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Coahuila

Los días de difuntos

Por Sandra Rodríguez Wong

Hace 3 años

Casas y calles en todo México rebosan de colorido, se adornan entradas, balcones y mesas, con pequeñas papeletas de figurillas recortadas, como dando la bienvenida a un huésped especial.

El color amarillo de una flor viva resplandece de entre los demás, mezclándose el olor del capullo con el de la canela, el incienso y el dulce, amalgamándose en una seductora fragancia que nos evoca a fiesta y a muerte.

El reflejo de la dorada flor del cempasúchil enciende el deseo de quien lo espera, de que ilumine el camino de retorno a esta vida, de aquellos que se fueron, y que dirijan sus almas a la ofrenda que se ha dispuesto para recibirlos por tan solo unos instantes.

El Día de Muertos coincide, según el Instituto Nacional de Antropología e Historia, con el calendario azteca, en el que se marcaba el final del ciclo anual del maíz.

El calendario agrícola prehispánico señalaba dos fechas importantes: uno, la fertilidad o la primavera, con la que iniciaba el perIodo y el otro al terminar las cosechas, y tenía lugar entre los meses de septiembre y noviembre.

También se advierte por algunos otros historiadores, que la celebración del Día de Difuntos en México es una tradición prehispánica y que procede de la costumbre de guardar los cráneos de los muertos como trofeos y presentarlos durante los rituales a efecto de simbolizar la muerte y el renacimiento.

Con la conquista, la tradición no desapareció como muchas otras, más bien se hizo coincidir la festividad indígena con la católica, el Día de los Fieles Difuntos y el Día de todos los Santos, 1 y 2 de noviembre, respectivamente.

El 1 de noviembre se celebra el Día de Todos Los Santos, fiesta eminentemente religiosa de tradición cristiana comenzada en Europa en el siglo 13, día en que se homenajea a todos los mártires conocidos y desconocidos que murieron en nombre de Cristo.

Esta tradición –se señala sin mucha precisión–, procede del papa Gregorio IV, quien en el año 835 dio instrucciones en tiempos de Luis el Piadoso, para que se marcara en el calendario el 1 de noviembre y se extendiera su celebración, ya que coincidía con una de las festividades de los pueblos germanos, y su objetivo era eliminar las celebraciones paganas, puesto que con ella se marcaba el final de las cosechas y el año nuevo Celta, comenzando el All Hallow Tide, hoy Halloween.

Además esta fecha, también guardaba sincronía con la de Los Fieles Difuntos, realizada un día después, y fue en el siglo 14, cuando la Iglesia católica incluyó en su calendario esta conmemoración para recordar a los fallecidos por diversas pandemias, como la peste negra.

La Unesco, en la declaratoria del Día de Muertos como patrimonio intangible de la humanidad, dice que las fiestas indígenas dedicadas a los muertos son una festividad sincrética entre la cultura prehispánica y la religión católica, que dado el carácter pluricultural y pluriétnico del país.

Lo anterior ha dado lugar a expresiones populares diversas, transmitidas de generación en generación, y a las que, con el paso del tiempo, se han añadido diferentes significados y vocaciones de acuerdo con el pueblo indígena, comunidad o grupo, que la llevan a cabo en el campo o en la ciudad.

Así por ejemplo, se adoptaron después de la invasión algunas de las costumbres españolas, como enterrar a los muertos, rezar por el alma del difunto con cirios y consumir postres en forma de huesos, como las calaveras y el pan de muerto.

Con el tiempo ha generado y agregado expresiones populares como la Catrina y las calaveritas, que hacen de esta época del año una de las más especiales y populares en el país, ya que en México es el único sitio donde “la muerte se vive de una manera especial”.

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