El Saltillo contemporáneo de nuestra juventud y adultez guarda varias historias del premio gordo de la Lotería Nacional, que son dignas de contarse, algunas causaron hilaridad, otras preocupación, alegría y bonanza desde luego, pero otras admiración y tristeza por la forma en que terminaron los favorecidos por la diosa fortuna.
En la parte exterior del Mercado Juárez, frente a la Plaza Manuel Acuña, había un pequeño almacén propiedad de dos hermanos del fotógrafo Rubén García Soto, tenían la clásica apariencia de españoles, nariz aguileña, rubios (solteros los dos), Jesús y Roberto, quienes vendían dulces, cigarros y lotería. Siempre separaban un entero para ellos, el 22088. Un día le pagaron al gordo, pero entre el desorden que tenían en la tienda jamás encontraron el billete, jamás lo canjearon, el dinero se fue a dar la beneficencia pública.
Agustín era el nombre de otro afortunado, que se fue a la Ciudad de México a cobrar el premio y allá se quedó durante un año en que terminó con el dinero “en darse la buena vida”. Terminó con problemas mentales. Vendía quesos, mantequillas y los dos periódicos que se publicaban en Saltillo, El Heraldo y El Diario.
Cuando le quedaba uno de cada uno de los artículos no los quería vender, bajo el argumento de que ¡luego qué grito! Y así se la pasaba todo el día en la calle, caminando por la pequeña ciudad.
Emilio Cedillo, el propietario de una famosa menudería de Saltillo, también lo favoreció la diosa fortuna. Esa noche mandó regalar menudo a sus vecinos y a las cantinas cercanas al negocio que eran muchas. Invirtió su dinero en una “próspera” mina de cal y en otros negocios; compró una recua de mulas para el acarreo del producto y terminó regalando los animales en el ejido donde había instalado una empresa.
Don Rafael Martínez, el fotógrafo del caballito en la Plaza Manuel Acuña, le pegó al gordo de la Lotería Nacional, con un número que muy pocos querían, porque estaba salado y porque identificaba a los homosexuales, el número 41, por aquella famosa redada que en tiempos del presidente Porfirio Díaz hizo la policía de la Ciudad de México. Los vecinos de una colonia denunciaron la existencia de una fiesta donde bailaban hombres con hombres. Todos fueron detenidos y contabilizados, el número 41 era nada menos que el yerno de don Porfirio. El escándalo se generalizó por todo el país y la gente para ofender a alguien le decía eres 41 o joto, porque en la crujía jota encerraron a los presuntos gays.
Era competidor de don Rafael, otro “monero”, don Ponciano Cadena, quien dejó correr la voz que él también era el agraciado y algunos comercios y cantinas en torno de la plaza Acuña le dieron crédito de inmediato.
Después tuvo que apurarse para pagar en abonos.
Don Severino Calderón, maestro y director de la Benemérita Normal del Estado, gustaba reunirse con algunos amigos en el Bar Primavera, cantina de la calle Padre Flores, a la que concurrían músicos representativos del arte de Saltillo, los hermanos Nicolás y Antonio Cuevas, “El Chato” Valverde, José Tapia R., entre otros. Todos muy buenos violinistas, no sólo de la música popular, sino de la llamada clásica.
Cada año, en el cumpleaños del maestro Calderón, los músicos iban en conjunto a darle Las Mañanitas a su domicilio, degustaban del desayuno casero y tocaban algunas melodías amenizando el ambiente. El catedrático remuneraba su actuación.
Una ocasión no tenía dinero que darles y repartió entre cada uno de los artistas un cachito de la Lotería Nacional. Esa ocasión, el “Chato” Valverde no quiso ir porque dijo que era muy poca la paga y él tenía familia que mantener.
En la noche llegó a la cantina El Primavera, un vendedor de lotería a quien decían “Cantinflas”, porque no usaba cinto y constantemente se le bajaban los pantalones, gritando dijo “¡le pegamos al Gordo!”.
Dicen que con un cachito, el violinista de Catedral, don Julián Castillo, que pertenecía al grupo, compró una casa frente a la Plaza de la Madre.
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