Esta es la trágica historia de un pueblo de tontos. Y no es que todos fueran tontos, sino que los tontos eran tantos y sus tonterías de tal magnitud, que dominaban la escena.
A este pueblo llegó una pandemia, y pese a que, durante meses, todos los días, a todas horas y por todos los medios posibles se les pedía a los ciudadanos mantener la sana distancia, protegerse y no salir de casa a menos de que fuera indispensable, pues los tontos decidieron hacer caso omiso.
¡Que viva la fiesta!, gritaban. Y como tontos que son, se aglomeraron en los espacios públicos y decidieron que lo más importante era reunirse para emborracharse en lugares cerrados, muy juntitos, en bares, cantinas y hogares.
Pasó lo que tenía que pasar. El virus se propagó hasta llegar a niveles críticos.
Todos los días las autoridades daban cuenta de decenas de contagios confirmados. Todos los días se reportaban 6, 8 y hasta 11 muertos por este virus.
Los más ingenuos, u optimistas, como prefiera, podrían pensar que con esta evidencia del demoledor impacto de la pandemia, los tontos por fin entenderían y suspenderían sus conductas de alto riesgo. Pues no, siguen gritando ¡que viva la fiesta!
Habrá alguien que ya francamente desesperado maldiga al virus que lo pone en peligro y que le arrebata su calidad de vida.
Está equivocado. A estas alturas debería reclamar: malditos tontos, ya que gracias a ellos estamos donde estamos, y seguiremos sabrá Dios cuántas semanas o meses más.
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