Arte

Publicado el martes, 27 de octubre del 2026 a las 05:09
Guadalajara, Jal.- Antes de que sus muros de colores, sus jardines silenciosos y sus espacios de luz conquistaran la mirada internacional, Luis Barragán (1902-1988) fue un joven arquitecto que buscaba traducir en formas las imágenes que había acumulado durante sus viajes.
En su memoria estaban las casas de su infancia en la sierra del Tigre, las construcciones rurales de Jalisco, los patios, las fuentes y la manera en que la vida cotidiana se acomodaba alrededor de la arquitectura. También los paisajes mediterráneos, las tonalidades, las texturas y las atmósferas que descubrió en Europa.
De esa mezcla de recuerdos, observación y sensibilidad nacería una obra capaz de convertir experiencias íntimas en espacios de reconocimiento universal.
Esa historia, previa al reconocimiento internacional, vuelve a tomar forma en la galería Tiro al Blanco de Guadalajara, donde la exposición Barragán & Robles León, Memoria y materia reconstruye los primeros pasos del arquitecto tapatío a través de muebles, fotografías y obras de arte que sobrevivieron al tiempo.
La muestra, curada en coautoría por el director de la galería, Rodrigo Hernández, y el arquitecto Xavier Iturbide, parte de un descubrimiento familiar y reconstruye una relación que merece un lugar en la historia de la arquitectura mexicana: la de Emiliano Robles León, abogado y notario tapatío, con un arquitecto que todavía no tenía obra construida cuando recibió de él su primer encargo.
Barragán tenía 25 años, Robles León, 38. El joven arquitecto regresaba de Europa con ideas nuevas, influido por los paisajes mediterráneos y la arquitectura que había conocido durante sus viajes. Necesitaba una oportunidad para ponerlas en práctica. El abogado, vinculado profesionalmente con la familia Barragán, se la ofreció.
La primera encomienda fue remodelar la casa familiar ubicada en Madero 607, esquina con Pavo, en el Centro de Guadalajara. Era 1927. Aquella intervención, conocida como Casa Robles León, marcaría el inicio de una trayectoria que llevaría al arquitecto a recibir el Premio Pritzker, en 1980, el máximo reconocimiento internacional de la arquitectura, que hasta ahora sólo ha obtenido un mexicano.
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El mérito que tuvo Robles León fue darle la oportunidad a este joven Barragán de expresar cien por ciento las ideas que traía, básicamente dejándolo ser”, explica Iturbide, bisnieto de aquel primer cliente.
La confianza no se agotó en una sola casa pues durante los siguientes años, Robles León recurrió nuevamente a Barragán para intervenir otras propiedades familiares, incluidas dos casas destinadas a renta en avenida La Paz 1877 y 1923, y la residencia de descanso frente al lago de Chapala.
En estos proyectos, la arquitectura y el mobiliario formaban parte de una misma búsqueda: diseñar espacios donde cada objeto tuviera sentido dentro del conjunto.
La exposición reúne más de 40 obras y piezas de mobiliario, algunas diseñadas por Barragán y otras seleccionadas por él para las casas de la familia. Entre ellas se encuentra la silla Miguelito, de 1927, reconocible por sus pequeñas alas laterales, además de bancos, mesas y otros objetos que permiten observar cómo el arquitecto concebía el interior doméstico mucho antes de consolidar el lenguaje por el que sería reconocido internacionalmente.
Hay algo revelador en la manera en que estos muebles han llegado hasta la actualidad. No fueron concebidos para permanecer inmóviles bajo la luz de una sala de museo: se utilizaron, se mancharon, se rozaron y, en algunos casos, estuvieron a punto de desaparecer, recuerda Iturbide, quien añade que muchos muebles fueron regalados cuando dejaron de gustarles a sus propietarios. Su valor no era evidente: eran objetos de uso, parte de una vida familiar que transcurría sin pensar en su importancia histórica.
Es interesante sacarlos de su contexto doméstico, exhibirlos como objetos de diseño que no necesariamente buscaron serlo, simplemente buscaron servir”, señala Iturbide.
Para Hernández, quien por primera vez firma una curaduría, esa dimensión cotidiana constituye el corazón del proyecto.
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Muchas veces, en lo cotidiano, te pierdes del valor de las cosas, sólo el tiempo determina qué es aquello que tuvo valor o no”, reflexiona.
La idea surgió de una conversación casual entre ambos. Iturbide contó que su familia conservaba muebles de Barragán y que la casa de Chapala seguía en manos de sus descendientes. Hernández encontró en esa historia la posibilidad de construir una exposición distinta: no una revisión académica convencional de la obra del arquitecto, sino una aproximación desde los objetos, la memoria y las personas que hicieron posible sus primeros proyectos.
Legado vigente en asedio
Para Iturbide, la vigencia de Barragán tiene que ver con su capacidad para encontrar una identidad sin convertirla en un manifiesto. Su arquitectura fue resultado de una búsqueda que reunió influencias europeas, tradiciones mexicanas, conversaciones con otros creadores y una atención constante a las formas de habitar.
Luis Barragán siempre buscó encontrar la arquitectura perfecta, su propósito final era la búsqueda de la perfección en la arquitectura, de la esencia del humano a través de la arquitectura”, define el arquitecto.
En Guadalajara, Barragán compartió ideas con arquitectos como Rafael Urzúa y Pedro Castellanos; dialogó con artistas y artesanos, y desarrolló un lenguaje que se transformaría a lo largo de su trayectoria. Los muebles de Robles León conservan indicios de esos intercambios, visibles en sus formas y en la evolución de las piezas.
La exposición también hace una pausa frente a la fragilidad de ese legado. Mientras la obra de Barragán convoca visitantes internacionales, algunas de las casas que diseñó en Guadalajara han sufrido modificaciones y otras enfrentan intervenciones que amenazan sus valores arquitectónicos. Las propiedades de la familia Robles León sobre avenida La Paz forman parte de ese panorama.
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Cuando la gente no conoce algo, no lo puede cuidar”, advierte Iturbide, quien impulsa Revisiones GDL, plataforma dedicada a divulgar el patrimonio edificado de la ciudad.
La muestra busca, precisamente, ampliar ese conocimiento: mirar la arquitectura desde los muebles, las fotografías, las amistades y las oportunidades que hicieron posible una obra. También abre la posibilidad de una investigación más extensa. Tras la inauguración, otros familiares comenzaron a compartir información sobre lámparas, biombos, cabeceras, mesas y objetos que todavía conservan y que fueron elegidos por Barragán para decorar distintos ambientes.
Hernández e Iturbide consideran que este primer acercamiento podría derivar en nuevas exposiciones y en un catálogo que reúna los hallazgos. Por ahora, la galería permite asomarse a una historia que permaneció durante décadas en el ámbito privado.
Barragán & Robles León puede visitarse en la calle Juan Álvarez 833 hasta diciembre.
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