Internacional
Por
Abdel Robles
Publicado el martes, 30 de diciembre del 2008 a las 16:00
Madrid, España.- “Todos los tramposos son simpáticos. Y Bernard Madoff lo era hasta el punto de que iba a los funerales de sus inversionistas”, explica el consultor Isaac Cohen. Se trata de uno de los mayores fraudes financieros de la historia, si no el mayor. Pero Madoff no engañó a todos.
Hubo alguna entidad, como la francesa Société Générale, que cumplió con su deber de supervisar el lugar donde pensaba invertir el dinero de sus clientes. Hace cinco años, cuando todo lo que rodeaba a Madoff olía a prestigio y solvencia, un equipo del banco acudió a la oficina de Manhattan para efectuar una supervisión rutinaria. Y vieron que los números no cuadraban. Lo mismo ocurrió con Aksia, una empresa neoyorquina especializada en asesorar sobre fondos de inversión. La gente de Aksia, tras 18 meses de inspecciones, averiguaron el año pasado que la contabilidad de la empresa de Madoff la llevaba la compañía Frieshling & Horowitz. Y detrás de esa empresa sólo había tres personas. Una de ellas tenía 78 años y vive en Florida y la otra era una secretaria.
PRIMERAS SOSPECHAS
Además, hubo gente como el financiero Harry Markopolos, de Boston, que trabajaba en una empresa rival y venía remitiendo cartas a la SEC ¡desde 1999! en las que denunciaba que Madoff estaba actuando ilegalmente con un sistema Ponzi. “Yo fui el chico que gritó que viene el lobo”, declaró Markopolos esta semana. A Markopolos le espolearon sus jefes para que consiguiera los mismo resultados que Madoff.
Pero era imposible. No disponía de pruebas corroborables, pero escribió en el año 2000 una carta que comenzaba diciendo: “Soy un idiota por hacerles perder el tiempo” y en las que pedía que se investigara a Madoff. La carta llegó a Edward Manion, un empleado de la SEC en Boston, que le confió por teléfono: “Esto parece serio”. Al año siguiente, la investigación de la SEC en Boston pasó a Nueva York. Pero Manion pidió a Markopolos que siguiera remitiendo informes a la sede central de la SEC. Y así lo hizo durante ocho años.
CONFLICTO DE INTERESES
Por fin, en junio de 2006, la SEC abrió una investigación sobre Madoff. Ese mismo año, Eric Swanson, un funcionario de la SEC de nivel medio, conoció a Shana Madoff, una nieta del financiero que trabaja como abogada en la empresa de Madoff. Swanson dejó su puesto en la SEC y se casó el año pasado con Shana. En noviembre de 2007 la SEC concluyó su investigación afirmando que no había evidencia de fraude en la empresa de Madoff. Hay quien se pregunta si en la actitud de la SEC influyó en algo la relación del funcionario Eric Swanson con la nieta de Madoff. Puede incluso que alguien de la SEC cobrara no ya por mirar hacia otro lado -cosa que era imposible puesto que la investigación tenía como objetivo descubrir si se había producido un fraude de sistema piramidal-, sino por mentir a sabiendas. O puede que sólo influyera el hecho de que los inspectores de la SEC creían en la magia de Madoff. Los intereses que supuestamente repartía iban hacia arriba cuando todo el mundo se precipitaba hacia el fondo de la crisis. Y Madoff siguió jugando al golf y reclutando clientes.
En un acto de asunción de responsabilidad sin precedentes, el presidente de la SEC, Christopher Cox, reconoció que durante casi una década hubo “específicas y creíbles” denuncias contra la empresa de Madoff a las que la Comisión de Valores no prestó atención. Cox puso en marcha una investigación interna. Pero antes de empezarla ya se sabe que la SEC se conformó con estudiar los libros que el propio Madoff le facilitaba, libros que estaban llenos de datos falsos, según reconoce ahora el propio Cox, sin solicitar una autorización judicial para inspeccionar todas las cuentas. La semana pasada, el presidente electo, Barack Obama, ya nombró a la que será sustituta de Cox en la SEC, Mary Schapiro.
LOS QUE GANARON
Madoff tampoco logró engañar, probablemente, a algunos inversionistas que supieron retirarse a tiempo. “Y ésos estarán ahora bien calladitos, pero seguro que ganaron un buen dinero”, indica un economista afincado en Washington que prefiere no revelar su nombre. Esta fuente del sector considera que el Santander pecó de negligencia. “Se produjo algo parecido a lo de las hipotecas subprime. Un intermediario deposita su confianza en otro, que a su vez la deposita en otro… y al final se evapora el dinero de los clientes del Santander. Es cierto que vivimos hoy en una sociedad en la que todo el mundo se especializa y subcontrata a alguien. Pero si yo dejo mi dinero en el Santander es porque confío en que vaya a hacer el trabajo de supervisión en los fondos que yo no puedo hacer”.
Hay quien se pregunta también si de verdad engañó Madoff a sus propios hijos. La empresa de asesoría de Madoff, desde donde se venía cometiendo el fraude, se encontraba en el piso 17 del edificio Lipstick, y la de corretaje, donde trabajaban el hermano, los hijos y la nieta, en los pisos 18 y 19. Las empresas usaban sistemas informáticos distintos y Madoff guardaba los libros de contabilidad bajo llave. Mientras la empresa de arriba ofrecía una transparencia absoluta, la de abajo era opaca.
¿Por qué confiaron tantos inversionistas en que, a pesar de la oscuridad del piso 17, su dinero estaba a buen recaudo? El agente del FBI Theodore Cacioppi deja entrever una posible respuesta citando un párrafo que aparecía en el portal de Internet de la empresa de Madoff: “En la época de las organizaciones sin rostro que pertenecen a otras organizaciones igualmente sin rostro, Bernard L. Madoff Investment Securities vuelve a una época anterior en el mundo financiero: El nombre del propietario está en la puerta. Los clientes saben que Bernard Madoff tiene un interés personal en mantener el intachable historial de retorno sobre las inversiones, negocios justos y altos estándares éticos que siempre han distinguido a esta empresa”.
INSPIRANDO CONFIANZA
O lo que es lo mismo: la palabra de un hombre es su contrato. A pesar de ser un adalid de los avances electrónicos, Madoff no abría el sistema informático del piso 17 para que los clientes comprobaran la evolución de sus propias inversiones. A cambio, Madoff les vendía su gran aura de persona con acceso a las informaciones más confidenciales de Wall Street. Su nombre estaba en la puerta. Parecía tan fiable que le apodaban el judío de las Letras del Tesoro. Pedirle que develara sus métodos, según “The Economist”, era como pedirle a Coca-Cola que enseñara su fórmula mágica. Madoff cultivaba con tanta convicción su imagen de tipo selectivo que se permitía rechazar clientes adinerados.
Madoff pagó una fianza de 10 millones de dólares y llevará un brazalete metálico. Vive ahora bajo un arresto domiciliario que le obliga a permanecer en casa desde las siete de la noche a las nueve de la mañana. Uno de los principales humoristas del país recordaba que no parece un castigo muy duro para una persona de 70 años pasar la noche en casa. Lo máximo que le puede caer por el fraude cometido es el pago de una multa equivalente menos de cuatro millones de dólares y 20 años de cárcel.
Entre las muchas explicaciones que puede ofrecer Madoff para contar lo que hizo, no hay ninguna inocente.
FILÁNTROPO
Bernard Madoff era, a sus 70 años, un sabio de Wall Street, un buen donante del Partido Demócrata y un generoso filántropo. Junto a su esposa, Ruth, dirigía la Fundación Madoff, que en 2007 donó 19 mdd al grupo voluntario Kav Lachayim para que trabajara en escuelas y hospitales en Israel.
Sus fondos de inversión daban unos beneficios de entre el 10% y el 15% al año, lo cual es algo extraordinariamente bueno, pero no escandalosamente bueno. Y aunque lloviese o nevase afuera, él aseguraba ganancias cada mes.
El jueves 11 de diciembre, Madoff reconoció que durante 40 años tuvo a todo el mundo engañado; que montó su empresa con un esquema fraudulento; que había cometido una estafa por valor de 50 mil mdd y que estaba arruinado y dispuesto a ir a la cárcel.
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