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Memoria de tres cronistas de futbol: nostalgia y economía (II)

Por Federico Muller

Hace 4 meses

La economía de las comunicaciones masivas -particularmente la radio y la televisión- funcionó en México bajo un modelo singular. El Estado desarrolló poderosos sistemas públicos de radiodifusión, el Gobierno mexicano optó por delegar la expansión de la televisión a empresarios privados mediante el otorgamiento de concesiones. En 1955 permitió la fusión de tres televisoras de la Ciudad de México para crear Tele Sistema Mexicano, empresa que, mediante una extensa red de estaciones repetidoras, fue consolidando un cuasi monopolio de la televisión abierta en las principales ciudades del país. A cambio de la explotación comercial de un bien público como el espectro radioeléctrico, el Estado brindó protección frente a competidores nacionales y extranjeros, acceso privilegiado a la publicidad gubernamental y un entorno de estabilidad laboral favorecido por el control político de los sindicatos.

Como contraparte, esperaba de la empresa una actitud de colaboración institucional: amplia difusión de las actividades gubernamentales, escasa crítica a las políticas oficiales y una constante promoción de la imagen de estabilidad y progreso económico del país. Un narrador que aparecía en Tele Sistema Mexicano llegaba simultáneamente a millones de hogares. Voces como las de Ángel Fernández y Jorge “Che” Ventura adquirieron notoriedad nacional porque prácticamente no existían alternativas de televisión abierta.

 

Ángel Fernández

Era inevitable que el corazón del aficionado se estremeciera al formar parte de los más de 100 mil espectadores que colmaban las graderías del stadio Azteca para presenciar a la Selección Mexicana de futbol. De pronto, un voluntario recorría con paso veloz los pasillos de las tribunas portando el lábaro patrio, mientras desde la cabina de transmisión resonaban las palabras que se volverían emblema: “A todos los que aman y quieren el futbol: el juego del hombre”.

Ángel Fernández, formado en los estudios de radio y televisión de la Ciudad de México, inició su carrera siendo apenas un joven de 17 años, cuando un productor le confió la narración de un evento deportivo por la radio. Compensó su escasa escolaridad-formal-con una disciplina autodidacta: lecturas constantes en casa y la observación atenta de los locutores y comentaristas que habían forjado su estilo en Tele Sistema Mexicano. Su voz supo dirigirse a los televidentes que, cada domingo, combinaban el paseo familiar con la pasión futbolera. Lo hacía mediante un lenguaje que recurría a las figuras retóricas -hipérbole, ironía, metáfora- para engrandecer o denostar la calidad de la jugada. Así, el aficionado retenía en la memoria la comparación, el contraste o la contradicción más allá del marcador mismo.

No se limitó al léxico popular: introdujo referencias a pintores, poetas, músicos y religiosos de fama internacional, elevando el relato deportivo a un plano cultural. Su auditorio eran familias trabajadoras de provincia, reunidas en torno al televisor de la sala, que encendían puntualmente a las doce del mediodía para vivir el ritual del futbol. Entre sus decires más emblemáticos se recuerdan:

“El gol se canta con el alma”.

“Parece que estoy viendo la Quinta de Beethoven en pantaloncillos cortos”.

“Me pongo de pie”.

“Ese pase es una pincelada de Rembrandt”.

“Hace crecer el balón tanto que no cupo en la portería”.

 

Jorge ‘Che’ Ventura

La frase con la que se presentaba -“Me llamo Jorge, me apellido Ventura, me dicen el Che”- fue más que un gesto de identidad: se convirtió en su carta de presentación en los medios de comunicación. Llegó a México siendo muy joven, procedente de Buenos Aires, y supo atenuar el choque cultural entre dos pueblos que, aunque ambos latinoamericanos, tenían raíces antropológicas muy distintas.

Su proceso de aculturación fue rápido y profundo, especialmente en la sociedad capitalina, donde halló el espacio para desplegar su oficio. El acento porteño nunca lo abandonó, incluso al narrar los partidos de futbol en televisión. Tal vez, de manera intencional, lo conservó como signo de diferencia frente a sus colegas nacionales y como afirmación de su identidad bonaerense. Esa peculiaridad lo distinguía, pero no lo aislaba: al contrario, lo convertía en un narrador único, capaz de tender puentes entre culturas.

Otra característica que lo hacía singular fue su manera de narrar desde la óptica del humor fino y elegante. No cayó en los excesos del lunfardo -lenguaje de las clases marginadas rioplatenses- ni en el caló mexicano de los sectores populares de la capital. Su estilo se mantuvo en un registro culto y accesible, con ironías ligeras que nunca ofendían, sino que invitaban a la sonrisa. En reuniones sociales, cuando surgían dichos mexicanos que ironizaban sobre los argentinos -como aquel que preguntaba “¿Cuántos argentinos caben en un VW?” o “¿Por qué el Señor Jesús no nació en Buenos Aires?”-, Ventura respondía con serenidad. No se incomodaba ni mostraba disgusto: asumía la burla con calma, consciente de que la elegancia consistía en no rebajarse al mismo tono. Esa actitud lo convirtió en un hombre respetado, capaz de transformar la ironía en convivencia.

Su legado no se limita a la narración deportiva. Fue maestro de periodistas, formador de generaciones, y figura clave en la época dorada de la crónica mexicana, junto a Fernando Marcos y Ángel Fernández. Su voz, marcada por el acento porteño y el humor refinado, se convirtió en símbolo de un periodismo deportivo que supo ser cultural, humano y universal.

“Hay jugadores que corren mucho porque piensan poco”.

“La velocidad no sustituye a la inteligencia”.

“Un pase bien dado vale más que diez carreras inútiles”.

“El futbol se juega con los pies, pero se entiende con la cabeza”.

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