POR: JESÚS SILVA-HERZOG
La hegemonía del nuevo régimen se sostiene con dos candados. Uno es el candado de las elecciones y el otro el de la gobernabilidad. El partido oficial se ha convertido en la única opción. Ante el descrédito de las alternativas, el juego de la política está dentro de Morena. El pluralismo sobrevive en algunas plazas, pero en prácticamente todo el país no hay más que una sopa. Ni los gobiernos morenistas más desacreditados y corruptos han estimulado la formación de oposiciones locales atractivas. Si alguien busca prueba de esa condición hegemónica que cancela la competencia democrática, la encontrará en el estado de Sinaloa, donde Morena tiene, según las encuestas, serias probabilidades de conservar el mando. Ningún fracaso es suficiente para inflar a las alternativas.
Los electores reconocen el mal desempeño de los gobiernos morenistas en muchos ámbitos, pero no tragan las opciones que se les presentan. La gente se identifica menos con el partido del Gobierno, pero no parece estar dispuesta a darle una oportunidad a los partidos viejos ni a los nuevos. El predominio electoral de Morena no enfrenta más riesgo que las rupturas que pudieran aparecer en las próximas semanas.
Pero la hegemonía no es simple predominio electoral. La hegemonía se asienta en reglas y en instituciones que dan a un partido ventajas prácticamente irremontables. El partido hegemónico puede violar las reglas y no sufrir consecuencia alguna. Los árbitros son abiertamente promotores de los intereses de uno de los competidores.
La denuncia viene de la misma herradura del Instituto Nacional Electoral. El consejero Arturo Castillo reconoció ahí lo que se ve a kilómetros de distancia. El Instituto ha renunciado a sus deberes. Como hace tres años, el partido del Gobierno pasa por encima del calendario electoral sin consecuencia alguna. “El INE parece haber claudicado a su función de vigilar y arbitrar las elecciones”.
El Gobierno y el partido se funden. Los recursos públicos se emplean sin ninguna transparencia para beneficiar al partido en el poder. Las redes administrativas se ponen al servicio del partido sin que haya instancias independientes que lo impidan. Las reglas se aplican o se ignoran según la conveniencia del partido. La interpretación de las normas es sistemáticamente parcial. En la obstrucción de la competencia, en las ventajas económicas e institucionales de uno de los jugadores, en la parcialidad de los árbitros está el primer candado de la hegemonía.
Hay otro candado que refuerza el primero. Morena y sus gobiernos han hecho pactos de muy serias consecuencias. Han estado dispuestos a hacer alianzas electorales costosísimas y han hecho también pactos de gobernabilidad que, seguramente, resultarán más gravosos para el pluralismo democrático. Morena no solamente ha construido una poderosísima maquinaria electoral y ha logrado someter a los árbitros.
También ha tejido una red de acuerdos que hacen muy difícil gobernar fuera de Morena. Los gobiernos morenistas han concedido al Ejército un poder gigantesco que inevitablemente compromete la autonomía del poder civil. Al convertir al Ejército en el brazo de la eficacia administrativa, en aliado de partido, contratista privilegiado y hasta en símbolo de la nacionalidad le han conferido un poder que será muy difícil disciplinar.
Los acuerdos con el magisterio, la anulación de la reforma educativa de Peña Nieto obedecen a la misma lógica de la gobernabilidad. Morena no se acercó a los sindicatos solamente en busca de votos. Cedió a sus peticiones para alcanzar un orden que pusiera fin a las movilizaciones sindicales.
En nombre de esa paz educativa se les regaló a los sindicatos el veto sobre cualquier cambio. En el momento en que resulta más urgente sacudir la estructura de la educación en el país, el Gobierno se encuentra en la posición más débil frente al poder de los inmovilistas. Pactos que hacen impensable la reforma hoy o en el lejano día en que llegue la alternancia.
Esos pactos con el Ejército, con los sindicatos, con el crimen, con los poderes locales han amarrado la gobernabilidad a la permanencia de un partido en el poder. Esa es la gran trampa de la hegemonía: hacer inconcebible la alternativa.
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