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Agencias
Publicado el domingo, 8 de agosto del 2010 a las 14:00
Culiacán, Sin.- Proceso El ataúd era de metal con chapa de oro. Valuado en 65 mil dólares, esa tarde resplandecía tanto como el sol abrasador en esta región, donde la temperatura rayaba los 48 grados centígrados. En su interior yacía el cuerpo del narcotraficante Ignacio Coronel Villarreal.
A su lado el féretro de su sobrino, Mario Carrasco Coronel, “El Gallo”, también de metal, aunque más sobrio, lo acompañó durante las exequias. Ambos murieron con horas de diferencia entre el 29 y el 30 de julio a manos del Ejército.
“Nacho” Coronel fue vestido de forma elegante: traje beige y camisa blanca; enmarcado su rostro por una barba oscura y abundante bigote.
Los cuerpos estuvieron tendidos en la sala Premier, la más grande de la funeraria Moreh, durante 15 horas. Los asistentes rezaron el rosario en cinco ocasiones y entonaron cánticos religiosos para acompañar la velación. Los féretros estuvieron abiertos todo el tiempo.
Apenas en diciembre pasado en esa funeraria, en el mismo velatorio y en la misma sala, estuvieron los restos de uno de los enemigos de “Nacho” Coronel: Héctor Beltrán, “El Jefe de Jefes”, ejecutado en Cuernavaca, Morelos, el día 16 de ese mes, por un grupo de marinos.
El entierro de Coronel fue en el panteón Jardines de Humaya, en esta ciudad.
Los cuerpos de “Nacho” y “El Gallo” llegaron a la ciudad el martes 3 alrededor de las 9 de la noche. Los recibieron elementos del Ejército y, tras los trámites, los restos fueron trasladados a la funeraria.
Alrededor de 200 militares vigilaban la zona, lo que complicó el acceso al velatorio. El cortejo fúnebre llegó al panteón precedido por dos carrozas con los cuerpos de “Nacho” Coronel y su sobrino. Una era un lujoso Cadillac, la otra un BMW.
En la entrada del cementerio estaban dos orquestas que, apenas llegaron los ataúdes, interpretaron la canción “Nadie es Eterno en el Mundo” y se unieron al séquito para acompañar los cuerpos a sus tumbas: “Cuando ustedes me estén despidiendo, con el último adiós de este mundo, no me lloren, que nadie es eterno, nadie vuelve del sueño profundo…” Después entonaron “Te vas Ángel Mío”.
Y se detuvieron frente a una pequeña y modesta capilla de cantera gris en la que yacen los cuerpos de Magdaleno Coronel Villarreal y Raymundo Carrasco Coronel, hermano y primo de “Nacho”, respectivamente. Ambos fallecieron el 3 de junio de 1993; el primero tenía 33 años y el segundo 21.
Vestidas con pantalón de mezclilla y playera negra, con lentes oscuros, las mujeres de la familia Coronel despidieron a “Nacho” y a Mario con lágrimas, entre tragos de Buchanan’s 18.
Antes de que el ataúd de Ignacio Coronel fuera depositado en la sepultura, uno de sus sobrinos, Ismael Coronel Carrizosa, vació una de las botellas sobre el féretro dorado.
EL ACOSO AL CÁRTEL DEL PACÍFICO Pero el golpe que dobló al capo fue la muerte de su hijo Alejandro, a principios de abril pasado. Un grupo de 30 pistoleros, que se identificaron como policías, llegaron al complejo turístico El Tigre e irrumpieron en el departamento 214 del condominio Green Bay, ubicado en Bahía de Banderas, Nayarit, y se llevaron al joven de 16 años y a uno de sus primos.
En el operativo murió Fernando Gurrola Coronado, ex dirigente de la Federación de Estudiantes Universitarios. El capo reaccionó ese mismo día. Alrededor de 60 hombres armados del cártel del Pacífico se desplazaron al poblado San José de Costilla, en Jalisco, en 15 vehículos.
Pasadas las 11 de la noche de ese 5 de abril arribaron a una casa ubicada en las afueras de esa localidad y ametrallaron el inmueble. El resultado: 12 muertos. Los sicarios sacaron los cadáveres y los llevaron a una parcela. En el camino quedaron tres, todos tenían el tiro de gracia; los otro ocho quedaron calcinados en una camioneta Cheyenne.
Tras la muerte de su hijo Alejandro, “Nacho” Coronel “empezó a perder el control que tenía en el centro del corredor del Pacífico”, informó el semanario local “RíoDoce” en su edición que comenzó a circular el lunes 2.
Aun así, Nacho se lanzó contra Héctor Beltrán Leyva, “El H”, a quien acusó de la muerte de Alejandro Coronel. Envió un comando a Hermosillo, Sonora, para capturar a su rival. El 13 de abril los sicarios del cártel del Pacífico rodearon la residencia del “H”, ubicada a 300 metros del cuartel general de la Policía Estatal Preventiva, y se llevaron como rehén a Clara Helena Laborín Archuleta, esposa del capo sinaloense.
“El H” no dio señales de vida. Seis días después, la señora fue liberada. Apareció en la esquina de Reforma y Luis Donaldo Colosio, aledañas a la Universidad de Sonora. Estaba atada de pies y manos y con vendas que le cubrían la mitad de la cara.
Junto a ella había tres mensajes dirigidos a Héctor Beltrán Leyva: “Nosotros te vamos a enseñar a ser hombre y a respetar a la familia, asesino de niños”, decía uno: “Aquí está tu esposa, por la que te negaste a responder. Te la entrego sana y salva para que veas y aprendas que para nosotros la familia es sagrada”, rezaba el segundo; y el último remataba: “Nosotros no matamos mujeres, ni niños, únicamente vamos por ‘El Hache’ y ‘El Dos Mil’, así como por varios policías”.
Desde entonces, la zona metropolitana de Guadalajara, controlada por “Nacho” Coronel, comenzó a calentarse por las aprehensiones de sicarios, los enfrentamientos con los cuerpos policiacos y con militares, las ejecuciones, cateos y decomisos de droga.
EL DESPLIEGUE Incluso, dice, solicitó asesoría legal: “Quiero saber qué puede pasar en caso de que me agarren”. Sus interlocutores le recomendaron irse para Sinaloa o Durango y construir una casa. Allá, le insistieron, estaría más seguro.
El día del operativo militar en Colinas de San Javier, Zapopan, los escoltas de Coronel observaron el despliegue militar y de inmediato se desplegaron en sus vehículos para impedir que las tropas entraran, aunque nunca pensaron que fueran por su jefe, admite la fuente.
“’Nacho’ se quedó con un hombre (Irán Francisco Quiñones). Él no mató –agrega–. Mire, las órdenes del Ejército fueron precisas: destruir al enemigo, no capturarlo. Para justificar su muerte, le pusieron una pistola en la mano y jalaron el gatillo para que la prueba de radizonato de sodio saliera positiva”.
–¿Quién va a suceder a “Nacho”? –pregunta la reportera a su entrevistado.
–Hay muchos, pues “Nacho” no sólo preparaba a su sobrino Mario.
–¿Existe la posibilidad de que “El Mayo” y “El Chapo” hayan entregado a “Nacho”?
–No. Lo mismo decían del “Vicentillo” (Zambada), pero no.
“Nacho” Coronel empezó a tener problemas a fines de 2008.
En su edición reciente, “RíoDoce” sostiene que Coronel Villarreal llevaba 15 días sin salir de su casa. Incluso mandaba pedir comida. Sabía que lo estaban esperando. El Ejército lo había detectado y sólo esperaba que se moviera para detenerlo. Una fuente consultada por Proceso, que solicitó el anonimato, confirma que las dos semanas previas a su ejecución, “Nacho” Coronel temía que lo detuvieran.
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