Dos de los cuatro últimos presidentes fueron previamente gobernadores y uno jefe de Gobierno: Vicente Fox (Guanajuato/PAN), Enrique Peña Nieto (Estado de México/PRI) y Andrés Manuel López Obrador (Ciudad de México/PRD). Fox derrotó en 2000 a Francisco Labastida y a Cuauhtémoc Cárdenas, quienes también habían sido mandatarios, de Sinaloa y Michoacán. Seis años más tarde, los gobernadores priistas Arturo Montiel (Edomex); Tomás Yarrington (Tamaulipas), quien en marzo pasado se declaró culpable de lavado de dinero en una corte de Texas; Enrique Martínez (Coahuila) y Miguel Ángel Núñez (Hidalgo) le disputaron la candidatura al exhomólogo tabasqueño Roberto Madrazo. Montiel obtuvo la candidatura del Tucom (Todos Unidos contra Madrazo), pero declinó al develarse la punta del iceberg de la fortuna obscena acumulada en su sexenio.
Madrazo impuso su candidatura desde la presidencia del PRI, pero los gobernadores le hicieron el vacío. Felipe Calderón (PAN) ganó con 15 millones de votos; Andrés Manuel López Obrador (PRD) le pisó los talones con 14.8 millones; y Madrazo solo recibió 9.3. El margen de apenas siete décimas de puntos porcentuales entre el primero y el segundo lugar y la suspensión del cómputo por parte del Instituto Federal Electoral (IFE) dio carta de naturalidad a la leyenda del fraude electoral más grande en nuestro país después del de Salinas de Gortari en 1988.
Antes de la alternancia, ningún ejecutivo local podía dar el salto a la Presidencia de la República. Debían pasar primero por el Gabinete. Calderón compitió en 1995 por la Gubernatura de Michoacán y perdió con Cristóbal Arias (PRD). Peña Nieto llegó a Los Pinos apadrinado por los gobernadores del PRI, quienes previamente habían socavado la autoridad de un Presidente débil y deslegitimado como Calderón, inmerso en la guerra contra la delincuencia organizada que bañó de sangre al país. El poder de los gobernadores alcanzó su clímax en el sexenio de Peña Nieto, a quien terminaron de hundir.
El foco de las sucesiones presidenciales cambió a los estados a partir de la primera alternancia tras décadas de centralismo. El triunfo de AMLO en 2018 lo explica el agotamiento del bipartidismo PRI-PAN, pero, sobre todo, su contacto permanente con la población y el conocimiento de los problemas nacionales, producto de sus recorridos por todas las regiones y de tres campañas consecutivas. Frente a un líder con esas características, el triunfo de un tecnócrata como José Antonio Meade (PRI) y de un político ambicioso como Ricardo Anaya (PAN) era imposible. Anaya sigue ahora los pasos de AMLO y atraviesa el país en busca de votos para una eventual segunda candidatura.
Los principales aspirantes para la sucesión de 2024 también son o han sido gobernadores: Claudia Sheinbaum, Marcelo Ebrard (CDMX) y Ricardo Monreal (Zacatecas) de Morena; Diego Sinhue (Guanajuato), Francisco Domínguez (Querétaro), Mauricio Vila (Yucatán) y Javier Corral (Chihuahua) del PAN; Enrique Alfaro (Jalisco) y Samuel García (Nuevo León), quien asumirá el cargo el 4 de octubre próximo. ¿Y del PRI? ¿Alejandro Moreno, quien sepultó al dinosaurio? Ni de broma. De los mandatarios tricolores en funciones, Omar Fayad (Hidalgo) y José Murat (Oaxaca) concluirán sus gestiones el año próximo; y en 2023 Miguel Riquelme (Coahuila) y Alfredo del Mazo (Estado de México). La cuestión es si entonces el PRI gobernará alguna de esas entidades o si las cuatro ya se habrán pintado de guinda.
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