Saltillo

Publicado el domingo, 26 de julio del 2026 a las 06:00
Saltillo.- Lo que se ha preservado desde su fundación son los barrios que le dieron identidad a la ciudad, que resisten al paso del tiempo y a la modernidad.
Recorrer sus calles y adentrarse en sus callejones significa sumergirse en la historia y reconocer la identidad de la llamada Atenas de México; sus casas de adobe o ladrillo, sus iglesias y las plazas públicas son estructuras que muestran la esencia de la ciudad.
Actualmente se contabilizan 26 barrios en la ciudad, según el Atlas de Patrimonio Cultural y Natural de Saltillo, elaborado por el Instituto Municipal de Planeación (Implan).
Sin embargo, no todos esos barrios sobreviven, algunos conservan su nombre y otros ni siquiera eso, como el antiguo barrio de San Esteban, que fue consumido por la Zona Centro de la ciudad.
Este barrio lo formaban las manzanas que se ubican desde la calle Ignacio Allende hasta Xicoténcatl, y de Victoria a Manuel Pérez Treviño, que ahora están repletas de locales comerciales.

El historiador Carlos Recio Dávila relató que los barrios son parte de la historia de Saltillo con una identificación muy localizada; las personas que los habitan generan comunidad y comparten tradiciones culturales y religiosas.
“ Los barrios, al mismo tiempo que identifican un espacio más o menos amplio, identifican a la gente que vive al interior, también son una referencia desde el exterior; entonces, el barrio crea identidad entre la gente que vive en él, la que lo habita”, especificó.
Esta apropiación cultural que hacen los habitantes de los barrios también generó conflictos entre las diferentes comunidades, lo que ha dado paso a que surjan personajes como Pancho “La Gallina”, señaló Carlos Recio.
“ Era uno de los grandes promotores de danza de los matlachines. Una vez me comentó que le pusieron ‘La Gallina’ porque, en un pleito que hubo, se agarraron a pedradas entre el Águila de Oro y el Ojo de Agua; cuando empiezan a meter pedradas, él sale corriendo y se mete abajo de la cama, en su casa, le dicen que es una gallina, y se le quedó Pancho ‘La Gallina’ y él lo decía con orgullo como un apodo”, dijo.
En la actualidad el acta de nacimiento de Saltillo se plasma en cinco barrios específicos que resisten y sobreviven al paso del tiempo.
Aunque han sido alcanzados por la modernidad, en las fachadas de sus casas, los materiales con los que están construidas, plazas, parques, monumentos y callejones conservan la historia de nuestra ciudad.

Este barrio se formó pasando el arroyo del pueblo; sus primeros habitantes eran los trabajadores de la fábrica que le dio el nombre a lo que hoy es una de las colonias más reconocidas de Saltillo, La Guayulera.
Ubicado al poniente de la ciudad, el barrio de La Guayulera fue el que le confirió la identidad de ciudad industrial a Saltillo, pues aquí se instaló una de las primeras fábricas, la empresa donde se procesaba la planta de guayule para transformarla en caucho, un material de alta demanda en las dos Guerras Mundiales.
Debido a la necesidad de vivienda, los dueños de la fábrica decidieron construir una centena de casas alrededor de la empresa para que sus trabajadores pudieran trasladarse en poco tiempo; fue así como nació este barrio.
La mayoría de las casas fueron construidas con ladrillo, algunas con adobe, esto se puede constatar con sólo recorrer sus calles, donde aún están de pie las viviendas.

Doña Agustina llegó a La Guayulera con dos hijos y su esposo. Relató que el barrio era tranquilo y lo sigue siendo, pero hubo una época en que había pandillas y protagonizaban riñas; ahora eso ya no se ve en las calles de la colonia.
“ Tengo 75 años viviendo aquí, siempre fue tranquilo, sí, hubo algunas partes donde se peleaban, pero en general es tranquilo; aquí los vecinos se conocen y se ayudan”, reiteró.
El barrio de La Guayulera fue uno de los primeros que se convirtieron en colonia y fue alcanzado por la modernidad; ahora tiene el famoso parque de La Maquinita, un estadio de beisbol y escuelas primarias y secundarias.
La Guayulera es reconocido por ser un barrio bravo, pero al adentrarse en sus calles se puede percibir que hay tranquilidad; es un barrio que siempre está vigilado por el Cristo de las Galeras, un barrio que también resiste y que le da identidad a Saltillo.
El barrio del Ojo de Agua es el que le da nombre a la ciudad. Cuando los españoles pasaron por el pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala y observaron los brotes de agua del manantial que saltaban hasta dos metros sobre las empinadas lomas del sur, decidieron llamarlo Saltillo, en referencia a esos saltos.

Contrario a lo que todo el mundo sabe sobre la fundación de la ciudad, en realidad el brote que dio nombre a Saltillo se ubicaba más debajo de la loma, donde hoy está el Ojo de Agua, en la Plaza de Armas, señaló el historiador.
“ No se funda ahí porque era imposible hacer entre las peñas y el declive algunas habitaciones, entonces la crean donde brota el agua después de salir del Ojo de Agua; se volvía subterránea y brotaba en la Plaza de Armas, entonces la ciudad se fundó ahí, pero el Ojo de Agua, que fue el motivo de la fundación por la cantidad de agua que existía, se ha convertido en el barrio más emblemático”, explicó Carlos Recio Dávila.
Es por ello que este barrio ha sido declarado como Barrio Mágico, y en verdad hace honor a esa clasificación. En este barrio prácticamente nació la ciudad; es una zona llena de cultura y fe. La iglesia que se erigió sobre el Ojo de Aguadonde se “fundó” Saltillo es una de las más reconocidas de la ciudad.
Así como Saltillo, don Gilberto nació en este barrio, quien contó que su madre fue atendida por el reconocido doctor Mariano Narváez, en una casa que está frente a la iglesia del Santo Cristo del Ojo de Agua.
Don Gilberto señaló que Ojo de Agua es un barrio mágico porque le da identidad a la ciudad; aquí surgieron las tradiciones más arraigadas de Saltillo como el famoso Viacrucis Viviente, cada Semana Santa.
También es donde inicia la gran Matlachinada, donde miles de danzantes recorren las calles del barrio hasta llegar a la Catedral de Saltillo, una de las expresiones culturales que definen a la ciudad.
Cuando se celebra la fiesta patronal de la iglesia del Ojo de Agua, las calles se llenan de puestos de comida, danzantes, peregrinaciones y, por la noche, se iluminan con fuegos artificiales.

La cultura es lo que define a este barrio, dice don Gilberto, al compartir uno de los recuerdos más emotivos de su infancia, cuando colaboró con el equipo de sonido del rey del mambo, Dámaso Pérez Prado.
“ Venía al Deportivo Ojo de Agua, allá en la de Hidalgo, vino Pérez Prado y yo estaba chico, tenía como 13 años, le ayudaba a sus músicos a poner el micrófono”, indicó.
Esa es la magia que tiene el Ojo de Agua, dice don Gilberto, quien también se autoproclama como impulsor de la preservación de este barrio.
Además del manantial y la parroquia del mismo nombre, en el Ojo de Agua también se ubica el Mirador de Saltillo, desde ahí se puede observar el valle donde se asentó esta ciudad.
Subir los 152 peldaños adoquinados en la escalinata del barrio Santa Anita, es recorrer el arte de la historia misma de la ciudad; desde lo alto de la Loma de la Cruz se puede tener una vista impresionante del poniente y el norte del valle de Saltillo.
Santa Anita es uno de los barrios más conocidos en la ciudad por esa escalinata y por su iglesia ubicada en lo alto de la loma, que lleva el mismo nombre de este barrio. Es aquí donde cada 2 de noviembre se instala el monumental altar de muertos, el cual es visitado incluso por personas de origen extranjero.

El barrio estuvo a punto de desaparecer; fue hasta hace una década atrás que se restauraron las fachadas de las casasasentadas sobre la escalinata, se pintaron los barandales y se le devolvió la magia a Santa Anita.
Francisco Javier de la Peña, quien vive en la casa que se ubica al pie de la escalinata, recordó cómo fue su infancia en la época en la que el barrio estaba más “vivo”.

Refirió que la gente que aún vive ahí, en su mayoría adultos mayores, es la que hace que el barrio sobreviva y siga dando esa identidad a Saltillo como una ciudad de grandes tradiciones.

En este barrio se tejió la historia de Saltillo, pues es cuna de la icónica prenda que le da identidad a esta ciudad, el sarape, además fue una de las rutas comerciales más importantes para los primeros pobladores.
El Águila de Oro fue bautizado así por una de las primeras tiendas de abarrotes que se instaló en la esquina de las calles Simón Bolívar y Mariano Matamoros, relató el historiador Carlos Recio; esa tienda ya desapareció, en su lugar se abrió un Oxxo.
En esta vecindad nació y pasó su infancia doña Norma Valdez, quien sigue viviendo en el barrio pero fuera de la vecindad. Ella relató que, a pesar de lo que se dice sobre la inseguridad en esta zona, Águila de Oro es un barrio tranquilo.
Doña Norma recordó cómo fue vivir en este barrio: a espaldas de la vecindad estaban las grandes huertas de nogales, en las cuales trabajaba; cuenta que el barrio ha cambiado mucho, las personas que crecieron ahí ya se mudaron a otras partes de la ciudad, algunas, como ella, decidieron quedarse porque ahí están sus recuerdos.

En la esquina de Bolívar y Guerrero se encuentra la Escuela del Sarape, que antes era una textilera donde se tejía la prenda más representativa de Saltillo, esa que nos da reconocimiento internacional.
El Águila de Oro resiste a pesar de sus casas desmoronadas y abandonadas; son personas como doña Norma las que le siguen dando vida.
Cuando se habla de Landín las personas generalmente piensan en las peligrosas curvas o en las vías del ferrocarril, se remontan a las noticias de nota roja sobre riñas, pero Landín es mucho más que eso.
Recorrer las calles de este barrio, más allá del periférico Luis Echeverría Álvarez, es hacer un recorrido por el pasado; la mayoría de las casas están construidas con ladrillo y no con bloques de concreto, esto es así por la cercanía del barrio con las ladrilleras de la ciudad.
Doña Felicitas Aguirre lleva 75 años viviendo en este barrio y lo describió como un barrio tranquilo, donde las personas se apoyan entre ellas.

Para los habitantes de Landín la fe es muy importante; las semanas previas al día de la Virgen de Guadalupe, el 12 de diciembre, las calles de Landín se llenan de danzantes porque las personas realizan el novenario guadalupano.
El barrio de Landín se asentó en lo que antes era la Hacienda del mismo nombre, de la cual sólo sobrevive la antigua capilla, que ahora es una biblioteca pública.
Landín es un barrio que marcó el principio de la industrialización de la ciudad; ahí se instaló, en lo que ahora es el parque Venustiano Carranza, una fundidora de metal, por lo que los habitantes de esta zona se conformaban en su mayoría por los trabajadores de esa fábrica.
También significó un punto comercial importante para la ciudad; las vías del ferrocarril cruzan por este barrio y eso permitía que los habitantes realizaran actividades comerciales, relató el historiador Carlos Recio.
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