Opinión

Publicado el domingo, 18 de enero del 2026 a las 03:35
Mientras visitaba las comunidades de la Mota del cura y Mineral de Rancherías, ejidos pertenecientes a la parroquia de Esperanzas, en Coahuila, recibo una extraña llamada del padre Bermea, en la que me dice, con su tono pausado característico: Señor obispo, cómo está, quiero pedirle un permiso; sí, cómo no padre, adelante, ¿de qué se trata?, le respondo. Le quiero pedir permiso para comprar una mesa de ping pong; y ¿cómo para qué la quieres, padre?, le respondí intrigado. Pues, para jugar con los jóvenes, bueno, de hecho, ya la compré; – Ah ok padre, le contesto empezando a tomar aire. – Pero le quería pedir otro permiso; ¡Ah, sí! Y ¿cuál, padre, si se puede saber? Le quiero pedir permiso para organizar un torneíto en mi parroquia para que los muchachos compitan con usted y lo conozcan más de cerca…. Ah, ¿eso quieres?, le dije. Sí, bueno de hecho, ya los convoqué. ¡Ay padre!, ¿y cuándo es el torneíto? Bueno, pues aprovechando que viene a la fiesta patronal la próxima semana, los jóvenes ya están entrenando y lo van a estar esperando antes de la misa, para batirse en duelo con usted, ¿cómo ve?. Válgame Dios, qué bueno “que me avisas”. ¿Algún otro permiso que me quieras pedir, padre? No señor obispo, con esos son suficientes, muchas gracias. Usted siempre tan gentil, aquí lo esperamos.
Ese día 12 de diciembre, llegué a la parroquia de Guadalupe, en Nueva Rosita, después de haber celebrado misa en Sabinas, ya me estaban esperando los jóvenes, pequeños y grandes, nomás me dieron chance de cambiarme de ropa y ponerme unos pants, y empezamos a calentar jugando partiditos de 7 puntos, donde ganamos y perdimos, para luego pasar a los juegos largos e importantes de 22 puntos. Había muchachos de todos los niveles, principiantes y jugadores experimentados participantes de torneos, y hasta dueños de gimnasios. Una vez que comenzamos los juegos profesionales, me tocó el turno, y tuve suerte sacando al primero, luego al segundo, y así uno tras otro por más de una hora, hasta que, ya próximos a la misa, jugué la gran final, contra un joven deportista dueño de un gimnasio.
El juego estuvo rudo, tuve que emplear toda mi estrategia y sacar mi arma secreta para dar la pelea y no sucumbir. Ya casi al final, faltando poco para empezar la misa, tuve que emplearme a fondo, saqué toda la artillería pesada y aventé el resto. Nos jugábamos el todo por el todo. Mi cuerpo empezó a flaquear, tuve que detenerme, agarrar aire, y ahí fue cuando clarito sentí que mi cuerpo me dijo: Eit, ya párale, ya tienes 59 años, y no estás para esto, y además tú te dedicas a otra cosa; pero por otro lado, mi orgullo también hablaba, y me decía, ¿qué, te vas a dejar vencer?
Y al final, ¿quién creen que ganó? Pues el orgullo, por supuesto, jejeje.
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