Cuando escuchamos la palabra “hogar”, seguramente nuestra mente vuela a un espacio físico que se sienta acogedor. Quizás sea el lugar que compartimos con nuestra familia de origen; tal vez sea la casa donde pasamos la infancia, con el amor de nuestros abuelos.
O quizás sea el sitio al que regresamos cada día después de un extenuante jornada de trabajo, y donde nos espera alguien que nos ama. O posiblemente sea ese rincón donde no hay ninguna persona esperándonos, pero sí nuestras mascotas, que nos extrañaron durante todo el día.
O bien, el hogar puede ser una cabaña en la montaña: un lugar sencillo pero confortable, con una chimenea que nos repare del frío exterior mientras disfrutamos de una hermosa vista, descansando en los brazos de esa persona a la que tanto queremos.
En realidad, el hogar no es un espacio físico: es más bien, un sentimiento. Es esa sensación que experimentamos cuando podemos bajar las defensas que nos protegen del mundo exterior y, finalmente, estar en paz.
Esto no depende necesariamente de dónde estemos o de la actividad que estemos desarrollando; tampoco depende de que todo en la vida esté resuelto exactamente como quisiéramos.
Sin embargo, el entorno que tenemos a nuestro alrededor y las personas que viven en él, pueden influir de manera profunda. Por eso es muy importante saber elegir a qué personas permitimos entrar y permanecer en nuestras vidas.
Hay quienes no nos hacen bien, que nos drenan la energía y que simplemente no encajan con nosotras y nosotros; no porque sean personas malas o negativas, sino porque, sencillamente, ahí no es.
Por el contrario, hay personas que nos impulsan y nos motivan a sacar nuestra mejor versión; que nos apoyan incondicionalmente, nos sostienen y nos acompañan en las buenas, pero sobre todo en las malas.
Y cuando estas personas tienen, además, la habilidad de regalarnos paz y tranquilidad, es ahí donde se convierten en hogar.
Son esas personas que, independientemente de las batallas que estén librando en sus propias vidas, sabes que siempre estarán cuando las necesitas; no te juzgan y hacen todo lo que pueden por escuchar y sanar aquello que te pueda estar lastimando.
Son esas personas que muchas veces ni siquiera sabes muy bien cómo llegaron a tu vida, aparecieron sin haberlo planeado, pero de inmediato sabes que no quieres que se vayan.
Son aquellas con las que desde el inicio sentiste una familiaridad tan profunda como si las conocieras de siempre y con las cuales, cuando estás a su lado, desearías que el tiempo se detuviera.
Podrías buscar mil explicaciones intentando comprender cómo es posible que algo así suceda, e incluso podrías intentar resistirte por desconfianza. Quizás coincidieron en alguna vida anterior.
Pero más allá de los motivos que busquemos para darle sentido a lo que experimentamos, valdría la pena dejar de racionalizarlo todo, soltar las justificaciones y, sencillamente, darnos el permiso de sentir y de vivir la experiencia.
Porque encontrar a ese tipo de personas a las que siempre queremos regresar, y con las que todo intento de fuga cesa, no es sencillo. Son preciosas y raras. Son un gran regalo que la vida nos puede dar: no lo desperdiciemos.
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