Fouché busca adelantarse y cabildea, sin saber que fincaba su desgracia, para que el Senado le ofrezca a Napoléon el puesto de primer Cónsul por un lapso de diez años. Cuando se lo ofrecen el gobernante enfurece y lo considera muy poco, el aspiraba a un “Consulado de por vida”. Lo que en realidad aspiraba era a convertirse en emperador y ante lo bien que iban las cosas, el pueblo francés decide elegirlo en soberano iniciando la monarquía. Fouché ya no cabe en ese esquema y el ministerio de policía desaparece, pero para que no se vea mal agradecimiento a los servicios prestados, es nombrado miembro del Senado al tiempo que le regala un millón doscientos mil francos, la mitad del capital de la policía que Fouché había entregado como liquidación. Para 1804, “el hombre del primer manifiesto comunista será el segundo capitalista de Francia y primer terrateniente del país”. Su fortuna alcanza los quince millones de francos. Pero, eso no lo satisface, “el reposo le martiriza, y mientras hace tranquilamente, con bien fingida indiferencia, de Cincinato en el arado, le cosquillean los dedos y le vibran los nervios por volver a coger los naipes de la política”.

Napoléon estaba bien consciente de ello, pero por el momento no requería de su aliado del ayer. “Mientras que Bonaparte sea poderoso, mientras no cometa faltas, no necesita de un criado tan equívoco, ni tan excesivamente inteligente”. Pero, nadie es perfecto. “Convencido por Talleyrand y, a costa de la ruptura del derecho internacional, manda traer entre gendarmes a Louis Antoine de Bourbon, duque de Enghien de territorio neutral y le hace fusilar” bajo los cargos de ayudar a los británicos y conspirar en contra de Bonaparte.

Los efectos son negativos, pronto, “se crea alrededor de Bonaparte un vacío de miedo y terror, de protesta y de odio…”. No tendrá más remedio que “volver a ponerse bajo la protección del Argos de mil ojos, bajo la protección de la policía”. Para lo que vendría, era necesario contar con “un ayudante hábil y sin escrúpulos para su ascensión postrera”. Y quien sino Fouché podía ocupar el cargo.

Una vez que ha retornado, Fouché “está dispuesto a tender el anzuelo para pescar en el Senado la corona imperial. De cebo sirve el dinero y las buenas promesas…”. Pronto, el jacobino de antier, “hoy excelencia… da apretones de mano sospechosos [al tiempo que asedia e intriga] hasta conseguir que… se cree una institución que destruya para siempre las esperanzas de los conspiradores, garantizando la permanencia del Gobierno más allá de la vida de su jefe. Finalmente, “de la pluma de Fouché procede la petición vil y sumisa del Senado con que se invita a Bonaparte a contemplar su obra, dándole forma inmortal. Y aquello tiene premio, “por quinta vez presta Joseph Fouché juramento – el primero lo prestó al gobierno realista; el segundo, a la República; el tercero al Directorio; el cuarto al Consulado”.  Aun cuando la antipatía era mutua, ambos se necesitaban y en 1809, con Napoléon ausente de París, ante la invasión inglesa, Fouché arma el ejército y logra rechazar a los invasores quienes vuelven a sus buques y se repatrian. Aun cuando los ingleses ya no están, el ministro juega a la guerra y moviliza al ejército, hace un llamado “a filas de la guarda nacional de Piamonte, de la Provenza y hasta París, aunque ni cerca, ni lejos, ni en el interior del país, ni en la costa, se ve un solo enemigo”.  Todos lo acusan de preparar una asonada “y al cuartel general de Schoenbrunn llega carta tras carta diciendo que Fouché se ha vuelto loco o conspirador”. Aun cuando lo reprende, Napoléon tiene que aceptar “que fue el único que hizo algo en medio del pavor de los demás ministros; en un momento del mayor peligro para la patria hizo lo oportuno y justo”. Así, llega la hora de convertir al jacobino del antier en aristócrata. El 15 de agosto de 1809, “en el Palacio de su majestad Apostólica el Emperador de Austria, en el aposento regio de Schoenbrunn, el antiguo tenientillo de Córcega, [Napoléon], firma y sella para el antiguo comunista y exprofesor del Seminario, el pergamino… gracias al cual queda nombrado Duc d’Otrante …”. Sin embargo, casi un año después, Napoléon escribiría: “…Duc d’Otrante: sus servicios no me pueden ser ya deseables. Debe usted partir para su senaduría en el término de veinticuatro horas”. No sería sino hasta años después cuando Napoléon trata de mantenerlo atado con aquella falsa regencia de Prusia, misma de la cual Fouché logra desembarazarse de manera intachable y honrosa.

El objetivo era tenerlo alejado de París y así sucede cuando esta ciudad capitula, Napoléon es destronado, Louis XVIII (1814-1824) es erigido rey y Charles-Maurice de Talleyrand -Périgord forma el gobierno. Nuevamente, Fouché está liquidado. Durante el retorno de Napoleón, sus cien días (del 20 de marzo al 8 de julio de 1815), Fouché vuelve a ocupar el cargo de ministro, pero actuando como espía de Louis XVIII. Así hasta el 28 de julio de 1815 cuando Louis XVIII vuelve a entrar a París. Ahí, es recibido por Fouché, “el nuevo ministro de policía del cristianismo rey” el mismo “quien veintidós años atrás condenó a muerte” a su hermano, el rey Louis XVI, por tirano. Y ese sería el principio de su última gloria antes del ocaso definitivo cuando se encuentra con Marie-Thérèse-Charlotte de France, Madame Royale, Duchesse d’Angoulême, hija de Louis XVI y Marie-Antoinette, quien fuera testigo de la ejecución de sus padres. Ante la presión familiar, el rey, comisiona a Talleyrand para que comunicara al Duc d’Otrante que su presencia en la Tullerías ya no era deseable. De esa manera le anuncia que ha sido nombrado embajador en Dresde. Y de ahí a vivir los años tristes del destierro que concluyen, el 26 de diciembre de 1820, en Trieste, Italia.

Aleccionador repaso sobre la vida de un hombre quien, a pesar de los servicios a su patria, no siempre caracterizados por la ética, habría de terminar sus días en el olvido y arrumbado.  Lección que debería de servir a todos aquellos quienes creen que poseer el poder temporalmente habrá de volverlos inmunes a las desgracias ulteriores. Al final de cuentas, no importa el grado de poder acumulado, en cualquiera que sea la actividad, cuando la oscuridad de la noche llega, no habrá nada que los salve, ni nadie que vaya a mostrarse agradecido por lo hecho. Por el contrario, muchos serán quienes, lastimados por tal o cual acción, habrán de regocijarse de la situación y/o buscar la revancha correspondiente. Así ha sido la vida política a lo largo de los tiempos y de esa manera continuará siendo en el presente y lo será en el futuro. Para remembranza de los derribados y de los que en el porvenir caerán. [email protected]

Nota: Los nombres y títulos de los personajes se han mantenido en el idioma original.

Añadido (26.46.145) Es notorio que capacidad le sobra, pero el pastel es muuuuy grande como para que solamente una persona se lo haya engullido.

Añadido (26.46.146) Dos horas adicionales son más que suficientes para practicar las artes en que son diestros y convertir la derrota en triunfo.

Añadido (26.46.147) Si duró 27 años al mando de su país y durante ese lapso perdieron la vida entre 40 y 70 millones de sus conciudadanos, según la fuente que se consulte, producto de la hambruna y la represión. ¿Qué calificativos merece Mao, el de demócrata y benefactor?

Añadido (26.46.148) No obstante el helio que le inyectaron terminó por ser simplemente una serie final.

Notas Relacionadas

Difícil medir ‘efecto Taddei’ en elección; siguen su curso comicios en Coahuila

Hace 1 hora

Mató el corazón a 18 laguneros al día en 2025; principal causa de muerte en la Comarca

Hace 1 hora

¡Ya salió el peine!

Hace 2 horas

Más sobre esta sección Más en Coahuila

Hace 2 horas

¡Ya salió el peine!

Hace 2 horas

Expulsaron a la árbitra

Hace 2 horas

Los tres hermanos confusos